La simpleza como coartada: filosofía de los finales amorosos

Por: Agnieszka Bozanic
Elegir nunca es un acto meramente privado, plantea Jean-Paul Sartre. Cada decisión expresa una concepción de lo humano, una imagen implícita de lo que consideramos digno, aceptable o posible en nuestras relaciones con otros. En ese sentido, incluso terminar una relación amorosa no es simplemente cerrar un vínculo íntimo, es también una declaración ética sobre cómo entendemos al otro cuando deja de ocupar un lugar central en nuestro deseo.
Porque elegir no solo revela quiénes somos. También nos fabrica. O como dijo Eduardo Galeano, “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Cada elección deja sedimento. Cada acto es un ensayo moral. No terminamos una relación desde una identidad intacta y fija, más bien, nos convertimos en alguien a través de cómo elegimos terminarla.
Y quizás ahí aparece uno de los grandes problemas afectivos contemporáneos: la simpleza elevada a virtud. Irse sin conversación. Reducir meses o años de intimidad a un mensaje escueto. Desaparecer. Administrar distancia con precisión quirúrgica. Ofrecer explicaciones mínimas bajo el lenguaje del autocuidado, los límites o la eficiencia emocional.
Pero no todo lo simple es inocente. A veces la simpleza no es claridad. Es evasión elegantemente presentada. Vivimos en una cultura que ha perdido tolerancia a la alteridad. Amar supone encontrarse con alguien que no controlamos, alguien cuya complejidad nos exige, nos incomoda, nos descentra. Pero en una lógica obsesionada con la optimización emocional, la rapidez y el bajo desgaste psíquico, el otro deja de ser sujeto para convertirse en algo que debe gestionarse eficientemente. No necesariamente odiamos al otro. Simplemente dejamos de querer sostener su humanidad cuando se vuelve incómoda.
Ahí la simpleza opera como coartada. Porque decir “lo hice así porque era más simple” muchas veces significa algo menos noble: lo hice así porque no quería enfrentar el peso emocional de reconocer plenamente al otro mientras me iba.
Zygmunt Bauman también anticipó esta precariedad. En tiempos donde la conexión se celebra, pero el compromiso pesa, los vínculos se diseñan con lógica de reversibilidad. La salida rápida parece libertad. Pero muchas veces no es libertad; es evitación emocional revestida de autonomía.
Y Emmanuel Lévinas empuja la pregunta aún más lejos: el rostro del otro nos interpela éticamente. Nos recuerda que nunca estamos frente a un objeto narrativo que podemos archivar cuando deja de servirnos, sino frente a una conciencia vulnerable.
Esto no significa romantizar permanencias dañinas. Nadie está obligado a quedarse donde no quiere estar. Pero sí existe una diferencia ética entre poner fin a un vínculo con verdad y humanidad, o hacerlo reduciendo al otro a un inconveniente logístico. Porque deshumanizar no siempre adopta formas espectaculares de crueldad. A veces es mucho más sofisticado. Mucho más socialmente aceptado. A veces deshumanizar es simplemente elegir el camino emocionalmente más cómodo para uno mismo, aunque implique volver descartable la experiencia afectiva compartida.
La simpleza, entonces, merece sospecha.
No porque lo complejo sea moralmente superior por definición. Sino porque, en el terreno del amor, simplificar demasiado a menudo implica amputar algo esencial: la humanidad del otro.
Volviendo a Sartre: elegir es entonces legislar existencialmente. Cada decisión afirma una cierta idea de lo humano. Y si Galeano tiene razón, si somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, entonces cada final amoroso también es un acto de autoconstrucción.
No solo decidimos cómo termina una relación. Decidimos quiénes somos capaces de ser mientras termina. Porque la pregunta no es cómo irse más fácil. Es mucho más incómoda: ¿En nombre de mi comodidad, qué parte de mi humanidad estoy dispuesto a sacrificar?

