El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Amiga, ¿por qué ya no me respondes? El ghosting entre amigos

Por: Verónica Aravena Vega

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No hubo pelea. Tampoco una escena que después se pudiera contar como el día en que dejamos de ser amigas. Un día respondió más tarde. Después dejó un audio sin abrir, esos dos minutos y medio en gris que se quedan ahí durante semanas. Después ya no contestó. Los planes se fueron aplazando con un “ya nos juntamos” que nunca tuvo fecha. En ese tránsito mínimo, casi invisible, una amistad se deshizo.

El ghosting entre amigos carga una incomodidad extra: no está legitimado como ruptura. Nadie te dice que esto terminó, nadie te reconoce como alguien que perdió algo. Te quedas en un limbo raro donde no sabes si insistir o dar por muerto eso, lo que fuera. Casi siempre te enteras de refilón: una historia en Instagram donde están todas menos tú, un plan que se armó sin que nadie te escribiera. No hubo comunicado. El lugar que ocupabas se cerró y alguien más lo fue llenando.

Durante años pensamos la amistad como un territorio más estable que las relaciones sexo afectivas, con menos margen para el drama. Esa idea cruje. Lo que cuesta hoy es sostener una relación cuando deja de ser cómoda, y la amistad no queda afuera. Falta de responsabilidad afectiva, inmadurez emocional, suelen ser la explicación rápida. Puede ser cierto y aun así queda corto. Si fuera solo un problema individual no sería tan frecuente ni tan reconocible. Muchos prefieren desaparecer antes que pasar el mal rato de decirlo.

Bauman llamó líquidos a los lazos que se consumen mientras funcionan y se descartan cuando exigen demasiado. En ese paisaje, la retirada silenciosa es la salida eficiente: no hay conflicto porque nadie se queda a dar explicaciones. Quien se va cierra el capítulo en un solo movimiento y sigue de largo. Quien se queda no tiene ese lujo. Se queda calculando cuánto tiempo más vale la pena aguantar la espera.

No hay categoría para esto. Una ruptura de pareja tiene protocolo: amigas que te escuchan, permiso social para estar mal un tiempo. Perder a una amigx así no entra en ningún formulario. Nadie te pregunta cómo lo llevas porque, técnicamente, no pasó nada. Sigues teniendo su número guardado y su cara en fotos de hace tres veranos, y a la vez ya no la tienes. Queda el grupo de WhatsApp donde sigue apareciendo, en silencio, leyendo todo sin escribir nada. Y queda un libro tuyo en su casa que nunca vas a ir a buscar.

Lo que corta el ghosting no cabe en la palabra interacción. Alguien que te contesta, que se acuerda de preguntarte cómo salió la cosa que te tenía nerviosa, te está diciendo todo el rato que existes para él. Butler lo llamó reconocimiento y lo puso en el centro de lo que nos arma como sujetos. Cuando eso se apaga sin una palabra, lo que se pierde es un espejo. Y aparece la pregunta: ¿qué pasó? Uno revisa el chat hacia atrás buscando la frase donde algo se torció, escribe un mensaje y lo borra antes de mandarlo. El apego, decía Bowlby, se dispara cuando una figura que importa se retira sin explicar, y el que se queda sale a buscar la coherencia que falta. La cabeza necesita entender antes de poder soltar, más allá de cualquier etiqueta de dependencia.

Del otro lado no llega nada, o llegan respuestas a medias que nunca cierran. El “sí, obvio, cualquier cosa hablamos” que no se concreta jamás. Ese gris donde todo parece decir que no sin terminar de decirlo. El ghosting se instala ahí, sostiene la ambigüedad y no se hace cargo de ninguna de las dos puntas. Hay quienes dejan de querer y ya. Se cansan, arman otra vida con otra gente. Nada de eso es grave: las amistades terminan, muchas veces sin un final que se pueda fechar. El ghosting corta distinto: de un tajo, y queda innombrado.

Ese corte esconde algo simple: evitar el conflicto. Decir “ya no tengo ganas de sostener esto” obliga a exponerse, a bancar la incomodidad y la posible culpa. La alternativa cuesta menos: dejar el mensaje sin responder una vez, después otra, hasta que el tiempo haga el trabajo sucio. El que se va se ahorra la escena y se lleva, casi intacta, la idea de que no hizo nada malo. El silencio también es un mensaje, aunque llegue sin remitente. Dice demasiado y casi nada a la vez. No arma relato y deja al otro leyendo señales que nunca se confirman. El ghosting descarga responsabilidad. No hace falta convertirlo en crimen moral, pero tampoco es neutro. Callar también es una manera de pararse frente al otro.

Quizá por eso duele tanto en la amistad: no hay guion que lo anticipe. En el amor sabemos que el final entra en la baraja. La amistad se apoya en un pacto blando, estamos aunque no todo el tiempo, aunque no siempre igual. Cuando ese pacto se rompe sin aviso, lo que queda es desconcierto, la sensación de haber salido de algo sin saber cuándo. Tampoco se trata de romantizar la confrontación. No toda amistad pide una conversación final ni toda distancia necesita explicarse en detalle. Igual hay diferencia entre dejar que algo se afloje y cortar el hilo sin nombrarlo.

El punto no es exigir cierres perfectos. Alcanza con una responsabilidad mínima: decir “esto cambió” o “prefiero tomar distancia”. No es heroico ni elegante, a veces ni siquiera sale claro. Pero abre un lugar desde donde el otro puede entender, en vez de quedarse adivinando. Duele menos perder a alguien que quedarse sin palabras para nombrar esa pérdida, dando vueltas en la cabeza sin encontrar dónde aterrizar. En ese vacío cada uno hace lo que puede: insiste una última vez o decide no volver a escribir. A veces manda un mensaje dos años después, un “te acordái de…” que también se queda sin respuesta. Intenta cerrar, como puede, lo que quedó abierto.

Amiga, ¿por qué ya no me respondes? La frase sigue guardada en un chat que ya no se mueve, bajo un último visto que tampoco cambia. Nadie la va a contestar, pero ahí queda, con su fecha y su hora, como el único registro de que hubo algo antes del silencio.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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