El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Pensar y luchar juntas sin destruirnos

Por: Adli Cordero Espada, desde Puerto Rico

OPINION Y LETRITAS 5

Este ensayo nace de una experiencia en un espacio organizativo feminista. Escribo desde mi ubicación como feminista, madre, mujer trabajadora, puertorriqueña. La lectura que propongo es necesariamente situada.

En espacios organizativos feministas, los conflictos no son excepcionales. No es necesario evitarlos, sino habitarlos, creando las condiciones para que la interpretación del conflicto y los efectos que produce no terminen determinando lo que podemos pensar y hacer juntas. Ningún espacio colectivo está exento de las relaciones de poder que busca desarmar. El patriarcado, el racismo, el colonialismo y el capitalismo pueden organizar también nuestras formas de vincularnos y luchar. El conflicto es una condición del quehacer político, y es en el proceso de interpretarlo que podemos aprender nuevas formas de luchar y pensar juntas. En el conflicto también se da una disputa por el sentido de lo que está ocurriendo y de la diferencia misma.

Hace más de cincuenta años, Florynce Kennedy nombró una dinámica destructiva al interior de nuestros movimientos. Kennedy, desde su experiencia situada como mujer negra, la llamó hostilidad horizontal: quienes están igualmente subordinadas se atacan entre sí en lugar de dirigir esa fuerza hacia las estructuras que producen la subordinación. Como señala Denise Thompson, Kennedy también llamó “trashing” a esta misma dinámica, aunque el término con el que la desarrolló y por el que se le reconoce fue el de hostilidad horizontal. Años después, Jo Freeman escribió sobre su propia experiencia con el concepto, describiéndolo como el desplazamiento del conflicto desde las ideas hacia el carácter de quien disiente, donde ya no se discuten argumentos, sino que se evalúa qué tipo de persona es quien habla, y ese ataque recae sobre alguien en particular dentro del grupo.

Ninguna de las dos parecía escribir solo desde una preocupación intelectual: ambas parecían ver que el movimiento feminista perdía la capacidad de luchar contra el enemigo real mientras se consumía atacándose por dentro. Freeman escribió que durante años evitó hablar de estas dinámicas porque no quería “lavar la ropa sucia del movimiento en público”. Luego entendió que callar podía perpetuar esas formas de daño.

En estos espacios, nombrar el conflicto interno puede sentirse como traición o amenaza. Lo sé porque lo he vivido: denunciar el daño dentro de un espacio que se piensa a sí mismo organizado frente a un enemigo común parece, por un momento, una deslealtad. Quienes tienen autoridad política e interpretativa para definir qué está ocurriendo en una situación de conflicto produce su sentido. Esa autoridad no depende de jerarquías formales o informales. Puede construirse a partir del prestigio político, la antigüedad, los liderazgos, los vínculos o la confianza que un colectivo deposita en determinadas personas. Cuando esas interpretaciones dejan de poder ser discutidas, determinan qué cuenta como experiencia válida, qué voces serán escuchadas y también quién puede permanecer, pensar y luchar.

Cuando esto ocurre, el conflicto puede dejar de organizarse alrededor de las ideas y desplazarse hacia juicios sobre las personas. Cuando una es interpretada como el objeto del conflicto, se vuelve muy difícil distinguir la interpretación externa de la propia comprensión de una misma. Ahí es donde se genera el daño individual: cuando dejamos de creer que el problema es lo que pensamos o hacemos, y empezamos a sospechar que el problema es lo que somos. Ese desplazamiento empobrece también el quehacer político colectivo. Pocas veces alguien sale ilesa. Cada vez que un conflicto se resuelve a través de la destrucción del carácter de alguien, el resto aprende qué formas de desacuerdo son seguras, cuáles son castigadas y hasta dónde puede llegar la diferencia sin perder pertenencia. Una organización que necesita destruir a quien disiente para sostener sus acuerdos corre el riesgo de empobrecer su propia capacidad de pensar. Se pierde también la posibilidad de que la disputa produzca conocimiento, transforme nuestras certezas y amplíe nuestra imaginación política.

El trashing u hostilidad horizontal no solo afectan los vínculos individuales. Reorganizan el sentido político y hieren la infraestructura desde la que organizamos nuestras luchas. El aislamiento puede dejar de ser individual y volverse organizativo: se suspenden colaboraciones, se restringe la participación, se reduce la posibilidad del debate que nos enriquece. Cada destrucción, literal o simbólica, es también una pérdida en la fuerza colectiva que necesitamos para enfrentar al verdadero enemigo.

El silencio alrededor de estas dinámicas internas no siempre es un acuerdo. A veces es una forma de adaptación a un entorno donde disentir es riesgoso. Por eso prefiero no leer estas dinámicas solo como fallas individuales, sino también como efectos de condiciones colectivas donde la interpretación del conflicto y la búsqueda de sentido están limitadas por nuestra dificultad para disentir sin destruirnos.

Cada energía puesta en destruir a una compañera es energía que no se dirige hacia quienes sostienen el sistema que nos oprime y subordina. La pregunta de Freeman sigue siendo incómoda pero necesaria: ¿no es hora de dejar de buscar enemigas dentro del movimiento y volver la mirada hacia el enemigo real? Denise Thompson propone, siguiendo a Kennedy, una distinción útil para interrumpir estas dinámicas antes de que nos destruyan: distinguir la crítica de la hostilidad. La crítica busca comprender; la hostilidad busca condenar. La crítica sostiene argumentos, admite ser cuestionada y puede ser debatida; la hostilidad reemplaza el debate por etiquetas que lo clausuran. Sostener esa diferencia, incluso en el calor del conflicto, puede permitirnos seguir siendo capaces de pensar y luchar juntas.

No todos los conflictos tendrán resolución. No todas las diferencias son reconciliables. Hay posiciones incompatibles con los principios de un movimiento, y vínculos que no deben ni pueden repararse. Pero incluso en esos casos podemos preguntarnos qué condiciones vuelven destructiva una interpretación del conflicto, cómo cuestionar nuestras propias interpretaciones para fortalecernos, y qué le aporta esto a nuestra lucha y al desarrollo del pensamiento político colectivo.

Pensar y luchar juntas sin destruirnos es una invitación a sostener el conflicto como la oportunidad que representa para transformarnos y fortalecernos. Sin convertir la diferencia en condena. Sin transformar el conflicto en expulsión. Sin desperdiciar entre nosotras la energía que necesitamos para las batallas contra el verdadero enemigo.

Referencias bibliográficas

Adli Cordero Espada escritora puertorriqueña, madre, trabajadora social comunitaria, periodista y feminista. Autora de Matertransmutar (2021) y ¿Y quién ama esta locura? (2025), su obra aborda la maternidad, salud mental y el cuidado.

Referencias:

Freeman, J. (1976). Trashing: The dark side of sisterhood. Ms. Magazine. https://www.jofreeman.com/joreen/trashing.htm

Freeman, J. (1970). The tyranny of structurelessness. https://www.jofreeman.com/joreen/tyranny.htm

Kennedy, F. (1970). Institutionalized oppression vs. the female. En R. Morgan (Ed.), Sisterhood is powerful. Vintage Books/Random House.

Thompson, D. (1993). Una discusión sobre el problema de la hostilidad horizontal. Traducción no oficial de Anna Prats.

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    Nació, vive y escribe desde la isla archipiélago Puerto Rico, la colonia más antigua del mundo. De profesión es periodista y trabajadora social comunitaria. Feminista decolonial. Es autora de Matertransmutar (Isla Negra, 2021) y de la novela ¿Y quién ama esta locura? (Las Marías Editorial, 2025), y actualmente escribe su segunda novela. Su trabajo de escritura explora la maternidad como experiencia desde una perspectiva feminista que reconoce que maternar es político. Escribe sobre la locura y el estigma, la memoria y el presente, el cuidado y la violencia, desde el amor y la ternura. Ha publicado en antologías de narrativa y poesía y en medios como Todas PR y la Revista Cruce.

    Impartió cursos como profesora del programa de género en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde dictó los seminarios de Investigación Feminista y de Feminismo Decolonial y Pensamiento Negro. Se ha desarrollado como educadora popular en temas vinculados a la perspectiva de género, la justicia social y el cuidado colectivo. Como trabajadora social, ha acompañado a madres en postparto y a sobrevivientes de violencia sexual y doméstica; todas estas experiencias atraviesan su escritura y su sentipensar. 

    Actualmente gerencia programas en Kilómetro 0, organización dedicada a documentar y fiscalizar la violencia de Estado en Puerto Rico y promover alternativas para otra seguridad pública desde una perspectiva de derechos humanos y contra el castigo. Cree en el poder de contarnos nuestras historias. Escribir es su instinto de supervivencia

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