Mi madre y Fernando Torres Silva, el fiscal militar favorito de Augusto Pinochet
Por: Cristian Solar-Valenzuela

En la raíz de todo está mi madre
como un manto de tejido bajo tierra
un sombrío huerto de hierbajos tósigos
un vuelo de mariposillas terrosas.
Elvira Hernández
I. El desierto mutilado, el Norte Chico y la grieta del agua
Hay memorias que no se inscriben en la cronología uniforme de los años, sino en la violencia de una discontinuidad. Ocurrió en 1986 o quizás en 1987; las fechas en la dictadura carecen de la solidez de los números y giran entre dos focos inciertos. Yo tenía apenas cuatro años. Para un niño de esa edad, el Chile de aquellos días no era una categoría política ni un mapa territorial, sino una temperatura cromática: un mundo revestido de un gris opaco y sordo, una saturación de verdes olivas, lonas de camión militar, botas de suela pesada y rostros adultos habitados por una cautela mineral.
Viajábamos en un autobús desde Arica hacia Santiago. Cruzar el desierto de Atacama y adentrarse en las ondulaciones del Norte Chico en aquellos buses interprovinciales equivalía a recorrer una recta infinita, un trazado euclidiano donde el tiempo parecía aplanarse bajo la monotonía de la pampa. Sin embargo, al aproximarnos a Copiapó, la geografía perfecta del viaje se fue por los aires. El desierto, la masa árida más obstinada del planeta, había sido traicionado por el cielo. Un aluvión anómalo, un diluvio intempestivo desprendido de la alta cordillera, desgajó los cerros pelados y convirtió los cauces secos en gargantas de barro furioso.
La atmósfera del Norte Chico, en desborde, tenía un carácter irreal, casi monstruoso. La tierra de Atacama, no acostumbrada al agua, no absorbía la lluvia: la repelía con violencia. El aire oleaba con un hedor denso a limo antiguo, azufre desenterrado, salitre en descomposición y raíces de pimenteros ahogados. El cielo no era azul ni tormentoso a la manera del sur; era una cúpula de calima plomiza, un bochorno vaporoso y sofocante que aplastaba los cerros. La tierra seca se transformó en barro, una greda espesa de color bermellón y ocre que bajaba en lenguas pesadas desde las quebradas, arrasando parronales, devorando rieles de ferrocarril, reventando muros de adobe podrido por la humedad indómita y tronchando los puentes que unían al país.
El agua no fluía como en un río convencional; avanzaba como una masa gelatinosa cargada de peñascos, troncos muertos y detritos de la minería. Al romperse la carretera Panamericana cerca de Copiapó, la avenida de lodo dejó a nuestro autobús varado en una franja insular, suspendido entre la imposibilidad de avanzar y el peligro inminente de quedar sepultado bajo el fango. Para la percepción de mis cuatro años, la tierra firme había dejado de existir: el mundo entero era una piscina de arcilla amarga donde los neumáticos del bus se hundían lentamente con un chasquido viscoso.
II. La topografía del cerco y la autoridad
Copiapó se convirtió esa tarde en un teatro de operaciones enlodado y convulso. La ciudad, habitualmente un oasis sereno encajonado entre cerros áridos, se desmoronaba bajo la inundación. El río Copiapó, que solía ser un hilo de agua invisible o un lecho de piedras secas, se había transformado en un monstruo desbordado que cruzaba la ciudad, dividiéndola en dos sectores incomunicados. Las calles eran acequias turbias por donde flotaban enseres domésticos, ramas de pino y animales muertos. Las fachadas antiguas de adobe se enmudecen, reblandecidas desde las bases por el agua salobre.
Entre el vapor rancio del barro, el ruido de los helicópteros de reconocimiento y la presencia omnipresente de las tropas, las autoridades militares habían decretado el estado de emergencia. La dictadura operaba mejor en la catástrofe: el desastre natural justificaba de inmediato el despliegue del control territorial, la restricción del tránsito y la exhibición de la fuerza. Entre la bruma y el crujido metálico de los vehículos de tropas encasquillados en el lodo, circulaba un nombre que los adultos pronunciaban con voz afónica, bajando la mirada como si la sola articulación de sus sílabas pudiera invocar la desgracia: el Fiscal Torres.
Fernando Torres Silva no era simplemente un funcionario de la justicia militar de la época; era el brazo inquisitorial del régimen, el fiscal adscrito a las causas más oscuras y temidas, un hombre cuyo poder sobre la libertad y la vida de las personas se ejercía sin matices ni vacilaciones. Su presencia en la zona de desastre de Copiapó no era un gesto de socorro cívico, sino una demostración de autoridad absoluta sobre un territorio convulsionado.
Cuando el Fiscal Torres se presentó en el lugar de los hechos, no estaba solo. Lo flanqueaba un grupo pequeño, aunque significativo, que lo cercaba: además de su escolta fuertemente armada, lo acompañaba un grupo de profesores, docentes locales y dirigentes gremiales de la zona que intentaban presentarle reclamos por la suspensión de clases, la destrucción de las escuelas o la situación de emergencia que afectaba a la comunidad educativa. Aquellos profesores, hombres y mujeres de rostro austero y abrigos mojados, escuchaban con deferencia o con temor contenido las explicaciones tajantes del fiscal, sometidos al peso de una autoridad que no solía aceptar cuestionamientos.
Para registrar y amplificar esa figura de orden en medio del caos, las cámaras de la televisión oficialista se habían desplegado en el mismo punto. En la retórica del régimen, la televisión construía el teatro de la eficiencia, la escenografía en la que el uniformado aparecía resolviendo el desastre, flanqueado por civiles respetuosos. El fiscal, flanqueado por los profesores y los fusiles, ofrecía declaraciones a los reporteros mientras las luces de transmisión encandilaban bajo la calima plomiza de Atacama.
III. La elipsis de la urgencia: la niña en coma y el encuadre interrumpido
El motivo que movilizó a mi madre en aquella ciudad cercada por el barro no era nuestro propio agotamiento, ni el hambre, ni el deseo comprensible de huir del desastre. En la parte trasera de nuestro autobús, tendida sobre los asientos reclinados, yacía una niña cuyo estado de salud se había desmoronado trágicamente durante las horas de aislamiento. La pequeña había entrado en coma; su respiración era un soplo leve, casi imperceptible, una presencia frágil suspendida en el borde mismo entre la vida y la extinción.
Mi madre convirtió la figura inanimada de esa niña en el foco de su intervención. Mientras la patrulla militar, el grupo de profesores y los reporteros de televisión formaban un círculo cerrado alrededor del fiscal, mi madre comprendió la vulnerabilidad del espectáculo. La entrevista en vivo, pensada para consagrar el control de la autoridad rodeada de la ciudadanía representada por los docentes, era también su único punto ciego: la lente no podía apagar fácilmente a una mujer que irrumpiera en el encuadre con una verdad innegable.
Recuerdo haberme tomado con fuerza de la basta de su parka. El universo de mis cuatro años estaba hecho de la textura de esa tela mojada, del hedor acre a tierra sofocada y de la visión lateral de las botas militares lustradas al negro, manchadas hasta los tobillos por la greda roja del desierto inundado. Mi madre me llevaba de la mano, pero su paso no presentaba la vacilación de los demás viajeros.
Avanzó con una determinación implacable, atravesó la línea de soldados y se introdujo directamente en medio del corrillo entre el Fiscal Torres y el grupo de profesores, irrumpiendo justo en el tiro de cámara mientras el reportero sostenía el micrófono.
Aquella irrupción quebró de golpe la compostura de la escena. Los profesores se hicieron a un lado, sorprendidos y estupefactos ante la audacia de esa mujer desconocida; los escoltas dudaron un segundo en actuar ante las cámaras encendidas. Mi madre se plantó a escasos centímetros del Fiscal Torres. Yo la observaba desde mi pequeña altura, con la cabeza inclinada hacia el lente y el rostro del fiscal, desconcertado, sintiendo la tensión eléctrica del momento. Frente a ella estaba el hombre más temido de la dictadura, tomado por sorpresa en pleno aire, interrumpido en medio de su diálogo con los profesores. Una mujer sola, sosteniendo de la mano a su hijo de cuatro años y asumiendo la vocería moral de una niña que ni siquiera era de su familia.
Ella no recurrió a la súplica ni a la elocuencia servil. Habló con una sobriedad cortante, aplicando esa sustracción que despoja al lenguaje de cualquier adorno inútil. Con el micrófono captando su voz y los profesores como testigos involuntarios, le dijo al fiscal que en el autobús varado había una niña en coma, que moriría en cuestión de horas si no llegaba a un hospital de alta complejidad en Santiago. Él, en tanto autoridad máxima en esa plaza destruida, tenía la responsabilidad directa e ineludible de sacarnos de allí en ese mismo instante. Fue en ese instante de tenso escrutinio cuando la verdad del despliegue militar terminó por desnudarse. Un murmullo entre la escolta y la confirmación a media voz de los propios soldados reveló lo inaudito: la mole metálica del C-130 Hércules no había aterrizado en la pista anegada para socorrer a los damnificados del aluvión, sino con el único propósito de trasladar a la capital un automóvil Mercedes-Benz perteneciente a Lucía Hiriart de Pinochet. La infraestructura y la logística de las fuerzas armadas se ponían al servicio del privilegio personal en plena emergencia. Mi madre escuchó la admisión de los uniformados sin pestañear. No hubo en su rostro un gesto de desconcierto ni de amargura, sino una indignación lúcida y cortante que terminó por templar aun más su postura. Ante la obscenidad de aquel contraste, una nave de guerra fletada para poner a resguardo un objeto de lujo mientras una pequeña se apagaba a pocos metros, su mirada despojó al fiscal de cualquier margen de evasión, imponiendo la certeza moral de que ese avión no despegaría sin llevar a la niña a bordo.
Mi madre convirtió la cámara y la presencia de los profesores en sus aliados insospechados: al exponer la emergencia ante el lente y ante la mirada de los educadores, despojó al fiscal de su margen de evasión. Negarse en ese momento significaba dejar constancia de la indiferencia de la autoridad ante la muerte de una niña, ante testigos de la comunidad. Hubo un silencio denso en la plaza de Copiapó, un intervalo de máxima tensión en el que solo se escuchaba el zumbido de los generadores y el goteo del agua sobre los capós de los vehículos. El Fiscal Torres miró a mi madre, midió la ausencia absoluta de miedo en sus ojos, miró el rostro absorto de los profesores y la cámara encendida, y comprendió que esa mujer había cambiado las reglas del juego.
IV. En el vientre del Hércules: la coexistencia del monstruo y el lujo
La orden del fiscal no fue un acto de piedad, sino la claudicación del funcionario ante una voluntad que supo instrumentalizar el propio teatro del régimen. Nos trasladaron de inmediato, bajo escolta, a la base aérea de Copiapó. Allí, la logística de la dictadura reveló su paradoja más grotesca y reveladora.
En la pista de aterrizaje, parcialmente anegada por charcos de limo salobre y rodeada por cerros que chorreaban barro rojo, nos esperaba una mole de metal gris verdoso: un avión de transporte militar C-130 Hercules. Sus motores quad-turbohélice rugían con un temblor telúrico que hacía vibrar el barro bajo nuestros pies y retumbaba directamente en el pecho de un niño de cuatro años. Para mí, aquella nave no era un medio de transporte; era un monstruo de hierro, una bestia aérea de la guerra concebida para la violencia y el despliegue de tropas.
Pero la presencia de esa fortaleza volante en medio del desastre de Atacama no respondía al deseo de evacuar a las víctimas del aluvión. El Hércules había sido enviado a la zona con un propósito muy distinto: transportar un objeto de culto y de privilegio oligárquico. En la bodega del avión se custodió y trasladó un automóvil Mercedes-Benz de propiedad exclusiva de Lucía Hiriart de Pinochet, la primera dama de la dictadura.
Ingresar a la bodega de carga de ese avión fue entrar en un escenario de anamorfosis barroca, donde los opuestos más violentos convivían en el mismo espacio estanco. Mis ojos de cuatro años captaron esa imagen con una nitidez indestructible. En el centro de la caverna metálica, trincado con cadenas gruesas y cinchajes de alta resistencia sobre el piso de aluminio corrugado, resplandecía la carrocería impecable, negra y lustrosa del Mercedes-Benz. El vehículo de la primera dama brillaba con una elegancia absurda, reflejando las luces amarillas del interior de la nave. A su alrededor, reclinados sobre las lonas laterales de los asientos de paracaidista, íbamos nosotros: un grupo reducido de civiles evacuados, mi madre apretándome contra su regazo, la niña en coma acostada sobre una camilla improvisada con la bolsa de suero oscilando vivamente con cada sacudida, y dos enfermeros intentando aferrarla a la vida.
Para mi mente infantil, sumergida en un país gris y dominado por la sombra de los uniformes, viajar en un avión de guerra junto a un automóvil de lujo y a una niña moribunda tuvo la resonancia de un acontecimiento sobrenatural. Era la síntesis visual de la dictadura: la infraestructura del Estado y las naves de la fuerza armada puestas al servicio de la opulencia y el capricho personal de la cúpula del poder, mientras la supervivencia de los ciudadanos comunes dependía de la audacia desesperada con que una madre lograra abrirse paso entre las grietas del sistema.
Las compuertas traseras del C-130 se cerraron con un estruendo hidráulico que sepultó la luz opaca del Norte Chico. El avión aceleró sobre la pista mojada, levantando una cortina de agua y barro, y se elevó por encima de las nubes de la tormenta en un ascenso vertical que cortaba el aire. Adentro, el estruendo de los motores era ensordecedor, un rugido mecánico que anulaba las palabras. El olor a combustible de aviación, a aceite caliente y al cuero del Mercedes-Benz impregnó la atmósfera enrarecida de la cabina.
Sostenido en el abrazo firme de mi madre, yo miraba la estrella plateada del radiador del automóvil, que titilaba en la penumbra con las vibraciones del vuelo. Aquel viaje aéreo entre el desierto inundado y la capital se sintió como un tránsito fuera del tiempo terrenal: una travesía en la que el miedo, la muerte acechante, el lujo obsceno y la fuerza militar se cruzaban en un mismo punto de fuga.
V. La fortaleza como borde y memoria
Aterrizamos en el aeropuerto de Santiago en plena noche. La lluvia capitalina era distinta a la de Copiapó; no traía el lodo rojo del desierto, sino un frío constante que humedecía las pistas. En el asfalto esperaban ambulancias con las balizas encendidas, proyectando ráfagas de luz roja sobre la estructura metálica del Hércules. La niña en coma fue desembarcada deprisa por los equipos de emergencia y trasladada a un centro médico, logrando salvar su vida gracias a las horas que el vuelo le había arrebatado a la parálisis de las carreteras cortadas. Pude divisar el cambio de colores cuando mi padre logró divisarnos entre el mar de personas; su abrazo tierno y firme me hizo sentir que había llegado a mi casa.
Al examinar hoy aquel episodio de 1986 o 1987 desde la adultez, comprendo que la experiencia de un niño en dictadura no se diluye con los años; permanece como un prisma para interpretar la naturaleza del poder y la dignidad. Aquel mundo gris, donde la arbitrariedad de un régimen era capaz de priorizar el traslado de un automóvil de lujo por encima de la vida de sus ciudadanos, no logró imponer su victoria definitiva. Y no lo logró porque en el corazón de esa travesía no reinó la sombra del Fiscal Torres, ni la mole militar del Hércules, ni la arrogancia suntuaria de la primera dama.
El centro verdadero de esa historia, la luz sobria que desarmó la violencia del entorno, fue la fortaleza de mi madre. La acción de ella ante el aparato represivo demostró que la resistencia no siempre requiere de discursos monumentales; a veces consiste en la decisión física de romper la pantalla, irrumpir ante las cámaras y los testigos docentes, y poner el cuerpo para proteger la vida. Ella no tenía un partido, ni armas, ni influencias; solo poseía la certeza absoluta de que la vida de esa niña y la seguridad de su hijo valían más que todo el aparato militar de la época.
Aquella tarde, entre el barro sofocante de Copiapó, las cámaras de televisión, los profesores atónitos y los motores encendidos del Hércules, mi madre no solo nos sacó del aluvión: nos enseñó a habitar el mundo sin agachar la cabeza. Su figura erguida frente al Fiscal Torres sigue siendo para mí, hasta el día de hoy, mi primera definición de valentía.

