Vino a trabajar y la mataron: el feminicidio de Oshin Santos en Melipilla
Por: Verónica Aravena Vega

Un hombre le ofreció trabajo y Oshin Santos Santos se subió a su auto. Era una mañana de octubre en Melipilla, la comuna donde se había radicado para trabajar como temporera. El hombre reinició la marcha y empezó a acosarla. Para escapar, Oshin abrió la puerta del auto andando y se lanzó. Murió dos días después en el hospital. Él huyó sin bajarse a ayudarla.
Soy migrante. No como lo fue ella, pero migrante. Cuando llevas poco tiempo en un país que no es el tuyo, aprendes a calcular rápido. Un vecino te pasa el dato de una pega. Un auto frena para indicarte una calle que no preguntaste. En el medio segundo antes de contestar ya hiciste las cuentas: qué hora es, cuánta gente hay en la calle. Lo haces sin pensarlo, como quien se persigna al pasar frente a una iglesia. La diferencia es que yo, después de calcular, casi siempre puedo decir que no y llegar igual a fin de mes.
No sé lo que Oshin pensó esa mañana y no me toca inventarlo. Sé lo que le pasó y sé desde dónde lo leo: desde una vulnerabilidad que conozco de lejos y que ella vivió sin red. Mi situación no es buena, pero es otra. Puedo desconfiar. Oshin no tenía ese margen y el margen se llama clase y también color. Era boliviana y temporera, mano de obra de cosecha de la que se usa en temporada y se olvida en invierno. Para el racismo y el clasismo chilenos, una mujer así cuenta poco.
Lo que no me deja dormir no es que la engañaran, es cómo. A una temporera migrante no hace falta tenderle una trampa rara. Se le ofrece trabajo, que es como consigue trabajo de verdad: un auto que para en la esquina, una voz que dice que suba, que hay para hacer, un packing, una parcela. Buscar empleo, para ella, es subirse al auto de desconocidos que prometen jornales. Sin contrato, pagado en la mano. Si un día no llega, no hay jefe que la reporte ni planilla donde falte su nombre. El que la mató no tuvo que diseñar nada: habló el idioma del mercado que la trajo. Para una mujer como Oshin, el que ofrece trabajo y el que ofrece la muerte dicen lo mismo desde la misma ventanilla. No te puedes cuidar de un peligro que tiene la cara de tu comida.
Llevamos años escuchando que el peligro entra por la frontera, que hay que cuidarse del que llega. Oshin llegó y es la muerta. El que la abusó es chileno y según la prensa, un exsuboficial, un hombre formado en el orden. El cuerpo que nos enseñaron a temer resultó ser el de la mujer a la que velamos. A las mujeres casi nunca nos mata el que acaba de cruzar. Nos mata el que ya estaba y se cree con derecho.
Por eso un feminismo que se dice popular, de clase y antirracista no puede elegir a qué mujeres defiende. Les debe su defensa a todas, a la que tiene papeles y a la que no, sea cual sea su situación en el país donde la maten. Un feminismo que solo cuida a las que ya estaban a salvo no es un feminismo, es un club. Defender a las mujeres y defender a la clase trabajadora son la misma pelea. Y no se puede proteger a las migrantes mientras se trata la migración como un delito que vigilar, porque esa lógica, la de la frontera y el castigo, es parte de lo que las mata.
La ley chilena llama a esto femicidio. Yo lo llamo feminicidio y la distinción importa. Femicidio nombra que un hombre mató a una mujer por serlo. Feminicidio, el término que acuñó la antropóloga Marcela Lagarde, suma al Estado que no previene esas muertes ni las cuenta, y hace de esa desidia parte del crimen. Femicidio se queda en el asesinato. Feminicidio nombra, además, la impunidad.
Y la impunidad, acá, es de manual. A Oshin no la van a contar, porque la ley pide una mano que dé muerte y en los papeles él no la empujó. Lo imputaron por abuso sexual y por no prestarle auxilio y tras su muerte la fiscalía anunció que pedirá reformalizarlo por su responsabilidad en el fallecimiento. Aunque lo consigan, no será por feminicidio. Y este mismo Estado, en su ley integral de 2024, define la violencia de género como cualquier acción u omisión que cause la muerte de una mujer por el hecho de serlo. Por esa definición, que es la suya, lo de Oshin es eso al pie de la letra. Lo escribió en su ley y la dejó fuera de la cuenta.

La estadística solo recoge las muertes que caben en el molde de un golpe directo. Las demás se caen por el borde y el borde lo pusimos nosotros. Entrar en la cifra importa y más de lo que parece. Estar contada es que tu muerte interrumpa algo, que alguien te ponga en una lista y diga que esto no puede seguir pasando. Caerse del conteo es que te avisen, incluso muerta, que lo tuyo no alcanzó a ser un escándalo.
Dirán que en el fondo se mató sola. A Oshin la empujó a saltar quien la encerró y le fue cerrando cada salida hasta dejar solo esa. Que la única manera de no ser violada fuera tirarse de un auto en marcha dice todo de quien tapió el resto y nada de ella.
El Estado no la va a contar, pero en Melipilla se organizan velatones y su hermana viajó desde Oruro a exigir justicia. La cuentan quienes la lloran. La familia reúne plata para devolverla a Bolivia, porque ni el regreso es gratis. Vino a vender su trabajo y lo que vuelve es un trámite entre consulados. La misma frontera que la dejó entrar barata la despacha de salida: a la ida valía por sus manos, a la vuelta es papeleo. Oshin Santos Santos tenía treinta años y dos hijos de diez y trece, que se quedaron en Bolivia. Un hombre se la quitó ofreciéndole lo que había venido a buscar.

