Brasil y Serbia: cuando nos unimos, ganamos; hay futuro y se construye así
Por: Verónica Aravena Vega

Los esperé despierta desde este lado del Atlántico, cuatro horas por delante de Brasil y con el corazón pegado a la pantalla. Aguanté hasta la una de la madrugada, cuando allá todavía se contaban los votos y nadie se animaba a cantar victoria: el resultado venía tan estrecho que daba miedo respirar. Me fui a la cama sin saber.
Pero los nervios no entienden de relojes. A las cinco y media de la mañana ya estaba despierta, buscando a tientas el móvil en la oscuridad para ver qué decían las noticias. Y ahí estaba, en la pantalla, como un amanecer que llegó antes de tiempo: ganó Lula. Me costó volver a dormirme. Cuando a las siete sonó la alarma, caí en la cuenta de que hacía muchísimo que no me despertaba así de feliz. Salí a correr con esa alegría a cuestas, volví a casa, me senté a trabajar y a esta hora todavía la siento en el cuerpo: una alegría terca, física, por los compañeros de Brasil, por América Latina, por la izquierda de todo el mundo.
Esa noche, la del domingo 25 de octubre de 2026, no ganó un hombre solo, ni ganó un país solo. Mientras en São Paulo la avenida Paulista ardía en fuegos artificiales, en Serbia otro pueblo echaba a su autócrata. A miles de kilómetros de distancia, ganamos un poco todas las que seguimos creyendo que otro futuro es posible.
Nada de esto fue un milagro. Lo que pasó está hecho de manos, de pies, de noches sin dormir, de gente común y corriente. Se llama organización y a diferencia de los milagros, se puede volver a hacer.
En Brasil, Lula parecía liquidado. Tres semanas antes había quedado dos millones de votos por detrás de Flávio Bolsonaro y las encuestas ya le cavaban la tumba. Entonces, la gente que se había rendido volvió a levantarse. En la segunda vuelta, Lula sumó diez millones y medio de votos más que en la primera; su rival, apenas tres millones y medio. Cada uno de esos diez millones es una persona que el 4 de octubre se había quedado en casa y que esta vez agarró su documento y fue a votar. Ganó por 51,79% contra 48,21%. La remontada la firmaron ellos, uno a uno, diez millones de veces.

A esa gente se la moviliza en la calle y en el teléfono. Lula llenó las plazas y llenó las redes. Felipe Neto, el joven con más seguidores de todo Brasil, se puso de su lado y según él, contra Lula jugaba mucho más que un candidato: Meta, la Rede Globo, las iglesias, el dinero y la mano larga de Estados Unidos. Contra toda esa maquinaria, ganó el pueblo.
En esa boleta también estaba el imperio, con la cara de Donald Trump. Desde 2025 castigó a Brasil con aranceles de hasta el 50% por atreverse a juzgar a Jair Bolsonaro; sancionó a sus jueces y recibió a Flávio Bolsonaro en la Casa Blanca, mientras repetía que seguía la elección muy de cerca. Lula le contestó con una frase que ordenó toda su campaña: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. El domingo los votos le dieron la razón. Su triunfo frenó a la derecha brasileña y le quebró el pulso a la cruzada de Trump en América Latina. El giro derechista de la región tiene además raíces locales y no todo se decide en la Casa Blanca. Aun así, un pueblo le ganó la misma noche a su propio miedo y al hombre más poderoso del planeta.
Serbia es, para mí, la parte más conmovedora. Allí la historia no empezó en una urna, empezó en un derrumbe. En noviembre de 2024, el techo de una estación de tren se vino abajo en Novi Sad y mató a dieciséis personas, una tragedia que la corrupción llevaba años fraguando. De ese dolor salió un país entero a la calle. Primero los universitarios, que trancaron las facultades; después los escolares. En marzo de 2025 las protestas llegaban a cuatrocientas ciudades y habían desbordado a los estudiantes: se sumaron profesores, actores, campesinos, médicos, abogados, camioneros, mineros y jubilados. Estuvieron dos años en la calle, sin un líder que los dirigiera.
Vučić, doce años en el poder, se negó una y otra vez a convocar elecciones, hasta que no le quedó margen. Cuando por fin abrió las urnas, la Lista Estudiantil lo barrió: 52,6% contra 39,2%, mayoría absoluta. Esa misma noche, en Belgrado, la gente desmontó con sus propias manos el campamento que el oficialismo había instalado frente a la Asamblea. Dos años de calle para un solo día de voto: las urnas sirvieron para rematar un trabajo que venía de mucho antes. Pueden frenar a un autócrata, pero lo que de verdad decide ocurre en los meses y los años previos y en los que vienen después. Nuestra tarea no empieza ni termina en una votación.

Brasil y Serbia no comparten ideología ni bandera, pero comparten algo: gente que se organizó y perdió el miedo. Lo que hicieron fue método y el método se aprende y se copia. Se gana estando en el barrio y en la pantalla, sumando incluso a quien no piensa igual, convirtiendo la rabia en voto y el voto en poder. La próxima vez que alguien diga que la derecha es invencible, o que para qué molestarse, conviene recordarle los diez millones de brasileños que se levantaron del sillón y los dos años de estudiantes serbios que no se fueron a dormir.
Queda mucho por delante. Flávio Bolsonaro no reconoció su derrota; Vučić ya avisó que peleará desde la oposición; y la sombra de Trump sobre la región no se irá sola. El fascismo pierde elecciones, pero no se retira sin pelear. Ganar una elección, o ganar una plaza, es apenas el permiso para empezar a trabajar en serio.
Aun así, después de tantas derrotas, hoy tenemos una certeza que nadie nos puede quitar: cuando nos juntamos, ganamos. Lo acabamos de ver en Brasil y en Serbia. Se puede y hay futuro. No nos lo va a regalar nadie; lo vamos a construir con las manos, como en Novi Sad y como en la Paulista. Tenemos indicios de cómo se hace. Lo que no podemos permitirnos es volver a sentarnos, cada cual por su lado.

