El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Condenar la violencia (la de los otros): el cosplay de víctima de Javier Olivares

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Por Verónica Aravena Vega

El diputado Javier Olivares recibió un golpe en Olmué. Lesiones leves, indignación masiva, declaraciones cruzadas, y el presidente pidiendo que todos condenáramos la violencia. Todo el mundo cumplió con el ritual en los tiempos reglamentarios.

Está bien. La agresión física a un diputado es condenable. Dicho esto, hay una pregunta que nadie hizo en los días siguientes y que vale la pena hacerse: ¿desde dónde habla Javier Olivares cuando reclama ser víctima de violencia?

Olivares es del Partido de la Gente, no de un partido con vocación pinochetista declarada. Pero eso no le ha impedido circular cómodamente reivindicando la dictadura, haciendo un cosplay del dictador como forma legítima de hacer política, tratando a los detenidos desaparecidos como un problema de contabilidad más que de crímenes. Es un diputado que ha contribuido, con sus declaraciones y sus silencios selectivos, a normalizar discursos que deshumanizan: a migrantes, a disidentes, a cualquiera que no encaje en el orden que él y otros como él consideran natural. No es el único. Es parte de un ecosistema más amplio que incluye políticos, periodistas y figuras de medios que construyen ese ambiente todos los días, con micrófono y sin puños, y que luego se presentan horrorizados cuando la violencia aparece en una forma que sí tiene cara reconocible.

Bourdieu tenía un nombre para la violencia que no sangra: simbólica. La que opera a través del lenguaje, de la legitimación de jerarquías, de hacer que ciertas exclusiones parezcan sentido común. No deja moretones. Por eso es más difícil de señalar y más fácil de negar. Y por eso resulta tan conveniente que quien la ejerce cotidianamente, en cuanto recibe un golpe físico, lo convierta en la única violencia que importa.

Lo que ocurrió en Olmué fue un regalo político. No porque la agresión fuera fabricada sino porque activó el mecanismo que más le conviene a la derecha: la condena simétrica, el todos somos víctimas, el borrón que deja intacta la violencia que no tiene nombre de agresor ni parte policial. Walter Benjamin ya lo había formulado: no toda violencia es equivalente. Hay una que amenaza el orden y hay una que lo sostiene. Confundirlas es una decisión.

Cuando los medios piden condenar la violencia en abstracto, sin sujeto ni historia, están tomando partido. Están diciendo que un puñetazo en Olmué y años de discurso que deshumaniza personas pesan lo mismo en la balanza. No pesan lo mismo. Y cualquiera que haya sido objeto de ese discurso lo sabe perfectamente, aunque no salga en los titulares.

Jason Stanley describe este patrón: los que más han legitimado la violencia histórica son siempre los más rápidos en presentarse como víctimas cuando la violencia los roza. La victimización desplaza la conversación desde lo estructural hacia lo anecdótico, desde quien construyó el ambiente hacia quien rompió una nariz en un cumpleaños de club de fútbol.

Olivares saldrá de esto más fortalecido políticamente. Ya lo dijo él mismo: más fuerte que nunca. Y tiene razón, en el sentido más cínico del término. Porque el episodio le permitió ocupar por unos días el lugar de la víctima sin tener que responder por nada de lo que ha dicho ni por el ecosistema de odio al que pertenece y alimenta.

La pregunta que queda, entonces, no es si condenamos la agresión física. Es si somos capaces de condenar también lo que no golpea, lo que solo habla, lo que solo señala, lo que solo normaliza. O si seguiremos reservando la palabra violencia únicamente para lo que deja moretones visibles, llamando debate democrático a todo lo demás.

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