El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Se murió la flor? Sobre el deseo, la ternura y la convivencia en pareja

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 7

Están en el sillón. Cada uno en su teléfono. La tele puesta en algo que ninguno eligió. Ella piensa en contarle algo que le pasó en la pega, pero calcula que va a tener que dar demasiado contexto y está cansada, así que lo deja. Él se ríe de un reel y otro y otro. Llevan cuarenta minutos así, en la misma pieza, a medio metro de distancia, y hace rato que no están juntos. No están peleados ni en crisis. Es un martes cualquiera.

¿Cuándo fue la última vez que se miraron de verdad? No para coordinarse: ¿Compraste el pan?”, “¿A qué hora es la reunión del colegio?”, sino para verse. ¿Cuándo fue la última vez que se rieron de algo juntos, que se contaron algo que no fuera logística, que se tocaron sin que fuera el preludio de nada ni la despedida de nadie? ¿Cuándo dejó de interesarles lo que el otro piensa?

La pregunta que quiero hacer no es nueva pero sigue sin respuesta satisfactoria: ¿Qué le pasa a todo eso cuando convivimos en pareja? No hablo solo de sexo. Hablo de la ternura que deja de ser espontánea y se vuelve funcional, de la conversación que ya no es sobre lo que pensamos sino sobre lo que falta en el supermercado, del dejar de mirarse, del tocarse solo cuando se quiere algo, de perder la curiosidad por el otro (qué leyó, qué lo hizo reír, qué lo angustia) porque la convivencia nos ha convertido en socios operativos de una empresa que no para nunca. Se apaga el juego, la risa tonta, el quedarse un rato más en la cama un domingo sin que nadie tenga que levantarse a hacer algo útil. A veces se apaga el deseo, sí, pero a veces lo que se apaga primero es algo más sutil: la mirada.

Esther Perel, terapeuta belga que ha dedicado décadas a estas preguntas, plantea algo incómodo: la intimidad y el deseo no son aliados naturales. Son fuerzas que compiten. La intimidad se construye con repetición y familiaridad, con la seguridad de lo conocido. El deseo necesita distancia, un poco de misterio, un espacio donde el otro siga siendo otro y no una extensión de la logística compartida. Convivir es conocer al otro en su versión más doméstica (su manera de sonarse la nariz, su ritual con el café, sus mañas, sus calcetines en el suelo) y eso erosiona la capacidad de sorprenderse con esa persona, de encontrarla interesante, de querer saber qué piensa. La ternura, en cambio, no necesita misterio: necesita presencia y tiempo, alguien disponible al otro lado. Y resulta que la convivencia, tal como suele estar organizada, tampoco deja mucho de eso.

Decir que la convivencia mata todo, eso sería una sentencia demasiado cómoda; y las sentencias son para los jueces, no para quienes intentamos entender algo. Hay parejas que llevan décadas bajo el mismo techo y se siguen buscando, riéndose de lo mismo, eligiéndose. Hay parejas que se tocan poco y están bien así, porque el sexo no es la única moneda del afecto ni el único termómetro de un vínculo. Y hay parejas que perdieron la flor y la recuperaron, o que nunca la tuvieron muy frondosa y no por eso se sienten fracasadas. Lo que importa no es prescribir cómo debería verse una pareja viva, sino preguntarse qué condiciones hacen posible (o imposible) que circule algo más que logística entre dos personas que comparten techo. Y esa pregunta es política.

Porque cuando Perel habla de “domesticidad” como enemiga del erotismo, habla en abstracto. Pero la domesticidad no es abstracta. Tiene nombre y tiene género. En Chile, la segunda Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (2023) mostró que las mujeres dedican casi cinco horas diarias al trabajo no remunerado (cocina, limpieza, cuidado) contra menos de tres de los hombres. Entre los 25 y los 44 años la brecha se amplía aún más. Esto no es un dato demográfico. Es la biografía afectiva de millones de mujeres. Porque cuesta tener ganas de ternura, de juego, de conversación profunda o de sexo después de planchar, organizar la despensa y coordinar la hora del pediatra. La explicación no es que “se hayan enfriado”. Es que muchas veces están funcionando como gerentes operativas de un hogar, y ni el erotismo ni la ternura florecen fácilmente en un cuerpo que solo administra.

Arlie Hochschild lo vio venir en 1989 cuando escribió sobre “la segunda jornada. Las mujeres cambiaron, dijo, pero los hombres a los que vuelven no han cambiado tanto. Treinta y tantos años después, los datos chilenos confirman que la revolución sigue estancada. Y el cuerpo cansado lo sabe antes que la cabeza: cuando una persona llega agotada al final del día, lo primero que sacrifica no es el sexo, es la disponibilidad emocional. Deja de preguntar “¿cómo estás?” con ganas reales de escuchar la respuesta. Deja de contar lo que le pasó porque total nadie pregunta. Deja de tocar al otro por el puro gusto de tocarlo. El resentimiento, ese veneno silencioso de las parejas desiguales, no mata el afecto de golpe. Lo reemplaza, lentamente, por una cordialidad operativa que se parece mucho al cariño sin serlo.

Silvia Federici fue más lejos todavía: lo que llamamos amor doméstico es, en el fondo, trabajo no pagado. Ellos lo llaman amor; ella lo llama trabajo. Y si el distanciamiento afectivo es, como sugiere, una enfermedad ocupacional del ama de casa, entonces lo que se apaga en la pareja tiene menos de problema romántico que de problema laboral.

¿Exagero? Puede ser. Pero piénsalo al revés: ¿qué pasaría si el trabajo doméstico se repartiera de verdad? ¿Si ella llegara al sillón sin la lista mental de lo que falta para mañana? ¿Si tuviera una hora al día que fuera solo suya, no para producir, no para cuidar, sino para existir, para aburrirse, para que las ganas de estar con el otro tengan espacio donde germinar?

No es casual que los hogares unipersonales en Chile se hayan triplicado en treinta años, del 8% al 22%, y que crezcan más rápido entre mujeres con ingresos altos. Entre las que pueden permitírselo, no necesariamente porque no quieran estar en pareja. Quizás porque ya aprendieron que se puede querer sin compartir techo. O porque el costo de la convivencia, en tiempo, en energía, en autonomía, ya no les parece un precio razonable. La pregunta es qué pasa con las que sienten lo mismo pero no tienen esa opción.

Hay quien diría que el problema no es técnico sino político. Que la convivencia heterosexual, tal como está armada, es un contrato en el que ella pone el cuerpo, el sexual el doméstico y el emocional, y que preguntarse por la ternura o el erotismo sin preguntarse por las condiciones materiales de ese cuerpo es hacer autoayuda, no pensamiento crítico.

Pero tampoco se trata de decretar que la convivencia es el infierno y punto. Hay algo valioso en compartir la vida con alguien: la historia común, los rituales, la confianza de un cuerpo que conoce al otro. El deseo de larga duración no es el mismo que el del inicio, es más lento, más elegido, menos químico, y eso no lo hace menor. La ternura sostenida tampoco. Perel misma reconoce que el erotismo sostenido requiere intención, no espontaneidad. Y lo mismo vale para lo demás: la conversación, el juego, la risa, el cuidado mutuo. Todo eso requiere cultivar la distancia dentro de la cercanía: tener un mundo propio, intereses que no se comparten, tiempo que no se rinde a nadie. Y sobre todo requiere que las dos personas lleguen al encuentro con algo de energía disponible, no con los restos.

La pregunta, entonces, no es si la flor se murió. Es quién la está regando, quién tiene tiempo de regarla, y si el jardín está diseñado para que crezca algo más que logística y obligaciones. Mientras una de las dos personas cargue con casi cinco horas diarias de trabajo invisible, ni el erotismo, ni la ternura, ni la curiosidad, ni la risa tienen dónde echar raíces. La causa no es la falta de voluntad, es la falta de condiciones.

Y eso, en Chile y en todas partes, no se resuelve con velas aromáticas ni con una escapada de fin de semana. Se resuelve, si acaso se resuelve, repartiendo la carga. Diseñando otra convivencia posible. O, por qué no, preguntándose si convivir es la única manera legítima de quererse. Porque a lo mejor la flor no se murió. A lo mejor solo necesita un macetero más grande. O uno propio.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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