Depresión, dolor y suicidio: ¿por qué vale la pena vivir?
Por: Javiera García Meneses, doctora en psicología

La depresión ha estado presente en mi familia durante generaciones. Diagnosticada o no, los signos de su presencia aparecen estación tras estación, removiéndome, asustándome. Hace algunos años, comenzó a acompañarme a mí también. Recuerdo claramente el día del diagnóstico. Inicio de año, cierre de mi doctorado, regreso de una migración en la que experimenté por primera vez el racismo. Al escuchar la palabra distimia, sentí una mezcla de alivio y profunda rabia. Alivio: porque por fin algo iba a contener mis emociones desbordantes. Rabia: porque esto que corre por la sangre de mi familia también estaba en mí, hundiéndome poco a poco.
Han pasado años desde ese momento. La situación no ha mejorado. Entre nuevas migraciones, duelos, un diagnóstico de neurodivergencia y el trabajo y sus presiones, la depresión se ha mantenido y se ha profundizado. En algún momento de estos años, ya no era solo pena: era el desgano de vivir, el completo sinsentido de la vida que me rodeaba. Mi terapeuta intentó sostenerme los meses oscuros de invierno en los Países Bajos, mientras fantaseaba con la cornisa de mi casa de tres pisos de forma intermitente.
No había nadie que pudiese entender el profundo dolor que tenía. En mi cabeza, había voces de otras personas y otras versiones de mí recordándome que lo que sentía podía superarse con fuerza de voluntad (¿seré quizás muy débil?), que no había nada que hacer (¿estoy condenada a vivir así?), que a nadie le importaba realmente mi dolor (quizás estarían mejor sin mi presencia). Por sobre todo, estaba el dolor: un dolor físico constante, resultado de empujar, como Sísifo, una piedra gigante cuesta arriba todos los días; piedra que luego caía al mismo lugar, junto a mi cuerpo sudoroso y extenuado.
Esta semana el dolor ha vuelto, pero de una manera distinta. Como un recuerdo que se materializa de tanto en tanto, me atormenta y luego se va. Ahora hay planes S.O.S., un psicofármaco que funciona como amigo, una vida más estable (al menos frente a los ojos de la gente), pero la cornisa, hoy en forma de un balcón en un décimo piso, continúa apareciendo en mi mente cuando vuelve el dolor.
Esta semana, en la que se conmemora el día internacional de prevención del suicidio, he pensado mucho en la muerte. En cómo ese deseo se ancla en quienes vivimos dolientes en este mundo. En cuanto tememos ese momento en que el cuerpo que conocemos deje de existir. He visto a mi alrededor personas luchando por vivir. Sinceramente, aún me cuesta entender por qué. No obstante, más allá de mi existencialismo, es esa pregunta la que hoy me sostiene: ¿por qué vale la pena vivir?
Respecto a esto, me gustaría dejar sobre la mesa dos reflexiones. Primero, me gustaría decir que aquellas personas que hemos pensado en dejar este plano y frenar el dolor o malestar que sentimos no lo hacemos por debilidad, sino con la convicción de que es la última acción posible y que es necesaria. Esto es relevante en un mundo que reduce a quienes han tenido ideaciones suicidas o han dado pasos al acto a personas sin agencia, frágiles, que han perdido su fuerza de voluntad. Es relevante para las redes de apoyo que muchas veces vulnerabilizan en vez de apoyar, fragilizan en vez de levantar. Una de las situaciones en las que me he sentido más vulnerable fue cuando decidí compartir con mi terapeuta mis pensamientos de muerte. Su templanza me hizo sentir que confiaba en mí, en mi capacidad para decidir por mi vida por sobre la muerte y en su capacidad para acompañarme (no arrastrarme) a un lugar donde el dolor no fuese insoportable.
Segundo, a aquellas personas que se sienten *condenadas* [agregue aquí cualquier otra palabra posible] por lo que sienten hoy, me gustaría decirles que somos producto de múltiples relaciones. Y esto es lo que nos llevó a sentir aquello, pero también lo que nos puede hacer sentir diferente. Hace unos meses, mientras escribía un capítulo sobre salud mental en la academia, me encontré con cifras impactantes: más del 20% de un total de ciento cincuenta y dos personas – entre asistentes de investigación, docentes, personal académico y estudiantes de magíster y doctorado – había tenido ideación suicida desde que comenzó su carrera académica. Desde ahí, ya no me siento tan sola. Quizás valga la pena mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que lo que sentimos no está separado del contexto en el que vivimos. La depresión (o cualquier sentimiento profundo que nos lleve a querer dejar de vivir) no es un problema individual ni una mera enfermedad, sino un fenómeno encarnado que se forja en la cultura y la sociedad (capitalista) en las que vivimos. Como plantea Sara Ahmed, aunque la experiencia del dolor pueda ser solitaria, nunca es privada y, por tanto, es un sentimiento público. Para bien y para mal, no estamos solxs, nunca, a pesar de no verlo. Tampoco somos meros culpables de aquello que sentimos, nunca, a pesar de no creerlo.
Hoy, para mí, la depresión es como una compañera que viene y se va. Cuando está conmigo, no necesariamente es cruel. Muchas veces me permite ver con claridad que el mundo en el que vivimos es una fantasía que nos contamos a diario hasta que se vuelve real. A veces la extraño: su peso en mi pecho, sus invitaciones a mirar el cielo y a no movernos más. Espero que este escrito sea una invitación a hacer las paces con lo que sentimos – sobre nosotrxs mismos y sobre otrxs. No para que nos consuma, sino para conversar con esto que habita dentro, dándole un espacio para que nos cuente lo que tiene que decir. Quizás es solo eso lo que se necesita a veces: dar espacio, escuchar y esperar a juntxs a que amaine la tormenta.

