El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Maternar en el desierto social: violencia vicaria, abandono paterno y la huelga de la reproducción

Por: Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en derechos humanos, infancias y salud mental

opinion 22

El cronómetro del cansancio diario

Miércoles 9 de julio. Me levanto a las 6:00. Ordeno la casa en silencio, preparo el almuerzo sobre la marcha y hago un aseo rápido para ganarle tiempo al día. Tipo 7:00 levanto a mi hija. Ella tiene 9 años, por lo que le dejo la ropita lista al borde de la cama; a medio despertar, la apuro constantemente para que se vista rápido. La meta invisible es salir a las 7:30 en punto para dejarla en el colegio. De ahí, el guión no da tregua: correr a la parada, subir a una micro llenísima y conectar con el metro, que a esa hora va completamente saturado. Destino: el trabajo. Llego, preparo mi espacio y hago de manera mecánica todo lo que debo hacer durante la jornada. A la distancia, coordinar la supervivencia es clave; le pido a una vecina que recoja a mi hija del colegio para después poder pasar a buscarla a su casa cuando termine mi jornada.

El viaje de vuelta inicia tipo 18:00. Llego donde la vecina a las 19:00, recojo a mi hija y caminamos juntas a la casa. Al cruzar la puerta, le pido que se ponga el pijama y que adelante sus tareas mientras yo me pongo cómoda para cocinar la cena. Hasta ahí, todo se ejecuta en automático, envuelto en un silencio denso y con ese nudo constante en la garganta. Hoy quería cocinar algo distinto para ella, romper la rutina, pero la despensa está casi vacía. Duele la vida en esos momentos. Duele profundamente pensar que estos trayectos grises, estas prisas y este agotamiento serán los únicos recuerdos que mi hija tendrá de su infancia. Duele un cansancio corporal tan extremo que impide sentarse a jugar o estar verdaderamente presente. Duele, en definitiva, ser mujer; criar y maternar en una sociedad que estructuralmente nos ha abandonado.

La ilusión de la corresponsabilidad y el desapego vincular

La experiencia narrada no constituye una anomalía individual, sino el síntoma de un modelo de organización social que externaliza los costos del cuidado en los cuerpos femeninos. El padre de mi hija paga la pensión alimenticia y la ve dos veces al mes, pero bajo sus propias condiciones; a veces argumenta que simplemente no puede asistir o que los recursos no le alcanzaron para cubrir todo lo estipulado. Esta realidad refleja lo que autoras como Cristina Carrasco (2014) denominan la invisibilización del trabajo de reproducción social, donde la manutención económica se percibe falsamente como el límite del deber paterno, desvinculándose por completo del desgaste emocional, el tiempo cotidiano y la construcción de un lazo afectivo real con las infancias.

Desde una perspectiva sociológica, la transferencia económica irregular y la ausencia de un vínculo genuino funcionan como mecanismos de desatención estructurada. Astelarra (2005) señala que las estructuras familiares perpetúan una división sexual del trabajo donde el varón retiene la soberanía de su tiempo laboral y de ocio, desentendiéndose de la responsabilidad de crear relaciones significativas con sus hijos. Cuando la provisión económica se vuelve discrecional (“no me alcanzó”), se quiebra la predictibilidad del hogar monoparental, forzando a la madre a gestionar la escasez material de manera solitaria. La corresponsabilidad, por tanto, deja de ser una práctica real para transformarse en un discurso institucional vacío que valida el abandono relacional y económico del progenitor.

Redes de apoyo vecinal frente a la desprotección estatal

Ante la ausencia de políticas públicas de cuidado con enfoque de género, las lógicas de supervivencia obligan a la articulación de redes comunitarias informales. El acto de delegar el cuidado vespertino en una vecina evidencia el concepto de “tramas de interdependencia” desarrollado por Joan Tronto (2013). Estas redes vecinales operan como el verdadero soporte vital que sostiene el sistema productivo, supliendo las deficiencias de un Estado que limita el horario escolar sin considerar la rigidez de las jornadas laborales metropolitanas. Sin la vecina que recibe a la niña a las cuatro de la tarde, la inserción laboral de la madre sería materialmente imposible en el escenario urbano actual.

No obstante, la sociología del cuidado advierte que estas redes vecinales de reciprocidad, aunque solidarias, reproducen la misma feminización del trabajo no remunerado. Comas d’Argemir (2016) explica que la externalización comunitaria del cuidado ocurre casi exclusivamente entre mujeres de sectores socioeconómicos similares, generando una suerte de colectivización de la precariedad. La madre que trabaja depende de otra mujer que, usualmente a costa de su propio tiempo o por tarifas simbólicas, asume la vigilancia de la infancia ajena. Esta solidaridad de trinchera funciona como el paliativo indispensable frente a un mercado laboral hostil que exige presencialidad total y ofrece nula flexibilidad para la crianza.

El vaciamiento de la despensa y la pobreza de tiempo

El momento en que el automatismo se interrumpe frente a una despensa vacía ilustra la convergencia de dos dimensiones de la desigualdad contemporánea: la vulnerabilidad material y la pobreza de tiempo. La imposibilidad de diversificar la alimentación introduce una dimensión de violencia simbólica, donde la madre experimenta culpa por no proveer el bienestar idealizado por la cultura del consumo. Según Bourdieu (1998), las privaciones materiales se inscriben en el cuerpo como una constante sensación de urgencia, transformando los actos más cotidianos, como cocinar, en escenarios de estrés y evaluación moral sobre las propias capacidades maternas.

Por otro lado, la noción de “pobreza de tiempo”, sistematizada por Rosa (2016) en su teoría de la aceleración social, permite comprender por qué el transporte público saturado y las jornadas extensas anulan la capacidad de agencia. El tiempo deviene en un recurso escaso que se consume íntegramente en traslados y producción, vaciando de contenido los espacios de socialización familiar. El cansancio no es meramente físico; es una alienación temporal que impide el juego y la disponibilidad afectiva. Al final del día, el hogar no opera como un espacio de descanso o descompresión, sino como una extensión del espacio fabril donde se procesa la alimentación y el sueño rápido para reincorporarse al ciclo productivo al amanecer.

Violencia vicaria y la huelga de vientres en la modernidad tardía

Maternar en condiciones de aislamiento, abandono paterno y escasez económica obliga a formular una interrogante sociológica fundamental: ¿Quién en su sano juicio desearía asumir la maternidad bajo estas coordenadas de desprotección estructural? El declive en las tasas de natalidad contemporáneas no responde a un mero desinterés individual, sino a una respuesta racional frente a la violencia institucional y familiar. Patró e Ignacio (2019) analizan cómo la instrumentalización de los hijos para ejercer daño psicológico a la madre —expresada tanto en el abandono afectivo deliberado como en el impago de pensiones como forma de control— configura dinámicas de violencia vicaria que precarizan la salud mental de las mujeres y sus hijos.

Este abandono sistémico ha transformado la decisión de no tener hijos en una postura de resistencia frente al mandato de la abnegación femenina. Federici (2018) argumenta que el capitalismo requiere que el cuidado se perciba como una vocación natural de las mujeres para garantizar su gratuidad; sin embargo, al develarse la fragilidad de las redes de apoyo y la persistencia de la violencia económica paterna, las nuevas generaciones optan por rechazar la crianza. El nudo en la garganta y el cuestionamiento sobre la viabilidad de ser madre en la actualidad dan cuenta de un quiebre estructural: cuando el Estado abandona, el mercado precariza y el progenitor deserta de sus funciones afectivas y económicas, la maternidad deja de ser un espacio de realización para convertirse en un factor de vulnerabilidad social extrema.

Referencias

Astelarra, J. (2005). Veinte años de políticas de igualdad. Cátedra.

Bourdieu, P. (1998). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.

Carrasco, C. (Ed.). (2014). Con voz propia: La economía feminista como apuesta teórica y política. La loba nocturna.

Comas d’Argemir, D. (2016). El cuidado de la vida: Debates socioantropológicos de un concepto en construcción. Íconos. Revista de Ciencias Sociales, (56), 13-28.

Federici, S. (2018). El patriarcado del salario: Críticas feministas al marxismo. Tinta Limón.

Patró, R., & Ignacio, M. (2019). Violencia vicaria: Expresión extrema de la violencia de género y el daño transgeneracional. Revista de Psicología Social y Violencia, 12(2), 45-59.

Rosa, H. (2016). Alienación y aceleración: Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores.

Tronto, J. C. (2013). Caring democracy: Markets, equality, and justice. New York University Press.

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