El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Una junta de vecinos, el expresidente Boric y el arte de organizarse

Por: Verónica Aravena Vega

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Crédito: Antonia Casanga

Llegó con parka y gorro, como cualquiera que sale a comprar pan un sábado de invierno. Firmó el registro de la Junta de Vecinos 21 de Lo Vial, en San Miguel, y su nombre quedó junto al de todos los que viven a unas cuadras del metro. Nadie fotografía a nadie inscribiéndose en su junta de vecinos. Esta vez había concejalas esperando, hubo un pequeño discurso, hubo bienvenida. La escena se viralizó porque un expresidente firmando un papel de barrio le resultó conmovedor a mucha gente.

El que estuvo cuatro años en La Moneda, con las Fuerzas Armadas y el presupuesto en sus manos, fue a poner su nombre en el papel donde se anota quién reclama por el alumbrado de la esquina. Se lee como gesto de humildad. Pero más que el gesto, importa dónde ocurrió: una junta de vecinos, esas tres cuadras donde todavía se decide algo.

¿Qué pasa en tres cuadras? Se decide si el sitio eriazo termina en cancha o en basural, si la plaza tiene juegos o fierros oxidados, si a las siete la esquina ya es boca de lobo con el alumbrado quemado. Se decide quién abre la biblioteca los sábados para los cabros que no tienen dónde meterse, quién le lleva el almuerzo a la señora del quinto que quedó sola y quién junta las firmas por el paso de cebra donde ya atropellaron a un niño. Nada de eso sale en la prensa y todo eso es gobierno.

La palabra queda grande para algo tan chico. Gobernar es eso antes que nada: repartir el trabajo de que sigamos vivos. Cocinar para muchos, cuidar al que cayó enfermo, criar a los cabros ajenos. Silvia Federici pasó la vida escribiendo sobre ese trabajo que no aparece en ningún PIB y sin el cual no habría PIB. Cuando se hace en común, cuando la olla es de todos y no de cada casa por su lado, deja de ser una carga que se lleva a solas y empieza a ser poder. Poder para sostener la vida sin pedirle permiso a nadie.

Nada de esto es fantasía nostálgica. En Chile la junta de vecinos fue, no hace tanto, un lugar donde se decidía de verdad. Las mujeres juntaban plata y compraban el arroz por sacos para que rindiera; cuando faltó el pan, la olla común organizó el hambre para que nadie quedara afuera. Nada de caridad. Una forma de gobierno cocinada en un fondo de aluminio. La junta resolvía lo que hoy quedó en manos de una oficina lejana: dónde iba el paradero, quién necesitaba ayuda ese invierno. Tenía plata, tenía voz, y el municipio la escuchaba.

La dictadura entendió perfectamente lo que eso valía. Por algo intervino las juntas, les puso dirigentes a dedo, las vació de gente y de decisión. No se persigue lo que no tiene fuerza. La transición las dejó respirar, ya convertidas en oficina de trámites de la municipalidad: pedir un permiso, timbrar una carta.

Conviene no ponerles música. La mayoría de las veces son lateras y una llega muerta del trabajo, sin ganas de escuchar a nadie. Van los mismos ocho de siempre, va el vecino que nos cae mal, se arma la pelea por la reja o por el ruido y la cosa se estira una hora de más. Y aun así es el único lugar donde una levanta la mano y algo cambia esa misma semana. A esa cosa latera y terca fue Boric a anotarse, no a un símbolo. Firmó donde firman los que reponen el alumbrado de la esquina, con el mismo lápiz pasta amarrado con un cordel a la mesa.

Sacar adelante una de estas juntas es un oficio. Hay que golpear puertas para que la señora del segundo piso baje el jueves, llamar el miércoles al que quedó de traer las sillas porque si no, no llega, repartir las tareas para que no recaigan siempre en las mismas. Hay que aguantar el desánimo cuando a la tercera reunión vuelven a ser cuatro, y convencer al que se aburrió de que vale la pena volver. Se aprende haciéndolo, como amasar o soldar. Nadie nace sabiendo juntar a treinta personas alrededor de algo que no le da plata a nadie.

Pasa en el peor momento. Con el gobierno de Kast recortando y desentendiéndose, la palabra cuidado se cae de los presupuestos y vuelve, como siempre, a las casas y a las mujeres de las casas. Cuando el Estado suelta la mano, la pregunta de quién te lleva al hospital, quién se queda con los niños si te enfermas, no se evapora, baja de escala y cae en la manzana, que es donde queda cuando arriba deciden que no es asunto suyo. Organizarse ya no es una idea de fin de semana: es la red que queda abajo del que se cae.

La junta de vecinos es una puerta, y no la única. El sindicato que negocia lo que te pagan funciona igual, y el centro de alumnos, y el club donde por fin se arregló la sede, y el taller de lectura al que llegan seis personas. Todos medio vacíos, sostenidos por los mismos de siempre, los que van aunque llueva. Seguimos buscando el poder hacia arriba, en la pantalla, en el Congreso, en esa nube donde parecen tomarse las decisiones grandes. Está más abajo y más cerca, en las sillas plegables que a nadie le dan ganas de ocupar un jueves en la noche.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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