El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

El amor y el miedo no son compatibles

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Leonora Carrington. “The Lodging House” , 1949

Por Verónica Aravena Vega

El miedo no te deja amar. No porque seas incapaz, sino porque el miedo y el deseo no caben en el mismo cuerpo al mismo tiempo. Uno expande, el otro contrae. Uno abre, el otro vigila. Y cuando estás vigilando — el siguiente mensaje, la próxima señal, el momento en que todo se rompe — no estás amando. Estás sobreviviendo.

Eso es lo que nadie dice cuando te “diagnostican” commitment issues — el miedo al compromiso — y te mandan a trabajarlo en terapia. No te dicen que el miedo puede no ser tuyo. Que puede ser una respuesta racional a condiciones reales. Que comprometerse, en los términos en que históricamente se ha ofrecido, ha implicado para mucha gente ceder autonomía, asumir cargas invisibles y firmar un contrato cuya letra pequeña nadie leyó en voz alta. Que tal vez lo que llaman tu miedo es tu cuerpo haciendo una lectura lúcida de lo que se ofrece.

Tengo un amigo que se enamora. Lo hace con intensidad, con ganas. Pero en el momento en que algo empieza a tomar forma — cuando hay conversación real, cuando hay futuro implícito — aparece otra. Y luego otra. No porque no sienta. Sino porque sentir demasiado amenaza algo que lleva toda la vida construyendo: la imagen de un hombre que no necesita, que no depende, que siempre tiene opciones. Comprometerse, en esa lógica incorporada desde la infancia, es feminizarse. Es perder. Y entonces elige el movimiento perpetuo — una detrás de otra — sin ver que lo que pierde no es la libertad. Es la posibilidad de amar.

Tengo una amiga que, antes de comprometerse hace preguntas que nadie debería tener que hacer: ¿en qué trabaja?, ¿qué piensa de la corresponsabilidad?, ¿quién se hace cargo de los hijos si los hay? No es frialdad. Es cálculo. Es que ella ya sabe, porque lo vio en su madre y en la madre de su madre, que el amor sin esas respuestas tiene un costo que siempre paga el mismo cuerpo. Y ella ha leído la letra chica. Decidió que no le cierra, al menos no sin negociarlo antes. Eso no es miedo al compromiso. Es agencia. Aunque duela igual.

El amor deseante no es muy compatible con el miedo. Vivir con miedo puede bloquear los espacios posibles para la exploración del amor. No siempre — ese “no siempre” importa, deja una grieta. Pero casi siempre. Bell hooks va más lejos y cierra esa grieta: donde hay miedo no puede haber amor verdadero, porque el miedo siempre termina ganando. No porque seamos débiles. Sino porque el miedo es más antiguo, más rápido, más eficiente. Fue diseñado para sobrevivir, no para amar. Entre las dos queda la pregunta que nadie responde bien: ¿en qué condiciones es posible amar sin que el miedo gane?

El problema es que vivimos en un modelo de vínculo que produce ese miedo de forma sistemática y después nos lo devuelve como problema personal. Hoy tiene una forma reconocible: el situationship, la relación sin nombre. Hay cuerpo, hay sexo, hay costumbre, hay textos de madrugada. Pero no hay título, no hay futuro declarado, no hay claridad sobre qué es esto. Una encuesta de YouGov de 2024 encontró que el 50% de los adultos entre 18 y 34 años en Estados Unidos ha estado en una relación de ese tipo. No hay datos chilenos equivalentes — seguimos midiendo vínculos en términos de matrimonio o convivencia, como si el territorio entre ambos no mereciera ser nombrado.

Los datos tienen una limitación que vale decir: operan en categorías binarias que no capturan la porosidad real de cómo la gente vive y desea. Con esa advertencia, lo que muestran es esto. Los hombres gravitan más hacia las relaciones sin compromiso — y la razón no es psicológica, sino estructural. Investigaciones recientes muestran que cuando los hombres sienten amenazada su masculinidad, reportan menor cercanía y menor compromiso en sus relaciones. El miedo aquí no es al abandono, sino a la pérdida de identidad. Y ese miedo los deja, a largo plazo, más solos y con peores indicadores de bienestar. Eso no exime la responsabilidad afectiva de nadie. Pero cambia el diagnóstico: no es inmadurez. Es una construcción que tiene costos para todos.

Las mujeres habitan el situationship desde otro lugar. A medida que tienen mayor autonomía económica, el modelo de compromiso disponible se vuelve menos atractivo — no por miedo, sino por cálculo. El trabajo emocional no remunerado, la gestión invisible de la vida compartida, la postergación de proyectos propios: ese es el contrato que históricamente viene incluido en formalizar. Cada vez más mujeres han leído la letra pequeña y han decidido que no les cierra. Eso tampoco es cobardía afectiva. Es agencia. Aunque duela igual.

Las parejas del mismo sexo ofrecen una lupa — no un modelo, sino un caso que hace visible lo que en las relaciones heterosexuales está naturalizado. Cuando no hay scripts de género que distribuyan por defecto quién cuida y quién produce, quién gestiona las emociones y quién esquiva la conversación difícil, todo se negocia. Las parejas lésbicas reportan más igualdad y más intimidad — y también mayor tasa de disolución, precisamente porque sin mandatos externos que sostengan lo que no funciona, lo que no sirve se disuelve. No es mejor ni peor. Es más honesto.

El miedo al compromiso no flota en el aire: tiene condiciones materiales, tiene historia, tiene género. Y cuando la estructura lo produce de forma tan consistente, la terapia individual tiene un límite real. No porque sea inútil — puede abrir cosas importantes — sino porque ninguna terapia puede resolver por sí sola lo que el modelo de relación disponible sigue generando. Arreglarse para encajar en una estructura rota es un trabajo que no termina nunca.

Mi amigo sigue moviéndose de una a otra. Mi amiga sigue haciendo preguntas antes de soltar el control. Los dos están tratando de amar con las herramientas que tienen, en un modelo que no les facilita las cosas. Eso no es cobardía. Es el síntoma de algo que todavía no tiene solución pero que al menos, ya que estamos, tiene nombre.

La pregunta no es cómo superar el miedo al compromiso. La pregunta es qué tendría que cambiar para que comprometerse no dé miedo. Un modelo donde amar no implique perder autonomía. Donde la responsabilidad afectiva no recaiga siempre sobre el mismo cuerpo. Donde soltar el miedo no sea un acto de ingenuidad, sino de honestidad — con la otra persona y con una misma.

El situationship existe en ese mientras tanto. No como fracaso, sino como síntoma. De que el modelo disponible no convence. De que el deseo busca condiciones que todavía no existen del todo.

Soltar el miedo no es un acto romántico. Es un acto político.

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