Habitarme para gestar: maternidad neurodivergente frente al sistema de salud
Por: Martina Muñoz Jara, activista neurodivergente

Llevo semanas intentando explicarle a mi entorno qué se siente gestar siendo autista y teniendo TDAH. La respuesta corta es que se siente como intentar sintonizar la radio en medio de un huracán. Mi cuerpo cambia cada día a una velocidad que a mi cerebro le cuesta procesar, mientras mis sentidos captan absolutamente todo con una intensidad multiplicada por mil.
Personalmente, en mi embarazo me ha costado acostumbrarme a las innumerables citas médicas, y al principio me costó acostumbrarme a los movimientos fetales que mi bebé hacía dentro de mí. Sin embargo, no es el embarazo en sí lo que me abruma; es lo que me espera al cruzar las puertas de la sala de parto.
Cuando convives con la neurodivergencia, la previsibilidad, aquel cálculo que se hace antes de que algo suceda, no es un capricho ni un privilegio: es la estructura básica que nos sostiene para no desregularnos. Y el sistema de salud parece estar diseñado meticulosamente en nuestra contra. Las luces neón que encandilan, monitores con pitidos continuos, puertas que se abren sin previo aviso y diversos profesionales, como médicos o matronas, tocando tu cuerpo numerosas veces. Para un cerebro neurotípico, esto puede ser un entorno simplemente molesto o incómodo. Para mí, es una receta directa al colapso sensorial (meltdown) o a la disociación (shutdown).
Ahí radica una de las formas más invisibles y crueles de la violencia obstétrica. Ocurre cuando la parálisis sensorial ante el dolor o la sobreestimulación es leída por el personal de salud como “exageración”, “falta de voluntad”, “rebeldía” o un simple “no querer cooperar”. Ocurre cuando el miedo y la sobrecarga te invalidan la capacidad de hablar, y la respuesta médica es la prisa, el juicio o la frialdad.
Cuando fui hospitalizada por Síndrome de Parto Prematuro a mis 32 semanas de embarazo, tuve que tolerar que una variedad de médicos y matrones me realizaran tacto para ver si dilataba. Además de doloroso, era incómodo. Al mencionarles mi Condición del Espectro Autista, fue peor, como si por el hecho de ser gestante, debía olvidarla y aguantar los malos tratos . Todo desencadenó en un colapso sensorial y una disociación hacia el personal de salud. Debí solicitar el alta voluntaria, envuelta en un sentimiento de incomodidad y fuera de mí.
No pedimos privilegios ni un trato preferencial; pedimos respeto por la forma en que nuestra mente ve el mundo. Necesito que me miren a los ojos, que me expliquen cada paso con palabras simples antes de tocarme o realizarme cualquier procedimiento, y, sobre todo, que respeten el tiempo para procesar las decisiones sobre mi propio cuerpo.
Gestos tan sencillos como estos son la frontera entre atravesar un parto seguro y respetado o cargar con un parto traumático toda la vida. La salud gineco-obstétrica no puede seguir ignorando a las mentes que funcionan distinto. Merecemos parir en paz, conectando con nuestro cuerpo, tomando nuestras decisiones y, sobre todo, merecemos que nuestra neurodivergencia sea respetada.

