El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Me deseas? Sobre el deseo en pareja y lo político que lo atraviesa

El amor a traves del arte 52
“El cumpleaños”, Marc Chagall. 1915.

Por Verónica Aravena Vega

Una vez escuché a alguien decir que el deseo en una pareja muere como una planta a la que no se le da agua. Me pareció una metáfora horrible y llena de simplificación. El deseo no se pierde por falta de riego, ni por la falta de “cosas nuevas” que incorporar. Se pierde por mucho más que eso. Se pierde porque tiene que ver con lo que pasa dentro de cada persona: lo que arrastran de sus pasados, de sus fantasías, de su historia sexual, de sus traumas, de sus heridas. Y nada de eso ocurre en el vacío: el deseo está atravesado por la política, por el poder, por las estructuras que moldean lo que se nos permite sentir y lo que aprendemos a silenciar desde que somos pequeñas. A veces, más que una chispa que se apaga es un incendio que no tiene lugar donde prenderse.

Lo primero que hay que decir es que hablar de recuperar el deseo en una relación de pareja es, en muchos casos, una fantasía. La idea de que hay un deseo “original” que se puede reavivar es, por lo menos, ingenua. El deseo se configura no como un estado fijo, sino como un proceso: algo que se construye a partir de lo que el otro despierta en nosotros, pero también de todo lo que traemos nosotras al encuentro. Y cuando digo “nosotrxs”, me refiero a ese inconsciente cargado de deseos reprimidos, frustraciones, ansiedades, traumas, inseguridades, fantasías y tabúes que cada uno arrastra sin que nadie se lo haya pedido. La historia no se resetea. Eso habría que tenerlo claro antes de empezar.

Cuando el deseo se pierde en una relación, no es solo desgaste ni rutina. Es un síntoma. Y como todo síntoma, tiene algo que decirnos, si nos atrevemos a escucharlo. Tal vez no solo hable de lo que nos está pasando con el otro, sino de lo que nos está pasando con nosotras mismos, con el mundo, con lo que entendemos por amor, por deseo y por placer. ¿Qué hacemos cuando el deseo se apaga? ¿Lo damos por perdido? ¿Nos resignamos a la inercia del “ya no nos miramos así”? O tal vez lo usamos como un espejo para mirarnos más profundamente, para entender de qué modo hemos cambiado, qué hemos dejado de lado, qué necesitamos y qué estamos dispuestos a confrontar. La pregunta incómoda siempre es esa última.

El psicoanálisis nos enseña que el deseo no es algo simplemente “biológico” ni “natural”. Ningún instinto se “reactiva” solo con el estímulo adecuado, por mucho que la industria del sexo lleve décadas vendiéndonos esa mentira. El deseo tiene que ver con el inconsciente, con las huellas de lo que hemos vivido, con lo que hemos aprendido de nuestro entorno, de nuestras familias, de nuestras experiencias sexuales y afectivas anteriores. Y hay algo que solemos ignorar porque resulta incómodo: el deseo también está condicionado por la estructura de poder, de género y de clase en la que vivimos. Seguimos tratándolo como si fuera algo privado, íntimo, solo nuestro, cuando en realidad está construido por todo lo que nos rodea y nos precede. Eso no es una opinión. Es la base de cualquier análisis serio sobre el tema.

En las sociedades patriarcales, el deseo sexual está profundamente influenciado por lo que se espera de cada uno de nosotros. A las mujeres se las educa desde pequeñas para ser deseables —para vigilar su cuerpo, su ropa, su actitud— nunca para explorar qué es lo que ellas realmente desean. A los hombres se les enseña que mostrar vulnerabilidad sexual es una debilidad, que el deseo debe traducirse en acción y conquista, nunca en conversación ni en ternura. Y las personas que no encajan en el binario de género ni en la heterosexualidad aprenden, muy pronto, que su deseo es algo que hay que esconder, justificar o disculpar. Estos mandatos no desaparecen cuando cerramos la puerta del dormitorio: los llevamos con nosotros a la cama, a la relación, al cuerpo. Ese guion no lo escribimos nosotras, pero nos lo sabemos de memoria.

La fantasía es el terreno donde el deseo se juega. Ese lugar donde todo es posible, donde el cuerpo se libera de las normas, donde las inhibiciones caen. Pero para llegar a la fantasía, hay que desmontar primero la narrativa que nos han instalado, entender de dónde viene lo que deseamos y lo que nos prohibimos desear, darnos permiso para imaginar más allá de lo que el sistema llama aceptable. Si no podemos imaginar una sexualidad diferente, un amor diferente, no es por falta de creatividad: llevamos décadas siendo educados para no hacerlo. ¿Y quién decidió lo que es normal? No fuiste tú. No fui yo. Fue el mismo sistema que ahora nos pide que lo reproduzcamos en silencio y sin preguntas. La imaginación también es política. Siempre lo fue.

¿Se puede recuperar el deseo en una relación? Depende. Y esa es la única respuesta honesta. A veces sí, cuando hay voluntad de mirar lo que duele, de decir lo que no se ha dicho, de soltar lo que se cargaba sin saberlo. Hay relaciones en las que el deseo se va y no regresa, no porque algo haya fallado, sino porque las personas que las habitan han crecido en direcciones distintas, y eso también es legítimo. Pero cuando el deseo se recupera, rara vez es porque se encontró el truco adecuado. Es porque alguien se atrevió a preguntar qué quería realmente. Y esa pregunta, hecha en serio, lo cambia todo.

El trabajo, entonces, es un trabajo de liberación. Liberar la sexualidad, los deseos, la capacidad de gozar sin culpa, sin la obligación permanente de complacer o ajustarse a una norma que no nos pertenece y que nadie nos pidió opinión para construir. Esto implica también revisar las estructuras de poder que existen en nuestras relaciones: ¿Quién tiene la voz? ¿Quién toma las decisiones? ¿Cómo influyen las dinámicas de control y dependencia en nuestra capacidad de desear y de ser deseadas? Nadie dice que sea fácil mirarse ahí. Pero tampoco nadie debería seguir fingiendo que no existe.

El deseo es una fuerza subversiva, una fuerza política, que tiene mucho que decirnos sobre nuestra libertad, sobre nuestra capacidad de gozar, sobre la forma en que nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos. Recuperarlo no tiene nada que ver con “arreglar” lo que se rompió ni con hacer algo más excitante para que la chispa vuelva. Va de mirarnos de verdad, de deshacer lo que nos impusieron, de abrir espacio para formas de conexión que quizás nunca nos permitimos imaginar. Porque recuperar el deseo en una relación es, también, recuperar algo que nos quitaron antes de que supiéramos que lo teníamos. Y reclamar eso, siempre, es un acto político.

Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x