¿Qué tipo de hormigas somos?: sobre el costo de la vida y los “gastos hormiga”
Por: Natalia Hurtado L., psicológa clínica y feminista

En las últimas semanas, mientras la agenda pública se inunda de noticias sobre reformas estatales que parecen desvalijar los recursos públicos en desmedro de las clases medias y bajas, la televisión abierta chilena optó por refugiarse en un clásico de la distracción masiva: el “gasto hormiga”. En un reportaje matinal, periodistas interrogaban a transeúntes sobre sus microcompras diarias. Las respuestas variaron desde un café al paso, una botella de agua, hasta láminas para el álbum del Mundial.
Me impactó que la respuesta de los periodistas tendía a ir hacia una especie de “educación financiera” en donde la lección (sumamente punitiva) era hacer sentir mal a las personas entrevistadas por incurrir en estas compras. Detrás de esta acción opera un currículum oculto perverso. La premisa de fondo es que a las personas no les alcanza el sueldo por culpa de su supuesta falta de autocontrol, negando una realidad estructural ineludible: en Chile los salarios son bajos, no cubren el costo de la vida básica y la mayoría de la población sobrevive gracias al crédito.
Como plantea la intelectual feminista Verónica Gago, el “gasto hormiga” es una fiel narrativa de culpabilización individual que oculta las fallas del sistema y la violencia de la deuda.
Los famosos “gastos hormiga” son un lugar común en conversaciones familiares, con amigos, hasta entre pacientes, siempre asociada al castigo ante estos o asociándolos al poco autocontrol al gastar de esa manera el dinero. Al rastrear su origen, llama la atención que los bancos e instituciones financieras saturen sus páginas web con manuales sobre el “peligro” de no ver a estas hormigas en la billetera.
El dicho es una metáfora inspirada en el comportamiento individual de las hormigas. Precisa que una sola no puede desvalijar un árbol, pero entre varias, constante y continuamente, pueden conseguirlo. Se plantea que estos gastos son “superficiales e innecesarios” que parecieran ser inofensivos para el presupuesto, no afectando significativamente las finanzas “pero que a la larga lo harían”. Sin embargo, existe otro modo de ver el comportamiento de las hormigas. Son insectos conocidos por su trabajo en conjunto, sus lógicas comunitarias y su inteligencia colectiva en la generación de sistemas complejos como la construcción de sus hormigueros. El neoliberalismo prefiere mirar al insecto como un agente depredador aislado/individualista, ignorando totalmente su vertiente colectiva y de lazo social para sobrevivir.
Veronica Gago rompió el mito de la compra prescindible del “gasto hormiga”, planteando que en los sectores precarizados los consumos considerados menores o fragmentados no responden a caprichos, todo lo contrario, hablan de la gestión diaria de la escasez. Cuando los ingresos fijos no alcanzan, la vida se fragmenta en compras diarias de subsistencia, como comprar comida para el día, cargar el pasaje, un cigarro suelto. Descalificar esto como un “gasto hormiga” invisibiliza que son estrategias de reproducción de la vida, no un problema conductual que se subsane con “educación financiera”. La autora enfatiza en que se asume que el gasto hormiga se realiza con un excedente del presupuesto del individuo, cuando la realidad es que la deuda se ha convertido en el motor que financia el consumo cotidiano. Nunca hubo un excedente.
En este sentido, la narrativa instalada del “gasto hormiga” promete que, si exterminamos a esas hormigas, ya no compramos ese café, se logrará el éxito financiero o el ahorro. Pero esto, no es más que una trampa moral y una forma reprimir al sujeto de “disfrutar” de esas pequeñas compras. Considerando un contexto de salarios devaluados y economías populares desprotegidas, el margen de ahorro realmente no existe. El dinero que se “ahorraría” exterminando a esas hormigas, no hace más que deteriorar la calidad de vida, y no iría a una cuenta de inversión (fondo mutuo o depósito a plazo por ejemplo), sino que es absorbido inmediatamente por el pago de los intereses de las deudas previas.
Parece ser que los sectores precarizados no tuviesen derecho a tomarse un buen café. La pedagogía de las finanzas tradicionales funciona de esta manera como un mecanismo cosmético que oculta cómo el sistema financiero extrae valor de los hogares más vulnerables a través de las tasas de interés.
Esta mirada, además, funciona como un dispositivo de disciplinamiento moral y de género. Históricamente, como ha demostrado Silvia Federici, las mujeres e identidades feminizadas han gestionado los hogares y las redes de cuidado, por lo tanto, recae sobre ellas la presión social de administrar diligentemente el hambre y la precariedad del presupuesto familiar. Esas hormigas mujeres terminan haciendo magia con la plata. Peor aún, si la economía del hogar colapsa o la deuda se vuelve insostenible, la narrativa neoliberal las culpa a ellas por “gastar mal“, en lugar de señalar la falta de apoyos públicos, la brecha salarial o las dinámicas usureras del sistema financiero. Así, la economía feminista planteada por la autora denuncia que la crítica al “gasto hormiga” opera como un dispositivo de disciplinamiento de género y moral.
En este sentido, el problema real no radica en el llamado “gasto hormiga” de las personas, sino en la “deuda hormiga” impuesta por las dinámicas del capital. La salida a esta crisis no se encuentra en la austeridad individual ni en el sacrificio de los pequeños consumos cotidianos. La verdadera solución exige una transformación estructural y política: desendeudar los hogares y reconocer que sostener la vida diaria es un trabajo económico central que el sistema actual precariza y explota de manera sistemática.
Al igual que en un hormiguero, donde la supervivencia jamás depende del sacrificio aislado de una hormiga sino de la fuerza de su red colectiva, se trata de derribar la estructura financiera que privatiza el bienestar, para volver a tejer, en comunidad, un suelo firme donde la vida se sostenga en común y sea vivible. Es miope fijarse solamente en que las hormigas trabajan solas, cuando generan toda una red para construir un hogar, una comunidad.

