El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Ese muerto lo cargo yo (y todos): la talla de Neme y el muerto que nadie quiere levantar

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460
Banksy

El jueves, en el estudio del matinal “Mucho Gusto”, Los Viking’s 5 tocaban esa cumbia que todos nos sabemos. Cuando llegó el verso, el periodista José Antonio Neme le quitó el micrófono al vocalista y cambió una palabra. Donde la canción dice “que lo cargue el que lo mató”, él cantó: “que lo cargue el que lo votó”. El estudio se rio. Yo también me reí. Le salió tan bien que en cuestión de minutos ya era el hit dieciochero, la banda sonora de las fondas donde alguien quería decir algo sin decirlo del todo.

Y estuvo bien reírse. El 18 es eso, una válvula. Un país que llega cansado a septiembre y se descarga bailando, tomando, cantándole al que manda, la verdad que el resto del año se traga. Spinoza tenía un nombre para esos ratos en que un cuerpo, o muchos, aumentan su potencia juntos. La cumbia, la plaza llena, la risa que corre de mesa en mesa. Durante tres días uno se siente capaz de algo. La talla de Neme fue justamente eso, una alegría breve y las alegrías breves también sirven.

El problema es lo que dice la talla cuando se le pasa la gracia.

“Que lo cargue el que lo votó” es una manera elegante de decir “yo me lavo las manos”. El muerto está ahí, en el suelo del living y da lo mismo de quién sea la culpa. La pregunta es quién se agacha a levantarlo. La frase contesta con un gesto: “yo no”. “Que lo haga otro”. El que se equivocó, el que cayó, el iluso que marcó la papeleta. Suena a justicia poética, a que por fin alguien paga. Pero cuando todos apuntan al de al lado, el muerto se queda donde está. Y en la versión final del cuento, como ya sabemos, resulta que nadie lo votó nunca.

Esa es la trampa y no es una trampa de ellos. Es nuestra también.

Me acuerdo de la izquierda hace no tanto, cuando el gobierno propio empezó a decepcionar. El reflejo fue idéntico. Yo lo voté pero no a esto. Yo lo critiqué desde el principio. Yo lo dije en su momento. Yo en realidad nunca. Cada uno buscando la manera de haber estado en otra parte en el momento exacto de la foto. Cargar un muerto ajeno es fácil. El difícil es el propio, ese que uno ayudó a instalar con su voto, su entusiasmo, su ilusión de que “esta vez sí”. Yo también me solté de esa esquina cuando pesó demasiado, así que no vengo a darle lecciones a nadie. El arrepentido apostó y perdió y nadie apuesta pensando que va a perder. Ahora le toca decidir qué hace con esa pérdida. Unirse al coro del “que lo cargue el que lo votó”, señalar al frente y quedar limpio. O hacer algo bastante más raro en este país, que es quedarse.

La culpa es cómoda. Uno se golpea el pecho en público, queda absuelto por el gesto y sale liviano por la puerta de atrás. Hacerse cargo es más aburrido: reconocer que uno estuvo ahí, que quizás la cagó y quedarse igual a limpiar el desastre. No para el aplauso, porque a esa hora ya no hay nadie mirando.

Y hay que ser bien patudo para cantarle eso al gobierno desde el mismo estudio que ayudó a instalarlo. Los matinales, el suyo incluido, llevan años sirviendo delincuencia y miedo con el desayuno, construyendo el ánimo de un país que después va y vota orden a cualquier precio. Nadie dice que lo haya hecho a propósito. Basta con que el espacio que conduce haya puesto, todos los días, su ladrillo. Tirar la talla desde ahí, como si uno mirara desde la vereda de enfrente, es el mismo gesto que la talla denuncia. La oposición también es cómoda cuando se vuelve solo eso, el palo y la risa del lado bueno.

Porque el punto es ese. El muerto hoy lo cargamos todos, nos guste o no. Un presidente no le pasa la cuenta solo a los que lo marcaron en la papeleta. Nos gobierna igual, hayamos votado por él, por otro o por nadie. La salud pública, el trabajo miserable por el que el mismo Neme se indignó hace unos días. Nada de eso lo paga uno solo. No lo cargó el que lo votó, ni el que no lo votó. Lo cargamos entre todos o no lo carga nadie. Que el muerto sea de todos tampoco es un permiso para dejarlo en el suelo. Hacerse cargo empieza por algo tan simple como ponerlo en palabras: decir “la cagamos”, hablarlo de frente, sin la vergüenza que hace bajar la voz ni la culpa que solo sirve para quedar tranquilo. Conversarlo mirando lo que viene. Porque la conversación de verdad, la que importa, empieza después de la risa, cuando ya nadie está grabando para redes y alguien, en vez de preguntar de quién es este muerto, se agacha.

Es lunes y las fondas amanecieron vacías, con los vasos y el olor a fritura fría. Y en el suelo, todavía, el muerto. Y no es el gobierno, ese se va en cuatro años. Es el país y lleva rato ahí tirado esperando que alguien deje de preguntar quién lo trajo y se agache a recogerlo.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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