[11 de septiembre] Amores detenidos desaparecidos
Por: Verónica Aravena Vega
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A unos se los llevaron de noche, de la cama, del lado tibio de otro cuerpo que se quedó despierto el resto de su vida. A otros los pararon a plena luz, a la salida de la fábrica o en un control cualquiera y simplemente no volvieron a casa. Casi siempre, antes o después, quedaba alguien esperando en una puerta. Cuando allanaban, rara vez encontraban el arma que venían a buscar. Lo que encontraban era una libreta: nombres al reverso de una boleta, un número escrito con letra apurada en la palma de una mano. En la parrilla, en el pozo de Villa Grimaldi, a nadie le preguntaban por Marx. Les preguntaban quién más, con quién andái, dónde duerme. Porque el amor, para el aparato, era información: cada persona querida, una coordenada para llegar a la siguiente.
Y cada una de esas coordenadas había sido, antes, un enamoramiento. Muchas de esas historias empezaron con un coqueteo a la salida de la reunión o una mirada que duraba un segundo de más. Se militaba de día y se enamoraba de noche, sin saber bien dónde terminaba la revolución y empezaba el deseo. Había parejas de quince años que todavía se buscaban la mano por debajo de la mesa y amores nuevos y torpes que apenas alcanzaron a decirse te quiero entre un allanamiento y el siguiente. Hubo dos que se conocieron repartiendo pan en una población y terminaron juntos en un mismo centro de detención, cada uno escuchando desde su celda cómo torturaban al otro. Un amor de esos estremece el cuerpo entero y despeja la cabeza, da unas ganas locas de estar vivo justo cuando todo empuja a esconderse debajo de la cama. Ninguno cabía dentro de sí mismo: se desbordaba hacia el otro y hacia una idea de país donde valiera la pena despertar abrazados.
Pedro Lemebel escribió ese amor con una lengua que todavía chisporrotea. En 1986, plantado frente a la izquierda reunida, leyó su “Hablo por mi diferencia” y les cantó las verdades a los compañeros, que su revolución tan machita tampoco tenía dónde meter a ciertos amores, que había maricas dispuestos a morir por la causa y que igual seguían siendo sospechosos, mariconcitos de segunda para el futuro luminoso. Años después, en “Tengo miedo torero“, sentó a una loca de barrio, con sus manteles bordados y sus boleros, a enamorarse hasta las masas de un joven del Frente mientras Santiago se llenaba de bombas y apagones. La ternura ridícula y valiente de esa Loca era la historia grande contada desde el margen, la que envolvía paquetes sin preguntar qué llevaban dentro y ponía el cuerpo por querer antes que por doctrina. Lemebel entendió temprano que la dictadura no vino solo por los cuerpos, sino por la manera desordenada y feliz en que esos cuerpos se querían.
Y ese querer nunca fue asunto de a dos. El que metían en la citroneta venía enredado en una trama entera: la amiga que le guardaba los volantes y también los secretos, el compadre del taller, la vecina de la peña, el grupo de estudio que siempre terminaba en asado, guitarreo y última botella. Estaban los que aguantaron la picana sin soltar una letra, porque delatar era entregar a un ser querido a la misma máquina que los estaba deshaciendo. También las poblaciones, las parroquias, los sindicatos y las ollas comunes donde la gente se hizo familia sin ser pariente. Lo que volvía peligrosa a esa gente cabía en una palabra: se querían. Se juntaban, se cuidaban, se prestaban plata y coraje, dormían abrazados contra el toque de queda. Una persona sola puede poco; toda la fuerza estaba en el encuentro y por eso el encuentro fue justo lo que salieron a reventar. Donde había alegría junta, mandaban miedo.
Matar cierra. La desaparición deja la herida abierta para siempre. No hay cuerpo, no hay una fecha grabada en piedra donde ir a dejar flores. El que amaba queda encerrado en un presente que no avanza. Sigue poniendo el plato en la mesa. Sigue lavando la camisa por si acaso. Aprende a dormir en la mitad de la cama, dejándole el lado al que quizás vuelva. Lo que la dictadura fabricó, sin ponerle nombre en ningún decreto, fueron amores detenidos desaparecidos: cariños arrancados de cuajo que quedaron sin cuerpo al que volver y sin tumba donde llorarlos. Circularon, mientras tanto, cartas escritas en papel de cigarro, dobladas hasta volverse una pepa, sacadas de contrabando en un dobladillo para que llegara al otro lado un te amo antes que cualquier adiós. Nacieron guaguas en cautiverio que fueron amor puro durante los pocos días que les dejaron con sus madres.
Anne Dufourmantelle escribió que la dulzura es una potencia y no una debilidad y que hace falta un valor descomunal para seguir siendo tierno en medio del espanto. En Chile esa dulzura tuvo nombre de mujer y delantal. Fueron sobre todo ellas las que la sostuvieron cuando ya no quedaba casi nada. Se aprendieron de memoria la geografía de los campos y golpearon una por una las puertas de tribunales que se reían en su cara. Cosieron arpilleras con retazos de ropa de sus muertos para contar en tela lo que estaba prohibido decir en voz alta. Y bailaron la cueca solas, con la foto prendida al pecho, girando el pañuelo frente a una pareja que no llegaba nunca, hasta convertir el baile más chileno de todos en una acusación sin palabras. Bailar de a dos, sola. No hay imagen más exacta de lo que dejó la dictadura: el amor que sigue en pie aunque le hayan arrancado la mitad, moviéndose por dos con un cuerpo solo.
Va esto, entonces, como mi pequeño homenaje a esos amores detenidos desaparecidos que fueron descomunales, que le ganaron a la vida y a la muerte y siguieron latiendo del otro lado. Amores que no supieron de fronteras ni de decretos, que se rieron del toque de queda escondidos bajo una frazada y ardieron tanto que ni medio siglo de silencio alcanzó para apagarlos.
Y todavía hoy hay quien sigue esperando, envejeciendo frente a una puerta, sin saber dónde quedaron los huesos de la persona que quiso. Da rabia que se les pida silencio, que se les diga que ya fue y para qué remover. Lo dicen, casi siempre, los mismos que nunca perdieron a nadie, los que heredaron las casas buenas y los apellidos limpios. Como si medio siglo alcanzara para cicatrizar una vida que se quedó a la mitad, escrita en un párrafo que nunca terminó.
Está la mujer que todavía guarda la camisa planchada. Está la loca que amó a un hombre que la ciudad se tragó una noche cualquiera. Y está la que baila la cueca sola en cada acto de septiembre, un poco más lenta cada año, marcando con el pañuelo los pasos de los dos, girando por si el otro alcanza a volver para el último compás.
Pero ese amor no quedó del todo detenido. Sigue en las que marchan cada año con la foto en alto, en los nietos que buscan a abuelos que no alcanzaron a conocer, en la gente joven que se organiza, se enamora en las asambleas y vuelve a poner el cuerpo por otros. Porque la lucha política, cuando es de verdad, es una forma descomunal de querer: decidir cuidar a quienes ni siquiera conocemos, pelear por un país donde valga la pena despertar abrazados. Ese amor sigue ahí, terco y ninguna dictadura ha sabido nunca cómo hacerlo desaparecer.

