El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Las cosas que ya no podemos dejar de ver: sobre el desencanto amoroso y la angustia de volver a elegir

Por: Agnieszka Bozanic Leal

OPINION Y LETRITAS 460 x 460

Hay un cansancio del que no se habla frecuentemente. No hablaré sobre el cansancio de una ruptura, ni el que deja una historia amorosa que terminó mal. Es aquel que se acumula después de muchas conversaciones, de intentos de comprender, de expectativas que parecían razonables y que, sin embargo, terminaron convirtiéndose en exigencias demasiado grandes. Es el cansancio de seguir deseando el amor y comenzar a desconfiar de las condiciones en que podremos encontrarlo.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que una mujer sin pareja era una mujer a la que le faltaba algo. Nos educaron para encontrar el amor, conservarlo y hacer cuanto estuviera a nuestro alcance para que funcionara. Aprendimos que una relación estable era sinónimo de éxito afectivo y que la soltería, especialmente a medida que envejecíamos, era una condición de la que debíamos intentar escapar a toda costa.  Pero las cosas han ido cambiando. Algunas mujeres ya no nos preguntamos solamente dónde encontrar a alguien con quien compartir la vida. Hemos comenzado a preguntarnos cuánto de nosotras mismas estamos dispuestas a sacrificar para sostener una relación. Y muchas hemos descubierto que ya no estamos dispuestas a sacrificar tanto.

Lo curioso es que este descubrimiento, que debería sentirse liberador, también puede venir acompañado de una tristeza difícil de explicar. Porque conocernos mejor no necesariamente vuelve más sencillo el amor. A veces ocurre exactamente lo contrario. Aprendemos a reconocer nuestros límites, comprendemos nuestras necesidades, revisamos las maneras en que hemos amado y descubrimos que ciertas experiencias que antes aceptábamos ya no tienen lugar en nuestra vida. Y aunque ese conocimiento nos permite vivir con mayor libertad, no necesariamente nos acerca a aquello que deseamos encontrar.

Hay días en que incluso quisiera devolver algunas de las lecciones que la vida me ha dejado. Como cuando compramos algo y, después de llevarlo a casa, descubrimos que no nos gusta tanto como imaginábamos. Quisiera no reconocer tan rápidamente ciertas señales, no anticipar determinadas conversaciones, no comprender con tanta claridad lo que ocurre cuando alguien evita mirar hacia su propio mundo emocional. No porque desee volver a vivir aquello que me hizo daño, sino porque hay algo profundamente agotador en no poder dejar de ver lo que ahora veo. Y hay algo más que duele. No solamente descubrir cuánto hemos cambiado, sino advertir que algunas de las personas con quienes quisiéramos encontrarnos parecen no haber sentido la misma necesidad de hacerlo.

Durante generaciones, las mujeres hemos recibido una educación sentimental orientada hacia los demás. Aprendimos a reconocer necesidades, anticipar malestares, interpretar silencios y cuidar la continuidad de los vínculos. A muchos hombres, en cambio, determinados mandatos de masculinidad les enseñaron que expresar vulnerabilidad, reconocer miedo o hablar de sus emociones podía interpretarse como una debilidad. Y así, mientras unas aprendíamos a ocuparnos del mundo emocional de los demás, otros podían llegar a la adultez sin haber desarrollado siquiera un lenguaje para comprender el propio.

Por supuesto, aprender a cuidar a los demás no significa necesariamente haber aprendido a cuidarnos a nosotras mismas. Muchas hemos tenido que revisar también esa educación que nos enseñó a confundir el amor con la disponibilidad permanente, la paciencia con la resignación y la comprensión con la obligación de justificarlo todo. Pero pienso en cuánto tiempo hemos dedicado algunas mujeres a comprender nuestras emociones, revisar nuestras historias y preguntarnos por las consecuencias de nuestras maneras de amar. Y pienso también en cuántas veces nos hemos encontrado frente a hombres para quienes ese ejercicio parece seguir siendo prescindible y nada urgente. 

No me entristece que alguien no sepa nombrar lo que siente. Nadie nació sabiendo. Me entristece que no tenga curiosidad por descubrirlo. Porque hay una diferencia entre no haber aprendido algo y no considerar necesario aprenderlo. Pensemos en una escena cotidiana. Una mujer quiere conversar sobre algo que le ha dolido. Antes de hacerlo, busca el momento adecuado, ordena sus ideas y piensa cómo expresar su malestar sin que sea interpretado como un ataque. Algunas incluso escribimos en papel aquello que queremos decir. Revisamos las palabras, corregimos el tono, eliminamos frases que podrían incomodar y ensayamos distintas maneras de expresar una misma necesidad. No queremos iniciar una pelea. Queremos ser escuchadas. Cuando finalmente encontramos el momento para conversar, la respuesta puede ser tan breve como desconcertante: “No sé qué decirte”. 

Y entonces comienza otro trabajo. Intentamos explicar de otra manera lo que ya habíamos preparado cuidadosamente. Hacemos preguntas, ofrecemos ejemplos, buscamos facilitar una respuesta. Si el otro se siente cuestionado, procuramos tranquilizarlo y demostrarle que no estamos intentando acusarlo de nada. La conversación que comenzó con una mujer intentando expresar su dolor termina con esa misma mujer administrando la incomodidad emocional de ambos. Y aquello que necesitaba ser escuchado queda nuevamente pendiente.

Lo más triste de esta escena no es necesariamente la falta de palabras. Nadie sabe siempre qué decir. Es la posibilidad de que tampoco exista curiosidad por comprender qué está pasando al otro lado. Porque podemos no saber qué responder y, aun así, preguntar. Podemos no entender y, aun así, escuchar. Podemos no estar de acuerdo y, aun así, interesarnos por el mundo emocional de quien tenemos delante.

¿Cuántas veces hemos escuchado que una mujer debe tener paciencia porque su pareja “no sabe hablar de sus emociones”? ¿Cuántas veces hemos justificado la ausencia de diálogo con un resignado “es que él es así”? ¿Y cuántas veces, cuando una mujer expresa que necesita conversar, recibe como respuesta que está exagerando, que es intensa o demasiado compleja? Y terminamos discutiendo si teníamos derecho a sentirnos heridas, en lugar de conversar sobre aquello que nos hirió.

No se trata de exigir una madurez emocional perfecta. Nadie la tiene. Pero hay una diferencia entre acompañar a alguien mientras aprende y convertirse en la responsable permanente de enseñarle a vincularse. Y entonces aparece el cansancio. El de explicar una y otra vez aquello que debería poder conversarse entre dos. El de esperar transformaciones que nunca terminan de ocurrir.

Pero también aparece otro sentimiento, uno que cuesta más reconocer: el miedo. El miedo a que nuestra autonomía termine convirtiéndose en soledad. A que mientras más aprendemos sobre nosotras mismas, más difícil resulte encontrar a alguien con quien compartir lo aprendido. A descubrir que podemos construir una vida que nos encanta y, aun así, sentir la ausencia de alguien con quien quisiéramos compartirla. Porque ser capaces de estar solas no significa que siempre queramos estarlo.

Tal vez por eso algunas mujeres comienzan a tomar distancia de las relaciones amorosas. El celibato voluntario, que ha adquirido visibilidad en las conversaciones contemporáneas sobre las relaciones heterosexuales, puede ser una de esas decisiones. Aunque se refiere específicamente a no mantener relaciones sexuales, a veces se vincula con la decisión de dejar de buscar pareja. No son elecciones equivalentes, pero pueden expresar una inquietud compartida: ¿qué ocurre cuando estar sola comienza a parecer menos doloroso que ciertas maneras de estar acompañada?

Y, sin embargo, algunas seguimos queriendo enamorarnos. Queremos intimidad, complicidad, deseo, conversaciones interminables, pasarlo bien. Queremos un compañero con quien construir algo que no implique renunciar a la vida que ya tenemos, precisamente porque esa vida nos encanta.

Hay algo parecido a un duelo en ese descubrimiento. No necesariamente por una persona que se fue, sino por ciertas versiones de nosotras mismas que ya no podemos recuperar. Por la facilidad con que antes nos ilusionábamos, por las certezas que nos acompañaron durante años y que hoy parecen lejanas. Pero también por una creencia que cuesta abandonar: que aprender a amar nos acercaría inevitablemente a ser amadas de la manera que necesitábamos.No creo que realmente queramos volver a ser aquellas mujeres. Pero a veces añoramos la posibilidad de entregarnos a una ilusión sin reconocer tan rápidamente todo aquello que podría salir mal.

Y entonces aparece una pregunta difícil: ¿cómo se hace el duelo por algo que todavía esperamos? Pienso en Søren Kierkegaard y en su manera de comprender la angustia como una experiencia inseparable de la posibilidad: la libertad no aparece solamente como una conquista luminosa. También nos enfrenta al vértigo de aquello que podemos elegir y cuyas consecuencias desconocemos. Y me pregunto si parte de esta tristeza no nace precisamente de ahí.

Hemos aprendido a elegir de otra manera, pero no sabemos qué ocurrirá con esas elecciones. Sabemos con mayor claridad aquello que ya no queremos vivir, pero ese conocimiento no nos revela dónde encontraremos lo que deseamos. Podemos reconocer una relación que no nos hace bien y decidir marcharnos. Lo que no podemos decidir es que exista otra relación esperándonos al otro lado.

La libertad nos permite abandonar ciertas historias, pero no nos garantiza que podamos comenzar otras. Y esa incertidumbre puede resultar insoportable algunos días. Porque no queremos volver atrás. No queremos recuperar la ingenuidad a costa de desconocer lo aprendido. No queremos volver a confundir la intensidad con la intimidad, ni la incertidumbre permanente con la emoción de enamorarnos. Pero seguimos queriendo enamorarnos. Y hay días en que la distancia entre ese deseo y nuestra experiencia parece enorme.

Podemos aprender a elegir, pero no a controlar el encuentro. Podemos volvernos más conscientes de nuestras necesidades, pero no hacer que otra persona desee compartirlas. Podemos estar dispuestas a construir una relación distinta y descubrir, aun así, que la voluntad de una sola persona nunca será suficiente.

Después de tantos años intentando comprendernos, seguimos sin tener respuestas para algunas de las preguntas que más nos importan. ¿Encontraremos a alguien con quien nuestras diferencias no nos obliguen a negociar constantemente aquello que somos?¿Seremos capaces de reconocer un encuentro diferente cuando aparezca, o el cansancio habrá terminado por volvernos demasiado cautelosas? No lo sabemos. Y hay días en que esa respuesta duele más de lo que quisiéramos reconocer.

Sin embargo, también me pregunto si no estaremos viviendo un momento de transformación más amplio, uno en el que las mujeres estamos dejando de aceptar que la paciencia sea una obligación femenina y en el que algunos hombres comienzan a cuestionar los mandatos que durante tanto tiempo les enseñaron a permanecer ajenos a su propia vulnerabilidad. No necesitamos compañeros que conozcan todas las respuestas ni que hayan resuelto cada una de sus heridas. Pero sí personas que estén dispuestas a hacerse preguntas. Que tengan curiosidad por sí mismas y por quienes aman. Que comprendan que el encuentro con otro ser humano también puede transformarlos. 

Y aunque todavía no sepamos dónde ni cuándo encontraremos esa disposición, me resisto a creer que la única alternativa a una relación desigual sea la soledad. Porque haber aprendido a elegirnos a nosotras mismas no significa que hayamos dejado de querer elegir a alguien más. Me resisto, finalmente, a perder la esperanza. No porque tenga la certeza de que el amor llegará, sino porque sé que mi historia amorosa todavía no está escrita por completo. Porque el futuro tiene una particularidad que a veces olvidamos cuando estamos cansadas: todavía no ha sucedido. Y quiero concederle el derecho a sorprenderme.

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