¡Ay, Mara! ¡Ay, Fernando! Yo tampoco sabía “eso” del estrecho de Magallanes

Por Javiera Garay S.
Les voy a tirar una provocación y quizás se enojen conmigo: resulta que ahora todos sabían que la boca del Estrecho de Magallanes le pertenece a Chile. Yo, igual que la vocera de gobierno Mara Sedini, me desayuné con la noticia. Es verdad, pareciera que a todas luces la ex panelista de “Sin Filtros” se ha vuelto un meme, las críticas le llueven más que en los temporales de los noventa. Como dijo el Darío Quiroga en Turno, “es la peor vocera” que ha visto Chile. ¡Atento, Gabriel Salazar!, tienes para escribir un libro. Sí, convengamos que sus aptitudes para la cuestión están en duda, mucha ropa pa’ tan poco santo, rezan los peladores. Dicen que le quedó grande el poncho, la yegua y la medialuna completa. Está bien, podría ser una verdad irrefutable. Quizás Moisés debería aplicar retroactividad e incluirla en el número once de las Tablas de la Ley. Punto.
Fuera de todo el escándalo político, tenga o no tenga que ver, esto me hizo recordar mi historia, y como le gusta decir a Camilo Feres en el fallecido “Comando Jungle”: “Digámonos la verdad y después nos mentimos”. Es verdad que se trata de un contenido de prueba de selección universitaria, básico como la definición de depresión intermedia o de mórula, pero ¿en serio ustedes, mis amigos, amigas, amiges, conocían el dato con total certeza? Yo lo dudo. Y si dijiste que sí, es porque tienes una gran memoria, te sentabas adelante en la sala, tu mamá te mandaba almuerzo, tenías el sol en la cabeza y eras repelente a la frustración docente: sí, un unicornio en el Paseo Ahumada. Te abrazo, te sigo, te doy like y te comparto.
A ver, no estoy defendiendo a la ministra. Ya dijimos que tiene más problemas que la Posta Central. Yo hablo desde mi resentimiento a la educación, del odio pueril a mis profesores y a mis compañeros de cuadernos ordenados y delantal planchado. Yo estudié en un colegio de Pichilemu, una iglesia que se despertó un día queriendo educar. Una vez al mes había “asamblea”, y teníamos que llevar nuestra silla al gimnasio para tragarnos una hora de alabanzas a Jehová y escuchar al pastor Ponce decir que “Mickey era gay y satánico”. Sí. Aún recuerdo al Antonio volver del ritual, agarrar con enajenación su álbum de Dragon Ball casi completo y destrozarlo en mil partes en el nombre de Jesucristo. Un año de colección al tacho de la basura.
Según leí en la página de la Biblioteca del Congreso Nacional, los temas de Geografía comienzan a revisarse desde Quinto Básico, diez u once años para los que me leen de otros países. En esa época no tenía muchos amigos y encontrar un grupo para hacer los trabajos era como Frodo atravesando la Ciénaga de los Muertos.
La María Cristina, la profe de esos años, hacía lo que podía. Nada que decir de la señora, era tierna y cruel, muy por encima del promedio de sus colegas. Seguramente cuando enseñó eso del Estrecho de Magallanes yo estaba escribiéndole una carta de amor al compañero de mi hermano mayor. Se llamaba Javier y hoy es cura. O quizás, estaba falsificando la firma de mi papá en una comunicación por robarle la colación al Andrés, creo que así se llamaba el niño de los mocos eternos. Todas esas divagaciones terminaban en la libreta: nota 4, promedio 4. Pasaba de curso por el amor del Espíritu Santo, raspando. La mirada de mi papá era compasiva, un hombre muy letrado, no descifraba mi caso. Lo entiendo, sus otros hijos levantaban ciudades completas con sus sietes. Pero ahí estaba yo. La niña porra.
La cosa no mejoró con los años. El colegio me aburría, pero logré hacer amigos que conservo hasta hoy. La Dani, la Karina y el Diego, mis compañeritos del grupo de teatro del Camilo Valdivia. Aunque seguí teniendo notas color betarraga, empecé a leer por mi cuenta, y hasta fundé mi primer periódico: “La Muralla”, un impreso de cuatro páginas en hojas de papel mantequilla que costaba 50 pesos, donde relataba los chismes de mi familia, siempre enfrentada a las demandas y reclamos de las mascotas de la casa: el pato Pateto, el Gallo Patas Chuecas y Cuyinson: muerto en circunstancias dramáticas después de un temblor 6.5 grados Richter.
Estuvimos en la toma del 2006 de “los pingüinos”, nos reconocimos como niñas y niños analfabetos. Y no creo que haya sido mi culpa, ni la de ellos. Muchos terminaron- incluyéndome-, encontrando su camino a pesar de que el colegio nos trató como parias despojadas del amor de Dios. El otro día escuché a una niña diciendo que su forma de aprender no se ajustaba al currículum tradicional educativo. En la actualidad hay muchos estudios al respecto. Y no quiero justificar mi flojera en matemáticas ni mi indiferencia con la geografía. Algo me pasó, algo nos pasaba, que nada de lo que nos daban nos motivaba para seguir aprendiendo.
Pero no me malinterpreten, no defiendo a la Mara Sedini, defiendo la ignorancia que representa, se la arrebato, la hago mía y la ubico en el lado correcto. Como la Pamela Jiles defiende a sus “patipelaos”, yo reivindico la raza de los “porros”, los que por diversas circunstancias nos quedamos al margen del sistema educacional, y que por esas cosas de la vida, se atravesó algo o alguien, que nos recordó que éramos capaces de otras cosas, de algo más que un promedio redondito y pulcro.

