El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“No, señor diputado, no nos vamos a callar”: de escuchas, latidos y prestidigitación

Por: Marcela Mandiola Cotroneo

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 3

No sobra ninguna columna, no sobra ninguna declaración, no sobra ninguna reflexión que insista en denunciar la crueldad de la propuesta ultraderechista llamada “Escucha su corazón”. El rechazo ha sido transversal. El cinismo del diputado que lo copió del extranjero no tiene parangón. El silencio del Gobierno solo ahonda en su inoperancia y en su deshonestidad.

En una administración que solo se supera a sí misma en aquello de pifiarla, el desalmado proyecto vino a ser un golpe directo al estómago. Tan brutal como inesperado. Pero aquí lo inesperado no es que haya sido propuesto; eso no sorprende. Lo que no deja de impactar es el tenor moral de los esfuerzos de la extrema derecha. Todas las energías puestas en una agenda de retroceso que se experimenta como un marasmo cultural, social y político.

Las voces de protesta han declarado un rechazo cerrado. Se ha vuelto a poner sobre la mesa la vivencia de las mujeres; se han traído a colación afectos y emociones; se subraya la especificidad de las tres causales y se destaca que solo intentan interferir con una temática ya zanjada por el Estado. Todo eso es cierto. Sin embargo, la extrema derecha vuelve a la carga apoyándose en la baja natalidad, en su delirante comprensión de la libertad y, en especial, en su derecho mesiánico a desconocer lo que la democracia instituida ha resuelto. Sus argumentaciones dan vergüenza y dan náuseas.

Ninguna de las intervenciones que han hecho los sostenedores de esta iniciativa ha dado cuenta de escucha alguna o de latidos de algún corazón con vida. Pero sí de prestidigitación. Una definición simple del concepto nos habla de la habilidad para sostener una ilusión mientras la verdadera intención del truco se mantiene oculta. Indignadxs respondemos a la bajeza de la propuesta sin alcanzar a prestar atención a una capa de la controversia que se mueve en bambalinas. La trampa real está vestida de negro arriba del escenario, moviendo la estructura; algo así como una performance del teatro negro de Praga. Sosteniendo la cuarta pared, desde ambos lados, no lo vemos.

“Vamos a defender a esos niños indefensos a los que se les asesina sin tener ningún tipo de… ningún tipo… de… ¡Que se callen las feministas, porque estoy hablando!”. Esa fue parte de la intervención del congresista ultrista que sustenta el proyecto, hace pocos días, en el hemiciclo de la Cámara.

En una entrevista radial espetó: “Estamos escuchando los latidos. ¿De quién? ¿De quién?… De un ser humano a quien van a terminar con su vida en unos minutos más”, se contestó a sí mismo. Y continuó: “¿No veo por qué soy sádico? ¿Por qué es crueldad? ¿Por qué es inhumano? ¿Dónde está la crueldad y la inhumanidad?… Está en destruir la vida de un ser humano que no puede ni defenderse”, dijo para cerrar su argumento.

La vuelta atrás es más brutal de lo que pareciera. No se trata de entorpecer una norma, no se trata de aumentar la natalidad (según algunas iluminadas), mucho menos se trata de informar a la mujer (el más temerario mansplaining propuesto por la ultra). Lo que está haciendo el espectro vestido de negro arriba del escenario es volver a instalar una convicción religiosa acerca de la vida humana como una verdad revelada que debe ser la que rija la vida pública.

Durante los debates político-legales acerca del aborto en Argentina, en el año 2018, la intervención del biólogo Alberto Kornblihtt ante el Senado de ese país fue una de las más comentadas. Abrió diciendo: “Un embrión no es lo mismo que un ser humano”. Luego agregó: “El término ‘vida humana’ no es un concepto biológico, sino una abstracción que resulta de convenciones sociales, jurídicas o religiosas”.

Después se explayó largamente acerca del rol de la placenta en el proceso de gestación y de la dificultad de poder concebir al feto como un ser diferente de la persona que gesta sino hasta el momento mismo del parto. Recalcó que toda interrupción del embarazo, natural o provocada, que termine con el proceso de gestación antes del nacimiento no considera a ese feto como una persona que hubiese existido. Insistió en que el problema de la vida humana es más bien una cuestión de creencias que de hechos.

Creer que un proyecto de la calaña del propuesto vaya a ser aprobado en el Congreso es mostrar optimismo. No obstante, la pelea que les importa se está dando en otra esfera. La crueldad de hacer escuchar latidos a una mujer se asocia directamente con la agonía de ‘oír la vida’ de ese feto y, con ello, con la atribución de culpa y responsabilidad a quien estaría decidiendo ‘asesinar’ a otro ser humano. “¿Los latidos de quién?” parece una pregunta pertinente en este debate. Sin embargo, una vez más el neoconservadurismo utiliza maliciosamente los pronombres. No hay un ‘quién’ en esos latidos.

Lo ominoso de esta propuesta reside en este truco ideológico que desvía las conversaciones a través de tensionar, hasta el ensañamiento, la vivencia de las mujeres y las personas gestantes; y, por debajo de ello, vuelve a dar por hecho que la vida humana se define desde las estrecheces de ciertas religiosidades. Reitera la escolástica verdad única y otra vez la impone al gobierno de un Estado laico y una población diversa. Lo cruel es hacer sentir, querer convencer, martirizar a otra persona con la acusación de un asesinato allí donde aquello no ocurre.

No, señor diputado, no nos vamos a callar. Mucho menos le vamos a otorgar a usted y a sus correligionarixs el poder de determinar qué es la vida humana y cómo debemos comportarnos las mujeres y personas gestantes frente a ello. No, diputado, eso no.

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    Es licenciada en psicología por la Universidad Diego Portales y cursó su maestría y doctorado en Management Learning en la Universidad de Lancaster en Inglaterra.
    Como académica y consultora, ha realizado investigación y docencia en educación superior, enfocada en género y feminismos dentro de una mirada organizacional crítica.

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