Cambiemos el mundo, amor
Por: Verónica Aravena Vega

Estoy enamorada y puedo con todo. Lo escribo sin rodeos porque a esta altura debería darme algo de pudor y no me da. Me río sola, tengo una energía que no me cabe en el día, quiero hacerlo todo y me parece que el tiempo va a alcanzar. La ciudad a ratos parece estar de mi lado. Tengo treinta y tantos y ando como a los quince, segura de que algo enorme puede pasar antes del lunes.
Eso hace el amor, y lo hace en cualquiera. Cuando quieres a alguien andas más valiente, más despierto, dispuesto a lo que sea. Es la única experiencia que nos vuelve un poco megalómanos, convencidos de que el mundo es nuestro y de que está, encima, dispuesto a cambiar. Lo que casi nunca decimos es para qué usamos esa fuerza descomunal. La gastamos entera en una persona y nos parece lo natural, lo maduro. Queremos con una potencia que daría para incendiar una ciudad y la guardamos puertas adentro, como un secreto entre dos.
Nos enseñaron que el amor es una cosa y lo serio es otra. Que el amor va en el cajón de los sentimientos, junto con la música y los recuerdos, y que la vida importante pasa en otro cajón, el de la plata y las cuentas. Y a la izquierda, que tendría que haber sabido mejor, la división le acomodó. Se quedó con la planilla y el porcentaje, con el dato que impone respeto en una mesa, y dejó el amor para los discursos de fin de año, como si querer a la gente fuera un adorno y no el punto. Nos pusimos serios. Cambiamos el amor por la razón, y por las ganas de tener razón, que no es lo mismo.
Dirán que con amor no se paga el arriendo, y es cierto. Con amor solo no se paga nada. Pero amar es precisamente eso, querer que el arriendo se pague, que la comida alcance, que nadie de los tuyos se enferme sin poder ir al médico. El que separa la economía del afecto y se queda con la economía no entendió para qué era la economía. Era para esto, para que la gente pudiera quererse sin que la vida se la coma entera.
No hay nada más material que el amor.
Cuidar es la cosa más concreta que existe: que alguien coma caliente, que llegue vivo a fin de mes. Se quiere en comida, en techo, en tiempo, en un cuerpo que no se cae a pedazos de cansancio. Nunca en abstracto. Lo otro, lo que llamamos sentimiento, es lo que queda cuando todo eso ya está resuelto, y casi nunca lo está. Por eso querer a alguien y pelear por cómo está repartido el mundo no son dos cosas, una noble y otra aburrida. Son la misma.
bell hooks lo decía: amar es un verbo, algo que se hace, que se practica, y que sin otros no existe. Querer en serio no es lo que sientes pensando en alguien, es lo que sostienes, lo que peleas, lo que estás dispuesta a no soltar. Y casi nada de lo que daña a una persona cabe dentro de una pareja. El arriendo imposible, el miedo a enfermarse sin un peso para el médico. Todo eso pasa afuera. Un amor que se toma en serio termina, tarde o temprano, mirando hacia afuera.
Y afuera está lo que solo se puede hacer con otros. Una persona sola no consigue el semáforo en la esquina donde ya atropellaron a dos, lo consigue el grupo de vecinos que se cansa de juntar firmas y termina cortando la calle. Cuando a alguien del barrio se le quema la casa, en una tarde aparecen colchones, ollas, plata que nadie sabía que había. Un trabajador solo no logra que le suban el sueldo, todos parados a la vez, sí. Eso no es mucha gente buena haciendo el bien por su lado. Es una fuerza que no cabe en una sola persona y aparece nada más cuando nos juntamos.
A los quince lo sabíamos sin que nos lo explicaran. No soñábamos solos, soñábamos en pieza llena, arreglando el mundo de madrugada, seguros de que entre todos íbamos a darlo vuelta. Después nos dijeron que era cosa de la edad, que madurar es bajar la voz y replegarse a lo propio. Pero todos hemos vuelto a sentirlo, en una marcha, en una asamblea que se alarga hasta que clarea, en cualquier rato en que pensamos en voz alta con otros y el mundo vuelve a parecer algo que se toca con las manos. Sabemos cómo sabe eso. Por eso el encierro duele, porque conocemos lo otro.
Y nos encerraron justo cuando más falta hace lo contrario. Son tiempos de mierda, de mano dura, donde se mira con sospecha al que llega y al que piensa distinto, donde pensar parece una pérdida de tiempo. La dureza está bien vista, el que la propone parece adulto y el que propone querer parece tonto. Y nosotros, que decíamos pelear por la gente, aprendimos a hablar de ella en cifras y a desconfiar de quien todavía se atreve a nombrar el amor. Nos endurecimos para que nos tomaran en serio, y en eso nos parecemos cada vez más a lo que decimos combatir. Lo sé porque a veces me gana. Hay días en que no quiero ver a nadie, en que juzgo más de lo que me gustaría, en que leo las noticias repartiendo culpas como si yo mirara el desastre desde un balcón, ajena, sin ser parte. Lo que estos días me devuelve a la gente es estar enamorada. Y me dejó una sospecha incómoda: si el amor me saca del encierro con esta facilidad, el encierro es apenas una costumbre. Y las costumbres se rompen.
Anne Dufourmantelle pasó la vida defendiendo la dulzura como una fuerza, la única que no necesita aplastar a nadie para existir. Decía que amar de verdad es arriesgarse, salir de donde una está a salvo. Murió en una playa metiéndose al mar a sacar a unos niños que no eran suyos. No eran suyos y a la vez lo eran. Toda la pelea cabe en esa contradicción, en cuántos entran cuando una dice los míos.
Y acá está lo que de verdad me pasa. Quiero un mundo mejor por una razón egoísta, quiero poder amar tranquila. Quiero que este amor tenga dónde crecer, sin miedo, sin que la vida se vaya entera en llegar a fin de mes. Pero no hay vida buena de a dos en un mundo que se endurece para todos los demás. Si yo merezco esto que estoy viviendo, lo merece cualquiera, y mientras sea privilegio de pocos también es frágil para mí. Por eso lo quiero para todos. No por bondad, que es mansa. Por amor, que es más terco y trae rabia adentro.
Sigo replegada algunos días, sigo juzgando, sigo sin entender del todo lo que pasa. Pero estoy enamorada y eso me recordó de qué estoy hecha cuando me dejo. Cambiemos el mundo, amor, se dice en la cama y suena a promesa de almohada. Lo digo en serio y lo digo en plural, porque lo otro ya lo probé y no alcanza. ¿Qué seríamos capaces de hacer si quisiéramos juntos con la fuerza con que ahora queremos a solas? No sé cuántos quedamos dispuestos a averiguarlo. Sé que el amor, cuando se lo toma en serio, no termina nunca en dos.

