El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Resiliencia, la palabra secuestrada

Por: Patricia Estébanez

OPINION Y LETRITAS 820 x 460 px 600 x 460

Nos lo enseñaron en la escuela, en las facultades y nos lo repitieron en los manuales de autoayuda con ese tono casi místico del crecimiento personal: la resiliencia es la capacidad de adaptarse, recuperarse y salir fortalecido de la adversidad. Viene del latín resilire, que significa volver de un salto, rebotar. Suena hermoso, casi heroico. Sin embargo, la primera vez que esa palabra académica me golpeó en la cara no fue en un aula de psicología, sino en el frío despacho de un departamento de Recursos Humanos con estas palabras: “¿Sabes trabajar bajo presión? ¿Te consideras una persona resiliente?”.

Detrás de la jerga corporativa y las sonrisas ensayadas de los reclutadores, la traducción real de esa pregunta no tiene nada de heroica. Lo que el mercado laboral nos está preguntando, despojándose de toda empatía, es demoledor: lo que realmente quieren saber es si vamos a soportar con buena cara sus abusos, si vamos a acceder a todo y a aceptar la sobrecarga, la precariedad y la falta de recursos bajo la premisa de nuestra supuesta “fortaleza interior”.

El sistema productivo actual ha perpetrado un secuestro intelectual perfecto. Ha tomado un concepto de la psicología clínica y lo ha transformado en un imperativo de productividad. Nos han convencido de que podemos con absolutamente todo, de que parar es de “débiles” y, de que quien sigue arrastrando una mochila de 300 kilos sin quejarse merece una medalla a la “resiliencia”. Bajo este marco perverso, la persona que decide marcar límites, la que dice “no puedo más”, la que decide elegirse a sí misma y a su salud mental por encima de los engranajes de la máquina, es catalogada como frágil.

Está claro, la resiliencia corporativa no es salud; es la anestesia necesaria para que sigamos produciendo en mitad del colapso. Nos exigen adaptarnos a entornos inherentemente hostiles en lugar de exigir que los entornos dejen de serlo.

Este uso del término no se limita a las dinámicas de la oficina. Es un mecanismo de control que se filtra en todas las violencias de nuestra sociedad, como ocurre de forma flagrante en la violencia de género. Hablamos de la “resiliencia” de las mujeres supervivientes de agresiones machistas como si tuvieran la obligación moral de reconstruirse en silencio, de no sentirse mal, de no quejarse y de seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado. Se romantiza su sufrimiento para no tener que asumir la responsabilidad colectiva de protegerlas. Al exigirles que sean resilientes, el foco de la responsabilidad se desplaza sutilmente: el problema ya no es el agresor ni la falta de recursos del Estado, sino la capacidad de la víctima para “superarlo”.

El sistema se apropia de nuestras herramientas de supervivencia para hacernos aún más vulnerables, más manejables y, sobre todo, menos conscientes de nuestra propia fuerza. Al individualizar el dolor, nos aíslan y nos impiden ver que lo que sucede a nuestro alrededor podemos cambiarlo desde la lucha colectiva. Si tu sufrimiento es un fallo en tu resiliencia personal, la solución propuesta es que tú trabajes más en ti mismo, no que nos organicemos para cambiar las reglas del juego.

Es hora de arrebatarles la palabra. La verdadera resiliencia no consiste en resistir el abuso con una sonrisa congelada mientras nos consumimos por dentro. No consiste en tragar saliva ante un jefe explotador ni en ser una víctima silenciosa y ejemplar. La verdadera resiliencia está en el derecho a parar, en permitirse decir basta y en entender que el dolor no se gestiona de forma individual en una sesión de coaching, sino que se combate a través de la organización. Volver de un salto no es encajar el golpe; es saltar juntos fuera del tablero de un capitalismo que nos está devorando.

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    Trabajadora social de la Universidad de Valladolid, España, con más de diez años de experiencia en intervención social. Especializada en el acompañamiento a mujeres y niñas en contextos de alta vulnerabilidad y violencias.

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