El 18 disputado: ¿arrebatarle la tradición a las elites?
Por: Sofía Varas Rojas

“Brindo dijo el poblador
con la caña bien arriba,
por la mesa compartida
y el vecino luchador.
La fiesta no es del señor
que nos cobra hasta el aliento,
es del barrio y su talento,
de la doña y del obrero,
¡nos juntamos sin dinero
a celebrar el momento!“
Nos han vendido la fiesta del 18 de septiembre envuelta en papel de regalo tricolor, etiquetada con precios que la mayoría no puede pagar y formateada bajo decretos oficiales que pretenden convertir el encuentro comunitario en un acto de consumo individual. Nos cooptaron los espacios de sociabilidad, cercaron los parques, convirtieron la alegría popular en una mercancía rentable y pretendieron que la identidad fuera sinónimo de endeudamiento a doce cuotas.
Pero la celebración no le pertenece al centro del poder ni a la vitrina comercial: la alegría es un derecho histórico de los barrios, una trinchera contra el cansancio y una herramienta de supervivencia comunitaria. Insistimos en la recuperación de lo robado; devolveremos la fiesta a las plazas, a las ollas comunes, a la mesa compartida y a la memoria viva de quienes sostienen este territorio con su trabajo diario. Festejar no es obedecer un mandato oficial, es darnos el abrazo fraterno que nos niega el mercado.
«Me gusta la gente simple / que tiene un corazón claro, / la que no se infla por nada, / la que da sin pedir pago».
Violeta Parra, “Canto a la diferencia”
Un banquete institucional despliega cortes de carne seleccionada y finas copas para marcar la agenda del poder. Entre brindis de protocolo y recetas de alta cocina financiada con el dindero público, las cúpulas de gobierno ejecutan gastos elevados para abastecer recepciones privadas y actos oficiales. Esta ostentación desde el centro directivo contrasta con la realidad de los hogares golpeados por el incremento sostenido en el costo de la vida.
En las poblaciones y barrios periféricos, los ingresos del trabajo no alcanzan para replicar el bienestar simulado frente a las cámaras de televisión. La convocatoria oficial a festejar coexiste con el endeudamiento familiar y el alza del valor de la canasta alimentaria elemental. Mientras la cúpula política posa para los medios vistiendo ropas tradicionales de los antiguos terratenientes, las familias trabajadoras enfrentan una inflación cotidiana que restringe la vida de las mayorías.
Septiembre no es una fecha uniforme ni un espectáculo comercial prediseñado. Es una franja de la historia donde cohabitan de forma directa la herida del 11 de septiembre y la convocatoria colectiva del 18 de septiembre. La distancia entre el menú que se consume en el palacio directivo y la mesa de las barriadas invita a pensar cómo se disputan las tradiciones cuando la fiesta se impone como mandato mercantil en lugar de nacer desde el tejido común.
Celebrar es un derecho histórico de las comunidades y un espacio indispensable de alivio y encuentro humano. Pensar las fechas festivas no implica negar la alegría del 18 de septiembre ni restarle valor al deseo legítimo de compartir en familia y con vecinos. Muy por el contrario, implica rescatar la festividad de la captura comercial y devolverle su sentido comunitario original. Salazar (2006) expone cómo las culturas populares han creado espacios festivos autogestionados como lugares de resistencia, sociabilidad y fraternidad frente a la rutina laboral.
La proximidad entre el 11 y el 18 de septiembre expone la convivencia entre el luto por las pérdidas históricas y la necesidad vital del reencuentro colectivo. Recuperar el sentido del festejo significa entender que la verdadera celebración no proviene de los decretos gubernamentales ni de la compra irreflexiva de adornos, sino de la calidez de la mesa compartida. Moulián (1997) señala que la mercantilización tiende a transformar la fiesta en mero consumo individual. Repensar el 18 de septiembre es una invitación a celebrar con más fuerza, pero desde la solidaridad, la memoria viva y el abrazo sincero de los barrios.
El mayor riesgo de la mercantilización cultural es empujar a las nuevas generaciones a celebrar en el vacío, desprovistas de raíz y de sentido crítico. Cuando la festividad se reduce a un catálogo de ofertas comerciales y al consumo inmediato, se interrumpe la transmisión intergeneracional de la memoria histórica y la identidad popular. Cuidar la fiesta implica enseñar a la juventud que el 18 de septiembre no es una fecha abstracta inventada por el mercado, sino un espacio ganado de encuentro comunitario y fraternidad entre iguales.
Reconectar a las infancias y juventudes con la raíz popular del festejo permite transformar la diversión en una experiencia con contenido político y social. Esto supone reemplazar el impulso de comprar por la práctica de compartir, transmitiendo los relatos, la música, la gastronomía barrial y las luchas de los ancestros que sostuvieron el territorio. Construir un sentido de pertenencia consciente es la única herramienta para evitar que las futuras generaciones reduzcan la celebración a un simple acto de evasión o gasto irresponsable.
La verdadera riqueza de las festividades no reside en los discursos de las elites ni en los actos oficiales, sino en el esfuerzo y el cariño de la clase trabajadora. De Ramón (2000) detalla cómo las comunidades urbanas y rurales generaron formas históricas de sociabilidad y apoyo mutuo para celebrar la vida en medio de las dificultades. Son las cocineras de fondas, los músicos, los recolectores, los obreros y los comerciantes de barrio quienes ponen el cuerpo y el alma para que el resto pueda descansar y disfrutar.
El festejo cobra su valor más noble cuando reconoce y dignifica a quienes lo hacen posible. La clase trabajadora no solo sostiene la vida productiva del territorio durante todo el año, sino que crea la atmósfera de alegría colectiva que caracteriza a estas fechas. Valorar esta entrega implica exigir condiciones de trabajo justo durante los días festivos y asegurar que quienes atienden la fiesta también tengan el tiempo y la tranquilidad para festejar junto a sus propios seres queridos.
Por otro lado, el disfrute y la distensión en los días de descanso son dimensiones fundamentales del bienestar colectivo. Sin embargo, cuando el consumo excesivo de alcohol se instala como el único medio para la evasión, es necesario analizar las presiones económicas y el cansancio acumulado que motivan esa necesidad de desconexión (Valenzuela, 2019). La festividad debe ser un espacio de descanso y alivio, no un detonante de malestar o agotamiento para los hogares.
Los períodos festivos de septiembre registran incrementos en las crisis de salud mental e indicadores de violencia intrafamiliar que afectan de forma desproporcionada el ámbito doméstico (INDH, 2021). Cuidar la fiesta popular significa resguardar a quienes la habitan, garantizando que el consumo de alcohol no derive en situaciones de riesgo para mujeres, niñ@s y diversidades. Una celebración verdaderamente alegre es aquella donde todas las personas pueden disfrutar en un entorno libre de violencia, basado en el respeto y el cuidado mutuo.
Recuperar la alegría de festejar exige abrir las puertas a todas las expresiones que conviven en el territorio. Las experiencias de organización barrial demuestran que las mejores fiestas son las que se gestionan desde la solidaridad comunitaria, la música compartida y la comida colectiva (Garcés, 2012). Estos espacios autogestionados permiten recomponer el tejido social y ofrecer una alternativa fraterna frente al aislamiento.
Un 18 de septiembre pensado para todas y todos acoge con calidez la diversidad plurinacional. Esto implica integrar con respeto las culturas de los pueblos originarios, la pluralidad de las identidades migrantes y la visibilidad de las disidencias sexuales. Una celebración inclusiva amplía el círculo de la alegría, transformando la tradición en un espacio vivo, diverso y generoso donde nadie quede fuera ni sea marginado.
«Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».
Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973
Las palabras de Salvador Allende no son un llamado a la amargura, sino una invitación a mantener la esperanza y la fe en el reencuentro colectivo. Debemos devolverle la celebración a las poblaciones, a las plazas y a las familias. Recuperar el 18 de septiembre desde lo popular es hacer de la fiesta un acto de dignidad, donde “los nadies”, las trabajadoras y los trabajadores se reconozcan en un abrazo fraterno, celebrando el presente y construyendo juntos un futuro de bienestar compartido. Y que esta vez la celebración no sea solamente una ceremonia sobre lo que somos, sino un reconocimiento a quienes, con su trabajo, sus cuidados, sus estudios y su rebeldía, hacen posible que sigamos siendo una sociedad.
Referencias
- De Ramón, A. (2000). Santiago de Chile (1541-1991): Historia de una sociedad urbana. Editorial Sudamericana.
- Garcés, M. (2012). El despertar de la sociedad civil: Una historia del petitorio popular. Ediciones LOM.
- Instituto Nacional de Derechos Humanos. (2021). Informe anual sobre la situación de los derechos humanos en Chile. INDH.
- Moulián, T. (1997). Chile actual: Anatomía de un mito. Ediciones LOM.
- Parra, V. (1966). Canto a la diferencia [Canción]. En Las últimas composiciones. RCA Victor.
- Salazar, G. (2006). Mercaderes, empresarios y artesanos: Ensayos de historia social de Chile. Ediciones LOM.
- Valenzuela, E. (2019). Sociología del alcoholismo y la precariedad urbana en el Chile contemporáneo. Editorial Universitaria.

