El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“No he pelado ni una papa”: el día sin fin de las mujeres

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 1

Mi mamá se levantaba antes que nadie en la casa. Barría el patio cuando todavía estaba oscuro y regaba las plantas. Ponía el agua, salía por el pan, volvía con el pan y servía el desayuno a cuatro hijos y a un marido. Juntaba las tazas y las lavaba; mandaba a alguien a comprar lo que faltaba; pelaba y picaba, y dejaba la olla andando porque, a las dos, llegaba mi papá y, a las dos, tenía que estar el almuerzo, no a las dos y cuarto. Mientras se cocía, colgaba la ropa y, mientras se secaba la ropa, volvía a la olla; servía, recogía y lavaba de nuevo. Y, a media tarde, otra vez el pan.

Cinco personas dependían de ella para comer, para vestirse limpios, para encontrar las cosas en su lugar. Cinco, y ella sola. No había con quién repartir y no había plata para pagarle a alguien que ayudara. Mi mamá era la trabajadora doméstica de su propia casa: sin sueldo, sin día libre, sin la posibilidad de renunciar. Hagamos la cuenta sin el filtro del cariño: era trabajo, muchas horas de trabajo todos los días de todos los años, y no le pagaron nunca. Sobre ese trabajo que, según la cuenta oficial no existía, se sostenía la casa entera, y se sostenía también que mi papá pudiera salir tranquilo cada mañana sabiendo que atrás todo seguía funcionando “solo”. No seguía solo. Seguía porque ella no paraba.

Cuando crecí, empecé a ayudar. Pero no fue cualquiera de los cuatro el que empezó a ayudar: fui yo, porque yo era la única mujer. A mis hermanos nadie los reclutó. El mandato me eligió a mí por lo mismo que la había elegido a ella, sin preguntar, como si viniera de fábrica con el sexo. Aprendí temprano a poner la mesa, a estar pendiente de lo que faltaba, a no quedarme sentada cuando había algo que hacer. Era una niña y ya cargaba un pedazo de ese día sin fin que nadie había puesto en discusión.

El día de esa mujer no tenía puntos seguidos. Era un solo párrafo que empezaba a las seis y no cerraba hasta la noche, sin una coma donde apoyarse. Salvo una. Salía a comprar el pan y tardaba. Se quedaba conversando con la señora del almacén, o con la vecina que llegaba también por el pan, o con la que pasaba y se paraba a saludar. Volvía tarde, con el pan medio frío y con algo en la cara que no era cansancio.

A veces yo la acompañaba. Me metía en un mundo de señoras que hablaban de cosas que no eran las mías, todas a la vez, muchos temas cruzados, y yo no lograba seguirles el ritmo. Con el tiempo aprendí. Tenían una capacidad de conversar que hoy busco en la calle y no encuentro.

Esa demora era el único pedazo del día que era suyo. No estaba cuidando a nadie ni sirviendo a nadie ni rindiendo nada. Estaba parada en un almacén hablando de cualquier cosa, que era lo más parecido a la libertad que tenía permitido. Los hombres podían pararse en una esquina sin que nadie les preguntara qué hacían ahí. Una mujer parada sin tarea visible daba que hablar. El almacén era la única esquina autorizada, porque tenía coartada: había ido por el pan.

También la acompañaba a la peluquería, otro lugar donde se juntaban a conversar. Un día llegó una señora y la peluquera le preguntó qué se quería hacer en el pelo. Nada, dijo la señora, vine porque la psicóloga del consultorio me recomendó que buscara un lugar donde conversar. Todas se miraron un segundo: “Ya po, conversemos”.

Hubo un tiempo en que conversar entre mujeres tenía un nombre bonito. La comadre era la que te acompañaba en el parto, la que sabía de tu vida, la amiga del alma. Esa palabra se fue ensuciando hasta significar la chismosa, la que pierde el tiempo cotorreando en vez de estar haciendo algo útil. El idioma se encargó de convertir el rato más libre de una mujer en una falta. Mi mamá comadreando en el almacén hacía exactamente eso que antes se decía con cariño y que alguien decidió que era pérdida de tiempo.

Por eso volvía con la culpa por delante. Entraba a la casa y antes de que nadie dijera nada, lo decía ella: “no he pelado ni una papa”. La papa sin pelar no era el fracaso de la tarea. Era la huella de que se había tomado un rato para ella, y la frase era el peaje que pagaba por habérselo tomado sin pedir permiso. Anunciaba la deuda para que no se la cobraran.

Mi mamá tiene setenta y tres y todavía no para. Sigue calculando la hora del almuerzo, sigue pensando en lo que falta, sigue sin saber estar sentada cuando hay algo que hacer, y siempre hay algo que hacer. Las cosas cambiaron, claro. Yo no siento que la casa sea mi extensión ni que el aseo me pertenezca por haber nacido mujer; de ese mandato, el mismo que me eligió de niña por ser la única mujer, creo que me solté. Pero me sospecho presa de otros que también me sacan horas y que todavía no sé nombrar, mandatos nuevos que aprendí a obedecer sin darme cuenta, igual que ella aprendió el suyo. A lo mejor en cuarenta años una sobrina mía va a mirarme y a pensar que yo tampoco supe parar.

Mi mamá lo sabía sin haberlo leído en ninguna parte. Por eso tardaba con el pan. Por eso volvía y, antes que todo, soltaba su pequeña confesión en la puerta y se iba derecho a la cocina, a empezar de nuevo.

  • images e1781554254473

    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x