El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Hija, ellos odian a las mujeres: la ultraderecha y su ofensiva misógina

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 9

El audio me lo envió el jueves. Mi mamá lo grabó en su casa en Talca, con esa voz que no le tiembla y que asusta más que si llorara. “Es horrible, hija. Esto es una nueva tortura aplicada a las mujeres”. Acababa de ver en las noticias el proyecto que obligaría a las mujeres a escuchar el latido fetal antes de un aborto, y le bastó eso para nombrar lo que a los diarios les cuesta, porque los diarios lo sirven en pedazos, un escándalo por día, cada uno con su titular y su olvido. Ella lo ve entero. Tiene setenta y tres años, nueve embarazos y cuatro hijos para saber de qué habla cuando dice tortura.

De esos nueve embarazos, cinco no llegaron. El cuerpo dejaba de sostenerlos, pero la salida no dependía de ella: cada vez había que esperar la autorización de mi papá y de médicos que se resistían, que se tomaban días mientras esa muerte seguía dentro y su vida quedaba en riesgo. Ella no tenía opinión en el asunto, su cuerpo estaba, pero la decisión era de otros. Eso fue una crueldad: un Estado que la dejó cargar un feto muerto en el vientre porque no tenía nada mejor que ofrecerle. Lo que un país decente hace después de eso es asegurarse de que ninguna mujer vuelva a pasarlo.

El proyecto “Escucha su corazón”, que ingresaron en julio diputados del Partido Republicano (PR), el Partido Nacional Libertario (PNL) y Renovación Nacional (RN), hace lo contrario: toma esa espera atroz y la vuelve requisito. La mujer que pide un aborto legal, incluso la que ha sido víctima de una violación, deberá escuchar antes el latido, y si se niega, el médico puede negarse a operarla. El sufrimiento de mi mamá, que fue abandono, hoy es diseño político.

El proyecto no va a avanzar y ellos lo saben. No importa. Buscan correr un cerco. Ganar la votación es lo de menos. Hasta hace nada, el aborto en tres causales era un consenso zanjado, una discusión cerrada en 2017. Basta con volver a ponerlo sobre la mesa, aunque sea para perder, y ya se logró lo único que se buscaba: que vuelva a ser discutible. El proyecto naufraga en la comisión y el cerco quedó corrido igual, un poco más allá de donde estaba. Mañana será otra moción, y otra, cada una destinada a hundirse, cada una empujando la línea de lo que se puede decir en voz alta sin pagar costo. Kaiser ya lo hizo con el voto femenino: lo llamó “error histórico” en YouTube, se disculpó, y no perdió un voto. Hoy suena a exabrupto de streamer. En Estados Unidos ya hay quien lo plantea en serio, y lo que allá se dice en serio aterriza acá en unos años convertido en boletín. El sufragio de las mujeres entrará al debate criollo, y después otra cosa, y otra, hasta donde los dejemos.

¿Para qué correr ese cerco? Necesitan a las mujeres pariendo y cuidando, y lo necesitan por plata. Kast gobierna con un plan de austeridad que él mismo prometió causaría “dolor”: seis mil millones de dólares de recorte, 112 programas sociales en la mira. Dos meses después de aprobarse la Ley Chile Cuida, el Ministerio de Hacienda propuso eliminar residencias protegidas y el Plan Nacional de Demencia. Todo eso, según el propio decreto, para financiar la rebaja del impuesto a las grandes empresas del 27% al 23%, cuyo beneficio se lleva casi entero el 1% más rico.

Silvia Federici lo explicó hace cuarenta años: cuando el Estado recorta los servicios, el trabajo de cuidar al viejo y al enfermo no desaparece, se traslada a la casa, sin sueldo, a las mujeres. El abuelo con demencia que perdió su residencia vuelve a que lo cuide una hija. Recortar cuidados y obligar a parir son la misma política vista por dos lados: el Estado se retira, la mujer tapa el vacío gratis, y para eso hay que devolverla a la casa y quitarle el derecho a decidir. El latido fetal obligatorio es el motor de esa agenda económica, disfrazado de asunto valórico.

Para vender un retroceso hay que envolverlo. Lo envuelven en patria: una nación que se despuebla, una familia bajo amenaza. Viktor Orbán, que gobernó Hungría 16 años hasta que lo sacaron en las urnas en abril, gastó el 5% del PIB en pagar por hijos y lo justificó con la teoría del gran reemplazo, esa que culpa a las mujeres de despoblar la nación por elegir estudiar o trabajar antes que parir. Trump copió el manual con su bono por guagua y su “Medalla Nacional de la Maternidad” a la que tenga seis. Kast presidió hasta hace dos años la red que junta a todos ellos, la Political Network for Values, que según una investigación de CIPER se financia con dinero húngaro y de fundaciones cristianas estadounidenses. Hablan de una patria enorme y conmovedora, pero el negocio real cabe en el 1% que recibe la rebaja de impuestos.

Cada figura del gobierno empuja su tramo de la misma línea. Judith Marín, evangélica y contraria al aborto en cualquier causal, sacada del Congreso por interrumpir a gritos la votación de las tres causales, llegó al Ministerio de la Mujer justamente por eso: su nombramiento vuelve pensable que la encargada de las mujeres sea quien les niega el derecho a decidir. Un asesor del PNL apareció hace días en un video haciendo chistes sexuales sobre el abuso de niños autistas que no hablan, y el partido se apuró en aclarar que no lo representaba, esta vez para correr el límite de lo que se puede decir de un menor sin pagar costo. Rita Segato lo explicó hace tiempo, la violencia sobre el cuerpo de una mujer, o de un niño, es un mensaje que unos hombres le mandan a otros para dejar claro quién manda. Cada avance del cerco es ese mensaje, escrito sobre cuerpos ajenos.

Sería más cómodo creer que esto es una maquinaria perfecta, el plano completo de un comité secreto, porque entonces no habría nada que hacer salvo mirar. No lo es. Es gente que comparte un manual y un bolsillo, torpe a ratos: asesores que se filman solos, proyectos mal escritos que se caen. Por esas mismas junturas flojas por donde ellos cuelan el retroceso también se mete la resistencia. Los feminismos ya lo hicieron antes, pararon en la calle lo que parecía imparable, y saben correr el cerco en la otra dirección. Falta la pregunta que a mi mamá nadie le hizo nunca, ni el médico, ni mi padre: ¿Cómo se carga cinco veces una muerte adentro? Los hombres que hoy callan mientras sus pares deciden sobre úteros ajenos tendrán que elegir de qué lado del cerco están, porque el silencio también empuja la línea. A Orbán, que inventó el manual, lo sacaron votando en abril después de dieciséis años, y el cerco retrocedió.

Nada de esto lo inventó Chile. Kast gobierna con la gente que presentó el proyecto y con los teléfonos de Abascal y de Orbán en la agenda. Mi mamá no leyó a Federici ni a Segato. Le bastó su propio cuerpo, que otros llevan décadas administrando por ella. “Ellos nos odian”, dijo. Lo dijo con la calma de quien ya conoce esa cuenta de memoria y esta vez la ve venir.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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