En el matinal dicen que es mi culpa tener una pensión baja: las AFP y el miedo a la vejez
Por: Natalia Hurtado

A propósito de la hecatombe que ha provocado la caída del fondo E de las AFP, no se ha detenido la ráfaga de noticias e información sobre lo que implica para las personas. Los paneles de televisión y los analistas financieros insisten en explicar estas pérdidas masivas con complejas variables macroeconómicas: la inflación global o los vaivenes geopolíticos, tratando de ilustrar un tema que resulta abstracto para la mayoría de la población, y me incluyo. Aun así, la respuesta más clara que ha dejado el debate es que las pensiones de quienes están prontos a jubilarse serán mucho más bajas que antes.
Sin embargo, las explicaciones ocultan un efecto deliberado y dañino hacia nuestra subjetividad, es decir, la transferencia absoluta del riesgo bursátil hacia las personas de modo individual y la afectación a la salud mental de la clase trabajadora. En este escenario la pedagogía de las finanzas tradicionales vuelve a operar con su habitual perversión moral, transformando un desfalco estructural en una angustia íntima, silenciosa y profundamente individualizada.
Al mirar los manuales y las aplicaciones móviles de las propias administradoras, llama la atención cómo saturan sus plataformas con promesas de “educación previsional” y consejos sobre cómo elegir el fondo correcto. Es decir, intentan instalar que si los fondos caen y los ahorros de toda una vida se esfuman a las puertas de la jubilación, la narrativa oficial no apunta al diseño del sistema, sino a la “mala decisión” del afiliado por no haberse cambiado de fondo a tiempo.
Con ello, se individualiza la responsabilidad y cae sobre nosotros el castigo de previsiones más bajas, mientras ellos, las AFP, nunca pierden. La metáfora del mercado funciona aquí como un juez implacable: se premia la astucia individual y se castiga el desamparo, instalando la culpa personal allí donde lo que realmente existe es un despojo institucionalizado.
Bajo la lógica del neoliberalismo previsional, los trabajadores somos forzados a operar como microinversores o “empresarios de nosotros mismos” que debemos gestionar nuestro propio futuro en un casino financiero del cual no conocemos bien las reglas. Porque asumámoslo: más del 70% de la población no entiende bien cómo operan estas temáticas. Vivimos en un mundo de especulación y a veces logramos captar algo.
Como plantea Verónica Gago, la “financiarización” de la vida cotidiana no es un fenómeno abstracto que ocurre únicamente en las pantallas de Wall Street, sino una dinámica colonial que extrae valor de la reproducción misma de la existencia. Al aplicar su tesis al drama de las AFP, queda en evidencia que los fondos de pensiones no representan un “excedente” o un capital de inversión que el trabajador posee de manera soberana (es decir, que pueda utilizar a su libre disposición); por el contrario, constituyen un mecanismo donde el salario presente es expropiado y convertido en flujos de capital para financiar a los grandes grupos económicos. Cuando el sistema financiero reporta pérdidas y los fondos caen, lo que se produce es una devaluación directa de las condiciones de supervivencia futuras.
Nuevamente los trabajadores no podemos hacer mucho y tampoco entendemos tanto. La incertidumbre previsional se convierte así en un causante más de la angustia subjetiva, ya que no sabemos si cuando nos toque jubilarnos tendremos un monto digno para poder vivir. Y, lo peor no es ello, sino la propuesta que están otorgando a través de la prensa, los propios matinales de la televisión abierta y las autoridades nacionales: “prolongar la vida laboral” y así tener un monto de jubilación mejor. En otras palabras: “explotemos el cuerpo de los trabajadores un poco más”.
Se trata de una mirada que funciona como un dispositivo de disciplinamiento moral y tiene un componente de género sumamente violento. La economía feminista ha demostrado históricamente que sobre las mujeres e identidades feminizadas recae la tarea de administrar la escasez y sostener las redes de cuidado en hogares cuyos ingresos no cubren la vida. Cuando las pensiones de miseria se materializan o los fondos se desploman, son las mujeres quienes terminan haciendo magia para sostener a los adultos mayores precarizados, asumiendo los costos de la salud, la alimentación y el cuidado que el Estado y el mercado delegan.
Peor aún, si la vejez se vuelve insostenible, la narrativa neoliberal las culpa por tener lagunas previsionales (sin considerar lo frágil del mercado laboral) o por haber optado por el trabajo informal (que es, en realidad, el trabajo de cuidados no remunerado). La crítica al “escaso ahorro” o a la “falta de formalidad” funciona como un castigo moral que invisibiliza la brecha salarial y la explotación estructural del tiempo de las mujeres.
El problema real no radica, por lo tanto, en la falta de educación financiera de los afiliados o en su incapacidad para predecir las fluctuaciones del mercado global, sino en la especulación estructural que las AFP realizan con los recursos de la supuesta seguridad social. La salida a esta crisis previsional no se encuentra en la resignación individual, en el sacrificio de prolongar la edad de jubilación, ni en la maduración de una supuesta “tolerancia al riesgo” financiero. La verdadera solución exige una transformación política radical: arrebatar la vida del tablero de la especulación bursátil y reconocer que el bienestar de la vejez es un derecho colectivo indiscutible. Al igual que una comunidad que se organiza para resistir la intemperie; la supervivencia y la dignidad jamás dependerán del sacrificio aislado del cotizante, sino de la fuerza de una red solidaria que vuelva a tejer un suelo firme donde la vida se sostenga en común y valga la pena ser vivida.

