El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Algunos hombres las prefieren perfectas

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Aída Carballo, “El sueño de la muñeca”, 1975

Por Verónica Aravena Vega

Hay un hombre que todas conocemos. En Tinder pone que busca mujeres de veinticinco a treinta. En la bio escribe “me gustan las minas que se cuidan”. En la mesa del bar dice, sin que nadie le pregunte, que no le gustan las gordas. Que la celulitis le da asco. Que las mujeres después de los cuarenta se abandonan. Lo dice con tranquilidad. Sin bajar la voz. Sin revisar el estado de su propia mandíbula, de su propia piel, de su propio cuerpo que hace años dejó de habitar con la exigencia que le aplica al cuerpo de enfrente.

No es un caso aislado. Es un patrón. Es el compañero de oficina que comenta el cuerpo de la recepcionista nueva. Es el tío en el asado familiar que dice “esa mina está rica” y “esa se dejó estar” como si administrara un catálogo. Es el que en el grupo de WhatsApp manda memes sobre mujeres gordas y no se ha mirado de cuerpo entero en un espejo desde 2016. Es el que desde una cuenta con foto borrosa comenta el cuerpo de una mujer famosa en Instagram con la autoridad de un jurado técnico. Es el que exige juventud, firmeza, delgadez, depilación, y ofrece a cambio un cuerpo que él mismo no sometería jamás a los estándares que impone.

La primera reacción es la risa. La segunda, la rabia. Pero la tercera —la única que sirve para algo— es la pregunta: ¿de dónde sale eso? ¿Cómo se construye un sujeto que puede evaluar con esa soltura un cuerpo ajeno sin haber evaluado nunca el propio? Porque no es descaro individual. No es un problema de personalidad. Es algo más viejo, más hondo y útil que la simple falta de espejo.

Y acá hay que hacer una aclaración que no es concesión sino precisión: esto no va de todos los hombres ni de imponer un modelo de belleza masculino. Tampoco va de exigir simetría física en las parejas. El deseo no se legisla ni se audita. El problema no es que alguien se sienta atraído por quien se sienta atraído. El problema es que la exigencia estética opera sistemáticamente en una sola dirección: un género es evaluado, medido y descartado por su cuerpo mientras el otro queda eximido de esa misma vara. Eso no es preferencia personal. Es un régimen.

John Berger lo formuló en 1972 con una claridad que todavía corta: “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran siendo miradas.” Esa frase parece vieja hasta que la pones en Tinder y funciona exacta. El tipo de la foto borrosa y la bio exigente no se cree guapo. Esa no es la operación. La operación es más eficiente que eso: simplemente no se procesa como imagen. No se registra como cuerpo evaluable. Su cuerpo es el vehículo que lo lleva hasta la mesa donde evalúa. Nunca el objeto sobre la mesa. Berger estaba describiendo un régimen visual: un sistema donde el hombre ocupa la posición del ojo y la mujer ocupa la posición del cuadro. Y los regímenes visuales no se eligen. Se habitan. Se heredan. Se reproducen sin que nadie firme un contrato.

Las mujeres, en cambio, fueron entrenadas desde la infancia para registrarse como superficie. El espejo, la balanza, la mirada de la madre que dice “te ves gordita”, la mirada del compañero que dice “te ves bien hoy” como si fuera un logro renovable. Naomi Wolf lo señaló en El mito de la belleza: el mandato estético opera como un sistema de control político. No es vanidad. La energía, el tiempo, el dinero, la angustia que las mujeres destinan a cumplir con un estándar de belleza que se mueve cada cinco años es energía que no se destina a otra cosa. Y mientras tanto, algunos de estos chicos se sienten cómodos para juzgar, porque nadie —ni el mercado, ni la cultura, ni la industria— les dijo nunca que su cuerpo debía rendir cuentas.

El mercado afectivo contemporáneo no corrigió esa asimetría. La profundizó. Eva Illouz lleva años mostrando cómo las apps de citas convirtieron la elección de pareja en lógica de consumo: comparar, descartar, optimizar. Pero esa lógica no opera igual para todos. Los hombres acumulan valor por vías que no pasan por el cuerpo —plata, estatus, humor, poder, “personalidad”—, mientras las mujeres siguen siendo tasadas primero como imagen y después, si acaso, como persona. El capital erótico tiene género. Y funciona como toda forma de capital: los que no lo necesitan para acceder al mercado ni siquiera notan que existe. Las redes sociales amplificaron el mecanismo hasta volverlo obsceno: hombres que jamás subirían una foto propia en traje de baño opinan con nombre y apellido —o sin él— sobre el cuerpo de cualquier mujer que aparezca en su feed. Instagram convirtió ese régimen visual en un deporte de masas. El ojo que evalúa ya no necesita la mesa del bar. Le basta un teléfono y la impunidad de un comentario.

El tipo que pone en su bio que busca mujeres de veinticinco no cree estar siendo injusto. Cree estar siendo honesto. Y ahí está el problema: la honestidad del privilegiado siempre suena a cinismo cuando la escucha alguien que no tiene el mismo privilegio. Kate Manne lo articula en Down Girl: el entitlement masculino —esa sensación de merecimiento que no se basa en evidencia sino en posición— no es un rasgo psicológico. Es un efecto estructural del patriarcado como sistema de expectativas. Los hombres no se creen guapos necesariamente. No necesitan creérselo. Simplemente no procesan su apariencia como un obstáculo porque el sistema nunca se los puso como condición de acceso al deseo, al respeto ni al mercado afectivo. No es que se miren al espejo y se vean lindos. Es que el espejo nunca fue obligatorio.

La cultura popular lleva décadas produciendo esa exención sin que nos demos cuenta. Kevin James, Adam Sandler, cada sitcom gringa que nos vendió durante veinte años la misma fantasía: el tipo puede ser cualquier cosa, la mina tiene que ser linda. Ese tropo no refleja la realidad. La produce. 

Entonces no es descaro. No es cinismo. No es falta de autocrítica. Es una posición estructural tan bien construida que ni siquiera necesita ser defendida. Funciona sola. El hombre que evalúa cuerpos ajenos sin evaluar el propio no tiene un problema de autoestima inflada. Tiene una exención histórica. El patriarcado le regaló el lugar del juez y nunca le avisó que también era un cuerpo juzgable. Y cuando un sujeto no se sabe mirado, puede mirar con una impunidad que confunde con derecho. Con naturalidad. Con la soltura de quien cree que opinar sobre el cuerpo de una mujer es un acto neutro, casi generoso. Como darle feedback.

La pregunta que queda no es por qué lo hacen. Eso ya lo sabemos. La pregunta es qué hacemos con la vara. Y la respuesta fácil sería darla vuelta: que al tipo de cuarenta y cinco que dice que no le gustan las mujeres con celulitis alguien le mida la guata, le revise la piel, le pregunte cuándo fue la última vez que pisó un gimnasio o se puso crema en la cara. Pero esa no es la salida. La salida no es ampliar el tribunal. Es cerrarlo. No se trata de que los hombres aprendan a vivir con la misma presión estética que las mujeres soportan desde que tienen memoria. Se trata de que nadie tenga que vivir así. Que ningún cuerpo —ni el de ellas ni el de ellos— sea la condición de entrada para el deseo, el respeto o la mesa. Que el espejo deje de ser un examen.

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