El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Las izquierdas le tienen miedo al amor

The Truth Behinds Psychedelic Drugs
Portada Brian Wells

Por Verónica Aravena Vega

Cuando un proyecto político fracasa se puede ver de qué estaba hecho por lo que hacen las personas que lo habitaron. Si se dispersan, se acusan, se reagrupan en facciones y fundan otra cosa, lo que tenían era un acuerdo. El acuerdo es un material político que no resiste el golpe. Se quiebra limpio, como el vidrio. No se repara. Se barre y se empieza con otro.

Pero a veces ocurre algo distinto. A veces las personas que compartieron un proyecto roto se quedan. No porque quedarse tenga sentido estratégico ni porque no haya dónde ir. Se quedan porque entre ellas existe algo que la derrota no alcanzó a tocar. Algo que el fracaso no rompió sino que, por alguna razón que las ciencias políticas no saben explicar, endureció.

Ese algo tiene nombre. Y el nombre incomoda en cualquier espacio político que se tome en serio: amor.

Antes de descartarlo hay que definirlo, porque la palabra viene tan vaciada que ya casi no sirve. Amor político no es emoción. No es calidez de trato. No es la retórica del abrazo, ni el eslogan de cuidados que se estampa en la marca municipal. Anne Dufourmantelle lo definió como exposición voluntaria a lo que no se puede controlar. No arriesgar la vida —eso es épica—, sino arriesgar la identidad. Aceptar que el encuentro con el otro va a devolverte distinto y querer igual. El amor no necesita que seamos iguales para generar vínculo. Necesita que seamos capaces de sostener la diferencia del otro sin aplastarla ni huir de ella. Por eso la izquierda le teme: porque el amor la obligaría a tolerar la diferencia dentro de sí misma. A convivir con quienes piensan distinto sin expulsarlos ni escindirse. A pelear y quedarse. Y no: amor político no significa eliminar el antagonismo. La política es conflicto y lo seguirá siendo. Lo que el amor produce no es armonía sino la condición para que la pelea no destruya lo que se comparte.

Pero lo que hace del amor algo políticamente único es otra cosa. Se fortalece con el fracaso. La estrategia se debilita cuando falla. La ideología se fisura. La organización se fragmenta. El amor que sobrevive a una derrota se convierte en algo más denso y real que lo que era antes. Piensen en cualquier comunidad que haya resistido represión. Lo que la mantuvo unida no fue el programa.

Eso es lo que la izquierda no tiene. No le falta análisis ni le falta programa. Le falta un material de construcción que resista romperse. Y sigue levantando estructuras con acuerdo —que es eficiente, que es racional, que se puede negociar— mientras se pregunta por qué todo lo que construye dura exactamente hasta la primera derrota.

Salvador Allende lo sabía, aunque probablemente no lo habría dicho así. La Unidad Popular no fue un programa que incluía amor. Fue un proyecto hecho de amor al que le pusieron un programa encima. Yo no viví esos años. La primera persona que me habló de la UP fue mi madre, y no me habló de política. Me habló como se habla de un gran amor. Quizás del único amor verdadero de su vida. Me describió los comedores donde se comía, se peleaba y se volvía a comer juntos; las asambleas de barrio donde personas que nunca se habían hablado aprendían a decidir cómo querían vivir; las brigadas que pintaban los muros de Talca de noche, no por obligación partidaria, sino porque pintar juntos era una forma de quererse. Me lo contaba con la voz de quien ha perdido algo que no tiene reemplazo. Porque lo que había perdido no era un gobierno, era una forma de estar con otros que no ha vuelto a existir.

La dictadura lo entendió mejor que la propia izquierda. Pinochet no destruyó un gobierno: destruyó una forma de quererse. Persona por persona, cuerpo por cuerpo. Porque un programa se deroga con un decreto, pero lo que había entre esas personas, eso que los hacía quedarse juntos, no por cálculo sino por algo anterior al cálculo, no se puede derogar. Hay que desaparecerlo.

Y sin embargo, la lección que la izquierda extrajo del golpe fue la opuesta: que amar era ingenuo. Que la seriedad estaba en la técnica, la negociación, la correlación de fuerzas. Gobernó treinta años con esa lección como brújula. Dejó administración, no comunidad. Y cuando la crisis llegó —porque siempre llega— no había nada que reparar. Solo paredes.

Cuando Chile estalló en 2019, lo primero que apareció en las calles fueron ollas comunes. La misma forma que los comedores de la UP, medio siglo después. El amor político no se hereda por los partidos. Se hereda por los cuerpos.

Lo que la izquierda no vio es que al expulsar el amor de su vocabulario estaba adoptando exactamente la lógica del sistema que dice combatir. El capitalismo no combate el amor: lo domestica, lo produce en serie, le pone precio, lo empaqueta como bienestar corporativo o como marca municipal de cuidados. Pero lo único que el capitalismo no puede producir es amor, porque el amor exige que algo se transforme de verdad y la lógica del capital necesita que todo permanezca fundamentalmente igual. Cuando la izquierda mira esas imitaciones y descarta la categoría entera, no se está protegiendo de la copia. Se está desarmando de lo único que no se puede serializar.

Gabriela Mistral enseñó en escuelas rurales del Valle del Elqui a niños que el Estado había decidido que no importaban. Los quiso, que no es lo mismo que enseñarles. Enseñar es transferir conocimiento. Querer es aceptar que el otro te va a transformar a ti también — que la maestra no sale igual del aula que como entró. Lo que Mistral descubrió es que sin eso, sin ternura, lo que pasa entre las personas no deja marca. Pasa sin tocar.

Esa es la pregunta que la izquierda necesita hacerse y que ningún congreso se hace: ¿lo que construye transforma a alguien? ¿Las personas que militan en sus espacios, que votan sus programas, que asisten a sus actos, salen distintas? ¿O pasan por la política como pasan por un trámite — informadas, quizás atendidas, pero intactas? Sin amor, el análisis estructural y el conflicto redistributivo no desaparecen. Pero tampoco lo encarna nadie.

La izquierda no perdió el amor. Lo fue entregando, convencida de que cada entrega la hacía más eficaz. Lo que no vio es que estaba construyendo organizaciones cada vez más competentes y cada vez más frágiles. Mientras tanto, el amor, que no es eficiente, que no se puede planificar, que desordena cualquier estructura que lo aloje, sigue siendo la única fuerza política que sobrevive a su propia destrucción. La izquierda puede seguir construyendo con vidrio, o puede aceptar que el amor no es la recompensa de la transformación, sino su material.

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