El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Escucha su latido”: el eco de la crueldad

Por: Natalia Hurtado, psicóloga clínica y feminista

OPINION Y LETRITAS 1

A propósito de las discusiones parlamentarias de julio de 2026 en el Congreso chileno, sectores de la derecha y extrema derecha política han articulado una serie de indicaciones a modo de proyecto de ley “Escucha su latido” orientadas a incorporar medidas obligatorias en los protocolos de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). Esta iniciativa no es un diseño local inédito; toma su inspiración de legislaciones promovidas por la extrema derecha global, principalmente el modelo de Hungría bajo el gobierno de Viktor Orbán —cuyo decreto de 2022 obliga a las mujeres a recibir información sobre los signos vitales del feto antes de abortar— y las leyes “Heartbeat” en EE.UU., generada por sectores conservadores que utilizan la detección del latido fetal como una barrera legal y psicológica. En el contexto del proyecto de ley chileno, la imposición de “escuchar los latidos” ha sido legítimamente catalogada como un mecanismo de tortura por diversas organizaciones de derechos humanos (como Corporación Miles, CEDIDH y el Colegio Médico, entre otras). Obligar a una mujer a oír estos sonidos conlleva un trato denigrante, inhumano y cruel que subvierte y pervierte por completo el acto mismo de escuchar, una dimensión fundamental para el lazo social, el acompañamiento/apoyo mutuo y la contención comunitaria.

Para Sigmund Freud, la escucha psicoanalítica no se define como el acto biológico de oír —percibir un ruido o sonido de fondo—, sino como una posición técnica, clínica y sobretodo ética donde el analista o terapeuta se detiene ante las manifestaciones psíquicas del sujeto. Este modo de atender y escuchar al otro subvierte la comunicación tradicional: no busca el sentido común de las palabras, sino sus fallas, dobles sentidos y formaciones (lapsus, chistes, silencios), profundizando el modo en que alguien escucha a ese otro que habla para así construir un lazo. La escucha nos permite dirimir realmente a quién se le habla. 

En contraposición, el proyecto de ley chileno, bajo el nombre impostor de “escucha”, en realidad fuerza un oír obligatorio. Ni siquiera se escucha a la mujer que está siendo sometida a la medida; se la obligaría a oír los impulsos eléctricos o flujos de un tubo cardíaco primitivo en desarrollo. El sonido emitido por el parlante es artificial, traducido por el propio software del ecógrafo. Así, la ley impone un sonido manufacturado tecnológicamente en etapas tempranas de la gestación, otorgando un peso biológico y sobre todo moral a un efecto de audio con el único fin de generar un impacto emocional disuasivo. En este sentido, no se busca que la mujer procese y sea acompañada en su vivencia (marcada por el riesgo vital, la inviabilidad fetal o la violación a propósito de la legalidad chilena), sino que su objetivo es impactar sus sentidos con un estímulo sonoro mecánico para condicionarla, haciéndonos preguntar a qué “otro” están obligando a escuchar, porque a las mujeres definitivamente no.

Mientras la escucha psicoanalítica busca un espacio de apertura, alojamiento y acompañamiento, esta propuesta legal opera estrictamente como un dispositivo de intervención y control estatal. Cumple una función punitiva como herramienta de disuasión psicológica y moral, intentando incidir en la decisión mediante la culpa y no considerando la experiencia subjetiva de la mujer de las traumáticas circunstancias que la llevaron a solicitar la IVE. Este acto de coacción constituye una manifiesta violencia institucional: si la mujer decidiera rechazar dicha imposición sonora, se anula la atención médica y se le niega el procedimiento de salud. 

Todo esto no es escuchar; al contrario, es acallar activamente la voz de las mujeres. El lazo de escucha, contención y acogida que debería provenir del personal de salud y del Estado ante un proceso inherentemente complejo, hace oídos sordos. No aloja lo que esa mujer tiene para decir; no la acoge, sino que la margina del entramado social. Esta crueldad contra la subjetividad y la palabra de las mujeres podemos entenderlo como un “ataque al vínculo”.

Bion describía cómo ciertos mecanismos psicóticos destruyen activamente todo aquello que permite enlazar dos objetos o ideas, saboteando la capacidad de comunicar, pensar y dotar de sentido a la experiencia. Al trasladar este concepto al tejido comunitario, el proyecto de ley actúa como un ataque de carácter psicótico y totalitario contra el lazo social. No solo se destruye el vínculo terapéutico entre el equipo de salud y la paciente al instrumentalizar el acto médico, sino que se ataca el vínculo empático elemental entre el Estado y sus ciudadanas. Al forzar el oír artificial para anular el decir de la mujer, la ley ejecuta un violento corte en la trama relacional de la cultura; en lugar de tejer comunidad y alojar el desamparo, fragmenta la capacidad social de comprensión y contención, arrojando a las mujeres a un aislamiento absoluto donde el lazo social queda quebrado y sustituido por el estrépito totalitario de una máquina.

Esta operación legislativa devela una profunda hostilidad hacia la capacidad de agencia de las mujeres, reduciendo su complejidad psíquica a un mero receptáculo de estímulos conductistas. Al suplantar la palabra de la mujer por el sonido amplificado de la máquina, el aparato estatal intenta infantilizarla, asumiendo de manera perversa que ella no comprende la gravedad de su situación a menos que sea sometida a un impacto sensorial. El Estado abandona así su rol garante de salud y soporte ético, y se convierte en un agente que introduce de manera deliberada un elemento traumático adicional en el cuerpo y la mente de quien ya transita por la complejidad de la decisión de abortar. Esta violencia sensorial obligatoria anula la posibilidad de que la mujer organice su propio sufrimiento a través del lenguaje, sepultando su subjetividad bajo el ruido ensordecedor de una imposición tecnológica y moral.

Asimismo, la sustitución de la palabra de la afectada por un eco maquínico revela el pánico institucionalizado frente al deseo y la autodeterminación femenina. Cuando el legislador obliga a amplificar el pulso de un ecógrafo, no busca la verdad de la vida, sino la obturación de la verdad subjetiva de esas mujeres. Se erige un muro de sonido artificial para tapar el testimonio de una violación, el dolor de un diagnóstico de inviabilidad o la angustia ante el riesgo de muerte. Al silenciar el relato de la mujer y sustituirlo por una directriz sonora estatal, se socavan las bases de la democracia íntima y el derecho al propio fuero interno. La ley deja de ser una red de protección para transformarse en un megáfono que aturde y aliena, recordándole a la ciudadana que su cuerpo sigue siendo un territorio en disputa gobernado por la moral de un tercero. Se transforma en un cuerpo que no importa. 

Referencias Bibliogáficas

Bion, W. R. (1959). Ataques al vínculo. En Volviendo a pensar (pp. 120-141). Ediciones Hormé-Paidós. 

Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Paidós. 

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores. 

Freud, S. (1912). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. En Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 12, pp. 107-120). Amorrortu Editores. 

Freud, S. (1913). Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I). En Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 12, pp. 121-144). Amorrortu Editores. 

Serra, C. (2024). El sentido de consentir. Editorial Anagrama. 

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