El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Si no lo hago yo, no lo hace nadie”: el trabajo invisible de sostener la vida social de la pareja

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 4 1

Conozco a una mujer, conozco a varias, en realidad y es casi seguro que tú también, que lleva la agenda social de su marido como quien administra una contabilidad ajena. Se acuerda de que hace meses que no ven a “los tal”, escribe al grupo para armar el asado, le recuerda que llame a ese amigo de toda la vida al que dejó de llamar sin darse cuenta. Compra el regalo para el cumpleaños de la mamá de él, organiza las onces cuando viene la familia, no deja morir el grupo de WhatsApp. Si él tiene vida social, es en buena medida porque ella se la sostiene. Si un día se cansa, él se queda casi sin nadie.

Durante años esto se contó como una cualidad de ella. “Es más sociable”, “tiene mano para esas cosas”, “él es más de su casa, más callado”. Como si fuera un rasgo de carácter y no un trabajo. Pero es un trabajo y hace décadas que tiene nombre.

La socióloga Carolyn Rosenthal en 1985 lo llamó kinkeeping: en castellano vendría a ser el trabajo de sostener a la familia, acordarse de los cumpleaños, organizar las juntas, mediar en las peleas, mantener a todos en contacto. La antropóloga Micaela di Leonardo lo estudió dos años después y constató lo obvio, que lo hacen de manera abrumadora las mujeres. En familias neerlandesas, las madres participan en una gama más amplia de estas tareas que los padres y las madrastras ocupan también un lugar central. Ese mismo estudio muestra que donde alguien sostiene así los vínculos, la familia se mantiene más unida, sobre todo entre padres e hijos adultos. Ese pegamento lo pone casi siempre la misma persona.

La II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo lo muestra para Chile. En un día cualquiera las mujeres dedican 4 horas y 57 minutos al trabajo no remunerado y los hombres 2 horas y 52, dos horas de diferencia cada día. Y ahí entra solo lo que una encuesta logra contar, el trabajo doméstico, los cuidados, las ayudas a otros hogares. Sostener los vínculos apenas cae en alguna casilla; es tan invisible que ni esa medición lo toca. Si lo que se mide ya sale así de desparejo, lo que no se mide difícilmente estará mejor.

Lo nuevo es que ese trabajo se corrió del parentesco a la pareja. En 2024, Angelica Ferrara y Dylan Vergara, investigadores de la Universidad de Stanford, le pusieron otro nombre, otra vez en inglés, mankeeping. Se podría traducir, sin demasiada piedad, como maternar al marido, el esfuerzo de las mujeres por tapar el deterioro de la vida social de sus parejas. Organizarles los panoramas, empujarlos a retomar amigos, hacer de apoyo emocional principal y muchas veces único, para que no queden aislados. La primera investigación que intentó medirlo, con 402 mujeres en Estados Unidos, asoció más mankeeping con menos satisfacción en la relación y mayor malestar psicológico. El estudio es correlacional y sus propios autores lo llaman preliminar, pero la dirección coincide con lo que cuentan muchas mujeres. Sostener a un adulto desgasta.

Esto no es un bloque parejo. No todas las mujeres cargan con ello ni todos los hombres lo sueltan. Hay hombres que cuidan sus amistades y llevan su casa; hay parejas del mismo sexo donde el reparto se juega de otro modo; hay mujeres que se negaron a ser la secretaria afectiva de nadie y otras que lo hacen con gusto y no piden que las rescaten. Tampoco la plata salva del todo. Una mujer con recursos puede pagar a alguien que limpie y que cuide, pero el trabajo afectivo, llamar, acordarse, estar, casi no se terceriza y sigue siendo de ella. Nada de esto es destino y las mujeres no son víctimas mudas: eligen, negocian y a veces ponen límites. Pero lo hacen dentro de una estructura que inclina la cancha. Seguir el reparto de siempre es la pendiente natural; salirse de él, para ellas o para ellos, cuesta. Por eso los promedios caen casi siempre del mismo lado, aunque cada historia sea suya.

De la soledad de los hombres, mientras tanto, habla todo el mundo. La manosfera la usa de combustible, jóvenes sin red ni amigos, sin nadie a quien contarle nada, a los que un algoritmo les vende pertenencia a cambio de rabia. Salen reportajes sobre la caída de las amistades masculinas, informes sobre una epidemia de soledad, pódcast, comisiones, políticos preocupados por los muchachos que se pierden. Es tema de portada.

Y su gestión la dejamos puertas adentro, se habla en público y se resuelve en la casa. Mientras los expertos discuten qué hacer con los hombres solos, un montón de mujeres ya están haciendo algo con ellos, gratis y sin que se note, mantenerlos enganchados al mundo. Funciona como amortiguador y por eso mismo el problema no se ve, porque alguien lo está absorbiendo en silencio.

Mientras ese trabajo se llame “amor”, o “ella es más sociable”, o “así son las parejas”, cuesta ver lo que realmente es, una transferencia de cuidados de las mujeres hacia los hombres, sumada a las que ya conocíamos, la doméstica, la crianza, el cuidado de los viejos. Esta es la afectiva y se nombra menos porque se disfraza de intimidad. A nadie le pagan por ser la única persona del mundo a la que su pareja le cuenta cómo está.

Fíjate en una comida familiar cualquiera. Si alguien pregunta por el Nacho, el que fue compañero de curso del marido, muchas veces la respuesta no la da él. La da ella. “Bien, lo operaron de la rodilla, la mujer volvió a trabajar”. Él se enteró, si se enteró, porque ella se lo contó. Hasta sus propios amigos le llegan filtrados por una mujer. Y con los hijos pasa lo mismo. Tras una separación, muchas veces es la nueva pareja de él quien se coordina con la ex para cuadrar las visitas, los horarios, quién pasa a buscar a los niños.

A muchos hombres se los sigue criando para delegar lo emocional. Aprenden a tener una sola confidente, la pareja y a dejar que las amistades se enfríen hasta volverse cáscara, compadres de pichanga o de copete, rara vez de conversación. Llegan a grandes con una sola cañería afectiva y cuando esa cañería es una mujer, ella pasa de compañía a soporte vital. Un sistema con un único punto de apoyo es frágil, basta que ese punto ceda para que todo se venga abajo.

Si tratamos la soledad masculina como un asunto de personalidad -“es que es tímido”, “le cuesta”-, la salida es privada y recae, cómo no, en la mujer que tiene al lado. Si la tratamos como un problema estructural, un modo de criar hombres que los deja sin herramientas para sostener sus propios vínculos, la salida también es estructural y deja de ser pega de ellas. Cambiar de marco cambia lo que viene después. La soledad de él deja de ser un defecto que a ella le toca compensar y el costo que las mujeres venían pagando calladas por fin se vuelve visible.

No escribo esto para que las mujeres suelten la cuerda de un día para otro. Sé lo que pasaría, en vez de una red de amigos aparecería un hombre más solo y más resentido. Que sigan cuidando, si quieren. Lo que habría que dejar es el disfraz, llamar amor a un trabajo que nadie reparte y aplaudir como gracia de ella lo que es un vacío de él. Y mientras tanto, a los hombres no se les pide lo que a las mujeres se les exige desde chicas, que se hagan cargo de sus propios lazos.

La próxima vez que alguien se enternezca con el marido callado que “tiene suerte de tenerla a ella”, falta la otra mitad de la frase. Suerte tiene, sí. Y ella tiene un trabajo, uno que nadie le pidió ni le paga y que se volverá visible, como todo el trabajo de cuidados, el día que deje de hacerlo.

  • images e1781554254473

    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x