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Habitar la despedida: duelo, silencio y el derecho de sentir

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De la pintora peruana Teresa Burga, “La equilibrista”, 2020. 

*Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos

Toda vida está atravesada por despedidas. Algunas llegan con la violencia de lo inesperado y otras se anuncian lentamente, como una puerta que comienza a cerrarse mucho antes del último adiós. Perder a una persona amada, terminar una relación, dejar una casa, cambiar de ciudad, migrar, recibir un diagnóstico médico, despedirse de un trabajo, ver morir a un animal compañero o aprender a vivir sin quienes sostuvieron nuestra historia, son experiencias que configuran la existencia humana y ponen en evidencia una verdad que la cultura contemporánea insiste en negar: vivir también es perder.

En una sociedad organizada en torno a la productividad, el rendimiento y la inmediatez, el duelo suele ser tratado como una interrupción incómoda. Se espera que el dolor sea breve, silencioso y funcional. La tristeza debe administrarse con discreción, casi como si sentir demasiado fuera una falla moral. Byung-Chul Han (2022) ha señalado que el capitalismo tardío no tolera la negatividad, pues exige sujetos disponibles, optimizados y permanentemente orientados al desempeño. El sufrimiento, en ese marco, aparece como una anomalía que debe corregirse y no como una experiencia humana que necesita tiempo y palabra.

Sin embargo, el duelo no es una enfermedad ni una debilidad. Es, muchas veces, la prueba más concreta de que algo fue amado. Como escribió Freud (1917/2012), el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción equivalente, como la patria, la libertad, una posición social o un ideal. No se llora solamente a los muertos; también se llora a quienes siguen vivos pero ya no están, a los futuros que no ocurrieron y a las versiones de nosotros mismos que ya no regresarán.

Hablar de despedidas implica, entonces, hablar del precio de amar. Allí donde hubo vínculo, habrá también la posibilidad de la ausencia. El problema no es el dolor, sino la pedagogía del silencio que nos enseñó a esconderlo.

La cultura de la negación: muerte, productividad y silencio

La muerte es la única certeza biológica con la que nacemos y, paradójicamente, una de las conversaciones más evitadas en la vida social. Philippe Ariès (2000) mostró cómo en la modernidad occidental la muerte dejó de ser una experiencia comunitaria y visible para transformarse en un acontecimiento privado, medicalizado y muchas veces expulsado del espacio cotidiano. Morir pasó del hogar al hospital; el duelo pasó del rito compartido al sufrimiento individual.

Esta transformación no es menor. Cuando la muerte se vuelve invisible, también se vuelve difícil elaborar su sentido. La pérdida queda relegada al ámbito de lo íntimo, casi vergonzoso, y el dolor aparece como algo que debe resolverse rápidamente. La lógica contemporánea no pregunta cómo estás viviendo tu duelo, sino cuánto tiempo más tardarás en “volver a la normalidad”.

Judith Butler (2006) propone que el duelo revela nuestra condición radical de vulnerabilidad. No somos sujetos cerrados ni completamente autónomos; estamos constituidos por nuestros vínculos. Cuando alguien se va, no perdemos solamente a esa persona: también se altera la arquitectura de quienes somos. Hay un “yo” que existía con ese otro y que también desaparece.

Negar el duelo es sostener la ficción neoliberal de la autosuficiencia. La idea de independencia absoluta desconoce que la vida humana es relacional. Nadie se construye solo. Nadie sufre solo, aunque muchas veces sea obligado a hacerlo. Por eso, hablar del dolor no es un acto de fragilidad, sino una forma de resistencia política frente a un sistema que exige cuerpos disponibles y emociones domesticadas.

No sólo se llora a los muertos: los duelos cotidianos

Existe una tendencia cultural a legitimar únicamente el duelo asociado a la muerte física. Sin embargo, la vida está llena de pérdidas que no reciben reconocimiento social y que, precisamente por eso, duelen en silencio.

Kenneth Doka (1989) denominó “duelo desautorizado” a aquellas pérdidas que no son socialmente reconocidas como dignas de ser lloradas. El término de una relación afectiva, la ruptura de una amistad profunda, el abandono de una carrera universitaria, un cambio forzado de trabajo, la infertilidad, la migración o la pérdida de un proyecto vital suelen ser vividos desde la soledad porque el entorno no siempre concede legitimidad a ese sufrimiento.

Terminar una relación amorosa no implica únicamente la ausencia de una persona, sino también la caída de una narrativa compartida. Se pierde la rutina, el lenguaje íntimo, la promesa del futuro. Roland Barthes (2011) advertía que el discurso amoroso no se sostiene sólo en la presencia del otro, sino en la imaginación de su permanencia. Cuando eso se rompe, no se rompe una compañía: se fractura una estructura simbólica.

Algo similar ocurre con el trabajo o la vocación. Perder un empleo o abandonar una profesión no es sólo una crisis económica; también puede ser una crisis identitaria. En sociedades donde el valor personal suele medirse por la productividad, dejar un espacio laboral implica muchas veces sentir que se pierde legitimidad social.

Migrar también es una forma profunda de duelo. Se llora el idioma, la calle conocida, los olores, la familia, incluso la versión de uno mismo que existía en su propio territorio. La migración no siempre es un comienzo heroico; muchas veces es una despedida prolongada.

Recibir un diagnóstico médico que modifica radicalmente la vida también inaugura un duelo. Susan Sontag (2003) reflexionó sobre cómo la enfermedad no sólo transforma el cuerpo, sino también la biografía. Hay un antes y un después. Se pierde una expectativa de continuidad y aparece la necesidad de aprender a habitar una nueva condición.

Estos duelos no siempre tienen funerales ni flores. Muchas veces sólo tienen insomnio y vacío.

Los animales, las presencias pequeñas y el dolor subestimado

Uno de los dolores más minimizados socialmente es la muerte de los animales que forman parte de la vida afectiva. La pérdida de un perro, un gato o cualquier compañero no humano suele ser tratada con frases que reducen el vínculo: “era sólo una mascota”.

Sin embargo, desde la psicología del apego, ese argumento carece de sustento. Los vínculos con animales pueden constituir relaciones profundas de seguridad emocional, rutina afectiva y compañía cotidiana. No se trata de una presencia menor, sino de una forma de amor que participa de la estructura doméstica y emocional.

Donna Haraway (2016) ha insistido en que la convivencia con otras especies también configura parentescos. Los animales no son accesorios emocionales, sino parte de una red de afectos y coexistencias que organizan la experiencia cotidiana. Su muerte no representa una pérdida simbólicamente inferior; representa una ausencia real.

El duelo por ellos suele ser silencioso porque no siempre encuentra validación social. Sin embargo, la intensidad del dolor no depende de la legitimidad externa, sino de la profundidad del vínculo vivido.

El duelo mayor: ver morir y aprender a quedarse

Hay una forma de despedida que reorganiza todas las demás: ver morir a quienes amamos. Ninguna teoría alcanza del todo ese territorio. Acompañar la enfermedad de una madre, despedir a un padre, perder a un hijo, perder a tu hermana, ver apagarse lentamente a un abuelo o recibir la noticia abrupta de una muerte inesperada, confronta al sujeto con el límite más radical de la experiencia.

No sólo se trata de la ausencia futura, sino del testimonio presente de la fragilidad. Ver morir es también mirar la propia finitud.

Elisabeth Kübler-Ross (2014) abrió una conversación fundamental sobre la necesidad de humanizar la relación con la muerte y con quienes atraviesan procesos terminales. Aunque su conocido modelo sobre etapas del duelo ha sido discutido y simplificado en exceso, su aporte central permanece: el dolor necesita ser nombrado y acompañado, no administrado desde la negación.

Aprender a vivir sin alguien no significa superarlo. La idea de “cerrar” el duelo suele responder más a una exigencia social que a una experiencia real. Continuar no implica olvidar. Como plantea Worden (2018), una de las tareas del duelo consiste en encontrar una conexión duradera con la persona fallecida mientras se continúa viviendo.

No se trata de dejar atrás, sino de aprender otra forma de presencia. Hay muertos que siguen habitando la mesa, la memoria corporal, los gestos heredados, la forma de preparar el té o de mirar una tarde de invierno. La ausencia también tiene lenguaje.

El duelo enseña que amar no termina con la desaparición física. Cambia de forma, pero no desaparece.

El derecho a sentir: duelo como acto radical

La patologización del dolor ha generado una paradoja contemporánea: se medicaliza el sufrimiento normal y se normaliza el sufrimiento estructural. Se tolera el agotamiento productivo, pero incomoda la tristeza honesta. Se celebra la autosuperación, pero se sospecha del llanto.

Frente a eso, sentir puede convertirse en una acción radical.

Bell hooks (2001) insistía en que una cultura del amor exige vulnerabilidad y verdad emocional. No hay comunidad posible si el dolor debe esconderse. El duelo compartido produce lenguaje común y permite reconstruir la dimensión colectiva del sufrimiento.

Dar tiempo al duelo no significa romantizar el padecimiento, sino reconocer su dignidad. El problema no es llorar demasiado, sino vivir en una cultura que considera sospechoso el llanto. La rapidez no siempre es salud; muchas veces es solo anestesia.

Habitar el sentimiento implica permitir que el dolor exista sin exigirle productividad inmediata. Significa aceptar que hay procesos que no responden al calendario social ni al imperativo de eficiencia. Algunas despedidas necesitan meses; otras, años; otras, toda la vida.

Sentir no es quedarse detenido. Es negarse a que la pérdida sea convertida en ruido de fondo.

En esta sociedad de la rapidez, habitar la quietud, la lentitud y el proceso se transforma en el sostén para habitar el dolor. Dejar ir, entender la ausencia como camino obligado que debemos transitar nos invita en la sociedad del espectáculo, el ruido, la rapidez y el escroleo interminable a pausar nuestras vidas como el último acto de amor por ese ser que ya no volveremos ver.

El precio de amar

Las despedidas no son accidentes periféricos de la existencia; son parte de su arquitectura. Amar implica aceptar la posibilidad de la pérdida y reconocer que todo vínculo verdadero deja marcas. El duelo no es el fracaso del amor, sino muchas veces su evidencia más profunda.

Hablar de ello no debiera ser excepcional. Necesitamos una pedagogía distinta, una que no enseñe a esconder el dolor sino a acompañarlo, una que permita nombrar la tristeza sin culpa y reconocer que la fragilidad no es una falla sino una condición humana compartida.

En tiempos donde el sistema exige velocidad, eficiencia y eterna disponibilidad, detenerse a sentir es una forma de desobediencia. Darle tiempo al duelo, poner palabras al vacío, permitir que la ausencia tenga lugar, constituye una práctica profundamente humana y también política.

Quizá la respuesta más radical frente a una cultura que quiere sujetos funcionales y emocionalmente administrables sea precisamente esa: habitar el sentimiento. No correr de él. No reducirlo. No negarlo.

Porque el precio de amar, muchas veces, es sufrir cuando ya no se está. Y aun así, amar sigue siendo la única forma digna de atravesar la vida.

Referencias

Ariès, P. (2000). Historia de la muerte en Occidente. Acantilado.

Barthes, R. (2011). Fragmentos de un discurso amoroso. Siglo XXI Editores.

Butler, J. (2006). Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Paidós.

Doka, K. J. (1989). Disenfranchised grief: Recognizing hidden sorrow. Lexington Books.

Freud, S. (2012). Duelo y melancolía. Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1917)

Han, B.-C. (2022). La sociedad paliativa. Herder.

Haraway, D. (2016). Seguir con el problema. Consonni.

hooks, b. (2001). All about love: New visions. William Morrow.

Kübler-Ross, E. (2014). Sobre la muerte y los moribundos. Debolsillo.

Sontag, S. (2003). La enfermedad y sus metáforas; El sida y sus metáforas. Taurus.

Worden, J. W. (2018). El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Paidós.

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