A la izquierda le sobran advertencias, le falta futuro

La izquierda chilena lleva una década advirtiendo. Sobre Sebastián Piñera, sobre el Rechazo, sobre José Antonio Kast. Tuvo razón casi siempre. Y casi siempre perdió.
Escuchar siempre la misma frase agota. Viene el lobo. Vino el lobo. El lobo está gobernando. ¿Y entonces qué?
La advertencia se volvió el género dominante de una izquierda que ya no sabe hablar de otra cosa. Columnas, posteos, intervenciones, hilos de Twitter, todo organizado alrededor del adversario. Lo que dice Kast, lo que hace Johannes Kaiser, lo que insinúa Evelyn Matthei. La derecha se volvió un objeto de estudio permanente y la izquierda, su comentarista oficial.
El problema no es el diagnóstico. El diagnóstico es bueno. El problema es que el diagnóstico se comió al programa.
Esto tiene un nombre viejo: melancolía de izquierda. Una izquierda más apegada a sus pérdidas que a sus victorias posibles, que prefiere contemplar la catástrofe antes que arriesgarse a construir algo que pueda fracasar. Décadas más tarde, alguien escribió que buena parte de la izquierda había convertido la derrota en identidad. Ya no quería ganar. Quería tener razón sobre por qué había perdido.
Después del estallido, del Apruebo, del Rechazo, de Gabriel Boric, de Kast, quedó una izquierda que sabe explicar muy bien todo lo que falló. Lo explica con sofisticación. Tiene marcos analíticos para cada derrota. Lo que no tiene es la frase siguiente: así queremos vivir.
¿Qué hace la izquierda chilena con el CAE? Diagnóstico hay de sobra: deuda generacional, financierización de la educación, vergüenza de clase. Programa, menos. Lo mismo con las pensiones, la vivienda, el litio. Hay papers, hay tesis, hay seminarios. No hay un horizonte que un votante de Talca o de La Pintana pueda repetir en una mesa.
La derecha tiene un proyecto malo, pero tiene un proyecto: orden, propiedad, familia, frontera. Funciona pésimo en bienestar real y aun así funciona como horizonte porque se puede dibujar en una servilleta. Cuatro palabras. Cualquiera entiende qué prometen. Que prometan mentiras es otro asunto: el punto es que prometen.
La izquierda hace lo contrario. Tiene un diagnóstico bueno y ningún dibujo. Le pides una servilleta y te entrega un informe.
Hace años se dijo que el problema del capitalismo tardío no era su fuerza, sino la atrofia de la imaginación política que producía: tras cuarenta años de neoliberalismo, lo único que sabíamos hacer era describirlo. La izquierda chilena heredó esa atrofia y le sumó una propia: la convicción de que basta con advertir, denunciar, desenmascarar. Como si el desenmascaramiento fuera ya una política. Como si bastara con tener razón.
No basta. Nunca bastó.
La advertencia es cómoda: te coloca del lado correcto de la historia sin obligarte a definir qué historia quieres escribir. Te deja la conciencia tranquila mientras pierdes poder.
La advertencia produce un votante exhausto. Diez años escuchando que viene el fascismo cansa a quien le creía y a quien no le creía nunca. Cuando llega de verdad, ya nadie tiene energía para sorprenderse. La derecha lo entendió y dejó de tomarse en serio las acusaciones. Sus votantes también. La palabra fascismo, en boca de la izquierda, dejó de ser una alarma y se volvió un tic.
En este camino la izquierda renunció al nosotros afectivo y se conformó con la pedagogía moral. La derecha, mientras tanto, sí construye pueblo. Construye un pueblo malo, lleno de resentimientos, pero pueblo al fin.
La asimetría es cruel. La derecha promete restaurar. Un pasado mítico, ordenado, propietario, blanco, masculino. Eso moviliza, porque se puede imaginar. La izquierda promete evitar el retroceso, evitar el daño. Y nadie sale a la calle por la promesa de que las cosas no empeoren demasiado. Defender lo que queda es pura resistencia, y una resistencia permanente, sin horizonte propio, termina administrada por el adversario, que dicta los términos del retroceso y obliga al otro lado a discutir solamente cuánto se pierde.
El siglo XXI le rompió a la izquierda una certeza vieja: que el futuro era su territorio. Históricamente había sido su administradora: el progreso, la emancipación, la utopía. Al perder esa administración, perdió su músculo. Quedó hablando del pasado, defendiendo conquistas que se erosionan, conmemorando aniversarios. La derecha le robó el futuro y lo llenó de pesadilla. Y la izquierda, en vez de disputarlo, se puso a denunciarla.
Tener razón sobre Kast no construye nada. Demostrar que el Ministerio de la Mujer se ideologizó no construye nada. Todo eso hay que decirlo. Yo misma lo escribo cada semana, y esta columna es una advertencia más: también yo señalo el vacío sin llenarlo. Pero decirlo no alcanza. Nunca alcanzó.
Me dirán que el problema no es el relato, que es la plata, los medios, un país que cambió. Puede ser. Pero hasta para perder con dignidad hace falta saber qué se defiende.
La pregunta que tiene que aprender a contestar es simple, y por eso la evita. ¿Cómo queremos vivir? No qué hay que evitar. No contra quién hay que pelear. ¿Cómo queremos vivir? Qué casa, qué trabajo, qué cuidados, qué muerte. Una izquierda que no puede contestar eso en lenguaje cotidiano, sin papers, sin pie de página, está perdida antes de empezar.
Y quizás el primer trazo en la servilleta no sea una respuesta, sino una admisión: que llevamos años con razón y sin proyecto, y que de esa honestidad habría que empezar a construir. No es un horizonte. Es la condición para tener uno.
A la izquierda chilena le sobran advertencias. Le falta proyecto. Le falta esa frase arriesgada que diga así queremos vivir, vengan con nosotros, vamos a intentarlo aunque salga mal.
Mientras esa frase no aparezca, el lobo va a seguir gobernando. Y nosotros vamos a seguir teniendo razón.

