¿Por qué sufre la juventud chilena?: entre el dolor individual y la responsabilidad de la sociedad
Por: Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos

Hay momentos en los que una sociedad comienza a reconocer sus propias fisuras, aunque no siempre lo haga de manera explícita. En el caso de las juventudes contemporáneas, esas fisuras aparecen en forma de cansancio, ansiedad, desmotivación persistente y una sensación extendida de futuro inestable. Lo que antes podía interpretarse como experiencias individuales hoy se manifiesta de manera simultánea en múltiples trayectorias de vida, atravesando distintos contextos sociales.
La salud mental juvenil ha dejado de ser un fenómeno marginal. La Organización Mundial de la Salud señaló que aproximadamente uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental, y que el suicidio se mantiene entre las principales causas de muerte en personas de 15 a 29 años a nivel global. Estas cifras no describen únicamente un problema sanitario, sino también un fenómeno social extendido que desafía las formas tradicionales de comprensión del bienestar.
En Chile, el Ministerio de Salud reconoció que los problemas de salud mental constituyen una de las principales cargas de enfermedad del país, con un impacto particularmente significativo en adolescentes y jóvenes. Las estrategias recientes de salud pública han debido incorporar el aumento de consultas por ansiedad, depresión, autolesiones e ideación suicida, evidenciando la presión que estos fenómenos ejercen sobre el sistema sanitario.
Sin embargo, la expansión del diagnóstico clínico no siempre ha venido acompañada de una ampliación equivalente en la comprensión social del problema. En muchos casos, el aumento de síntomas se interpreta como un conjunto de dificultades individuales, sin interrogar de manera suficiente las condiciones estructurales en las que estos síntomas emergen.
Desde la sociología clásica, Émile Durkheim ya advertía que incluso las conductas más íntimas, como el suicidio, están profundamente vinculadas al grado de integración social de las personas. En su análisis, el debilitamiento de los vínculos comunitarios y la desregulación social aumentan la vulnerabilidad frente al sufrimiento psíquico. Esta perspectiva resulta relevante para comprender que el malestar no puede ser reducido exclusivamente a una dimensión intrapsíquica.
En la contemporaneidad, este enfoque se ha visto complementado por lecturas críticas de las transformaciones culturales. Byung-Chul Han ha descrito cómo las sociedades actuales han desplazado las formas tradicionales de disciplina hacia un modelo de autoexigencia permanente, donde el sujeto se convierte en su propio agente de presión constante. En este contexto, la exigencia de rendimiento, productividad y éxito se internaliza como obligación individual, generando condiciones propicias para el agotamiento emocional sostenido.
Lo que emerge no es solo un aumento de diagnósticos, sino una transformación más profunda en la experiencia de habitar lo social.
Adultocentrismo, desigualdad y producción estructural del malestar
El análisis de la salud mental en juventudes requiere incorporar la forma en que las sociedades organizan las relaciones entre generaciones. El adultocentrismo constituye una de esas estructuras, en tanto establece una jerarquía donde las experiencias adultas son consideradas normativas, mientras las juventudes ocupan un lugar subordinado en la producción de sentido social.
Claudio Duarte Quapper ha conceptualizado este fenómeno como una forma de organización social que limita la participación efectiva de niños, niñas y adolescentes en los espacios de decisión, reduciendo su capacidad de agencia y validación social. Este orden no solo afecta la representación política de las juventudes, sino también la manera en que sus experiencias emocionales son interpretadas o deslegitimadas.
En este marco, el malestar juvenil suele ser leído desde categorías externas que tienden a psicologizar o individualizar problemas que tienen dimensiones sociales más amplias. La tristeza, la ansiedad o la desmotivación son frecuentemente comprendidas como déficits personales, sin considerar suficientemente el contexto en el que estas experiencias se desarrollan.
La desigualdad educativa constituye otro elemento central en esta discusión. Pierre Bourdieu demostró cómo los sistemas educativos tienden a reproducir las desigualdades sociales mediante la distribución diferencial del capital cultural, económico y simbólico, generando trayectorias escolares profundamente desiguales. En este sentido, la educación no actúa como un espacio neutral, sino como un dispositivo que refleja y reproduce estructuras sociales existentes.
En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe ha documentado de manera consistente las brechas estructurales en educación, empleo y condiciones de vida que afectan a las juventudes, evidenciando una persistente desigualdad en las oportunidades de desarrollo. Estas condiciones influyen directamente en la percepción de futuro, un elemento estrechamente vinculado al bienestar psicológico.
Axel Honneth, desde la teoría del reconocimiento, ha señalado que la identidad individual depende de relaciones sociales en las que las personas se sienten valoradas, respetadas y consideradas en su dignidad. Cuando estas formas de reconocimiento se debilitan, se generan experiencias de invisibilización que impactan en la construcción subjetiva.
En conjunto, estos elementos han permitido comprender que el malestar juvenil no es únicamente una respuesta individual a situaciones puntuales, sino una expresión de estructuras sociales más amplias que combinan desigualdad, falta de reconocimiento y jerarquización generacional.
Sociología del cuidado y límites del enfoque individualizante
En el campo de la salud mental, los enfoques centrados exclusivamente en el individuo han mostrado límites para abordar problemáticas complejas y masivas. En este contexto, la sociología del cuidado ha emergido como una perspectiva que permite reubicar el bienestar en el entramado de relaciones sociales que lo sostienen.
Joan Tronto ha definido el cuidado como una práctica social fundamental para la continuidad de la vida en sociedad, señalando que su distribución desigual refleja estructuras de poder que organizan quién cuida, cómo se cuida y a quién se cuida. Desde esta perspectiva, el cuidado no puede ser entendido únicamente como una responsabilidad privada, sino como una dimensión política de la vida social.
La psiquiatría comunitaria se articula con este enfoque al proponer modelos de intervención que desplazan el foco desde el individuo hacia la comunidad, incorporando factores territoriales, educativos y sociales en la comprensión del sufrimiento psíquico. Este enfoque no elimina la dimensión clínica, pero la integra dentro de un marco más amplio de determinantes sociales.
Michael Marmot ha demostrado que la salud de las poblaciones está profundamente determinada por condiciones sociales como la educación, el ingreso, la vivienda y la cohesión comunitaria, las cuales influyen de manera directa en la salud mental y física. En este sentido, el bienestar no puede ser entendido sin considerar las estructuras sociales que lo condicionan.
La crisis de salud mental juvenil, en consecuencia, no se reduce a un problema clínico, sino que expresa tensiones estructurales vinculadas a la forma en que las sociedades organizan el cuidado, distribuyen las oportunidades y reconocen a sus integrantes. La reconstrucción del tejido social aparece entonces como un desafío central, en la medida en que el bienestar depende también de la calidad de los vínculos colectivos.
La dictadura del algoritmo
Hablar de juventud contemporánea implica hablar de tecnología. Las redes sociales constituyen uno de los principales espacios de socialización para adolescentes y jóvenes. Allí se construyen identidades, vínculos afectivos y formas de reconocimiento social. Sin embargo, estas plataformas no son espacios neutrales. Operan mediante algoritmos diseñados para captar atención y prolongar la permanencia de los usuarios.
Han denomina este fenómeno como “infocracia”, una forma de organización social donde la información adquiere capacidad para orientar conductas, emociones y percepciones. La Encuesta Juventud y Bienestar 2024 mostró que una proporción importante de estudiantes pasa más de tres horas diarias utilizando redes sociales. En algunas regiones esta cifra supera el 60% de los encuestados.
Desde la psicología social, la exposición constante a procesos de comparación puede influir sobre la autoestima, la autoimagen y la percepción de bienestar. Paula Sibilia sostiene que la cultura digital transformó progresivamente la intimidad en espectáculo. La vida cotidiana se volvió visible, evaluable y cuantificable.
Las juventudes actuales no solamente viven experiencias, también aprenden a observarlas desde la mirada potencial de una audiencia. Así, el crecimiento de la soledad en un contexto de hiperconectividad se convirtió en una de las paradojas más significativas del siglo XXI.
Las redes sociales permiten interactuar con cientos de personas, pero no garantizan experiencias de intimidad emocional. Sherry Turkle sostiene que las tecnologías digitales multiplicaron las posibilidades de contacto mientras redujeron algunos espacios destinados a la conversación profunda. Aquí entra el concepto de los “no lugares”, definidos por Marc Augé como espacios donde las personas coinciden sin generar vínculos profundos ni sentidos compartidos. Aunque originalmente se refería a aeropuertos o centros comerciales, numerosos investigadores han extendido esta idea al ámbito digital.
Desde la psicología, la soledad no se define por la ausencia de personas alrededor; se define por la percepción de desconexión emocional. Hartmut Rosa utilizó el concepto de resonancia para describir aquellas experiencias donde las personas se sienten escuchadas, reconocidas y conectadas con otros. Cuando estas experiencias disminuyen, emerge una sensación de extrañamiento que puede afectar profundamente el bienestar psicológico.
Suicidio, autolesiones y desesperanza
La conducta suicida, entonces, se empieza a constituir como uno de los desafíos más importantes para la salud pública mundial. La Organización Mundial de la Salud señaló que el suicidio se encuentra entre las principales causas de muerte en personas de 15 a 29 años y que la depresión, la ansiedad y otros problemas de salud mental representan una proporción significativa de la carga global de enfermedad durante la adolescencia y juventud.
Sin embargo, reducir el suicidio exclusivamente a la presencia de trastornos mentales resulta insuficiente. Émile Durkheim observó que la conducta suicida también se relaciona con procesos de integración social, pertenencia comunitaria y sentido de conexión con los demás. Así, las autolesiones, la ideación suicida y algunas conductas de riesgo pueden entenderse como expresiones complejas de sufrimiento emocional, pero no responden a una única causa y su aparición suele involucrar factores psicológicos, familiares, sociales y culturales.
Por esta razón, la literatura científica contemporánea insiste en la necesidad de enfoques multifactoriales para comprender y prevenir estos fenómenos.
En las culturas latinoamericanas existe una frase ampliamente difundida: “una pena compartida es media pena”. Aunque no corresponde a un concepto académico, expresa una idea respaldada por décadas de investigación psicológica. El apoyo social constituye uno de los principales factores protectores frente al sufrimiento emocional.
Paulo Freire entendía la palabra como una herramienta de transformación humana. Nombrar una experiencia permite comprenderla, resignificarla y compartirla. La evidencia actual sobre prevención del suicidio coincide en que hablar responsablemente acerca del sufrimiento disminuye el aislamiento, facilita la búsqueda de ayuda y favorece la construcción de redes de apoyo. Desde esta perspectiva, el silencio no protege. Lo que protege es la posibilidad de encontrar espacios donde el dolor pueda ser expresado sin juicio, minimización o estigmatización.
Reflexiones finales
La pregunta sobre por qué sufre la juventud chilena no admite respuestas simples. La evidencia disponible sugiere que el malestar contemporáneo emerge de la interacción entre múltiples factores: incertidumbre social, fragilidad de los vínculos comunitarios, crisis de sentido, hiperconectividad, cultura del rendimiento, exposición constante a la comparación social y dificultades para imaginar futuros estables.
Ninguno de estos elementos explica por sí solo el fenómeno. Su relevancia aparece precisamente en la manera en que se articulan y configuran experiencias subjetivas de sufrimiento. Comprender la salud mental juvenil exige abandonar explicaciones reduccionistas y reconocer que el dolor psicológico posee dimensiones individuales y colectivas. Detrás de cada síntoma existe una historia personal, pero también un contexto social que influye sobre la manera en que esa historia es vivida.
La salud mental de las juventudes no constituye únicamente un problema clínico; también representa una invitación a reflexionar sobre las formas de convivencia, los vínculos, las expectativas y los sentidos que como sociedad somos capaces de ofrecer a quienes comienzan a construir su lugar en el mundo.
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