El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“No estoy ni ahí”: el mito de la juventud despolitizada y las calles que lo desmienten

Por: Verónica Aravena Vega

Diseno sin titulo 1

De los jóvenes se dicen dos cosas a la vez y nadie nota que se contradicen. Una: no están ni ahí, no les importa nada, están en otra. La otra: se derechizan, son todos fachos, los chicos se vuelven machistas solos frente a una pantalla. Apáticos o peligrosos según el día y el titular, pero siempre un caso perdido. Da igual cuál de las dos uses: las dos sirven para lo mismo, para cerrar la conversación antes de empezarla. Lo decimos casi con cariño, como si cerrarle el futuro a alguien fuera una manera de cuidarlo. Pero ese desgano tiene autor.

Mark Fisher le puso nombre al aire que respiran estos chicos: la lenta cancelación del futuro. Crecieron en un mundo donde imaginar otra cosa se volvió obsceno, donde la única respuesta sensata a “¿qué quieres ser?” es un encogimiento de hombros. El horizonte se cerró y ellos lo interiorizaron tan bien que desde afuera parece desgano. Esa indiferencia se la enseñamos nosotros: a punta de carreras que no dan trabajo y sueldos que no pagan un arriendo, hasta que esperar algo mejor les pareció una ingenuidad.

Cada tanto, el mundo desmiente la sentencia. El domingo pasado, en Berlín, ganó una mujer que hasta hace unos meses nadie conocía. Elif Eralp apareció primero en las farolas, una cara en un cartel y terminó la noche siendo la fuerza más votada de la ciudad: la primera vez que la izquierda gana Berlín. Die Linke, el partido que muchos daban por muerto, se llevó uno de cada cuatro votos. Entre los jóvenes de 25 a 34 años llegó al 48%. Unos 75.000 que en la elección anterior se habían quedado en casa, esta vez fueron a votar.

Los movilizó el arriendo. Eralp hizo campaña con una palabra pegada a la boca – asequible – y habló de lo único que a los veinte años quita el sueño de verdad: dónde vas a vivir, cuánto de tu sueldo se come una pieza. Los jóvenes que no estaban “ni ahí” estaban esperando, nada más, que alguien les hablara de lo que les duele.

Y no es solo una papeleta en una ciudad alemana. Mientras repetimos que “están en otra”, este otoño media Europa arde con ellos al frente. Francia no para desde septiembre: el 17 de octubre salieron entre medio millón y ochocientas mil personas por todo el país y en el centro había un movimiento estudiantil al que se fueron enganchando los chalecos amarillos, los sindicatos, los campesinos, hasta los jubilados. En España el detonante fue la vivienda; en Italia, Portugal, Albania, Grecia, la misma rabia con otro acento. Son los jóvenes los que tiran del carro de la movilización y el resto se engancha detrás. En una marcha italiana alguien lo resumió en una pancarta: “Se ci togliete il futuro, noi vi blocchiamo il presente”-si nos quitan el futuro, les bloqueamos el presente-.

Sería cómodo detenerse acá y cantar victoria, pero el mismo domingo de Berlín, a unos cientos de kilómetros, la ultraderecha ganó en otra región alemana y buena parte de ese voto también es joven. Dentro del propio Berlín la foto se parte por la mitad: entre los menores de 25, la mitad de las mujeres votó a la izquierda; de los hombres, apenas un tercio. Los jóvenes no son un bloque y hay una grieta que atraviesa a esta generación por dentro.

Que haya chicos yéndose a la ultraderecha es verdad y hay que decirlo sin adornos. El salto tramposo viene después: de unos cuantos a todos, de una tendencia a un destino, como si derechizarse fuera la ley natural de esta época. Y la sentencia tiene un punto ciego: para que “los jóvenes se derechizan” suene a ley hay que borrar a las mujeres jóvenes, que son justo el bloque más a la izquierda. La mitad de la generación desaparece para que la frase cuadre.

El marco de la apatía hace lo mismo: aplana la grieta. Mete a todos en la misma bolsa -“no están ni ahí”-y se ahorra la única pregunta que importa: ¿quién se está yendo hacia dónde y por qué? Dar por perdida a una generación entera ahorra trabajo, porque al que ya está perdido no hay que ofrecerle nada.

Y conviene. A la derecha le sirve el joven resignado, convencido de que da lo mismo lo que haga; un futuro cancelado no vota contra nadie. Pero también le sirve a cierta izquierda cansada y a un mundo adulto entero, poder lamentar a los jóvenes en lugar de organizarlos. Sale más barato suspirar “no les importa nada” que preguntarse por qué no les damos ningún motivo material para que les importe. El lamento es un descanso: uno queda absuelto y el problema son ellos, su teléfono, su cristal.

Baruch Spinoza escribió que la tristeza es el paso a una potencia menor, la sensación de que uno puede menos y que casi nunca es un rasgo del alma: se produce, viene de afuera. El “no estoy ni ahí” es eso, una tristeza fabricada que después llamamos carácter. La alegría, decía, es el movimiento inverso, el paso a poder más y se multiplica cuando es con otros. Lo de Berlín, lo de París, es eso mismo: gente descubriendo, junta, que podía más de lo que le habían dicho, una potencia que estaba tapada y encontró por dónde salir.

A nosotros estos veredictos deberían darnos risa. Fuimos el país donde un octubre entero de cabros de dieciséis años saltando torniquetes le cambió la cara al Estado, el país que puso en La Moneda al presidente más joven de su historia. Y sin embargo aquí también se escucha, con la misma liviandad, que la juventud “no está ni ahí”. Lo que vino después de aquel octubre cuesta más de nombrar: la desilusión del que sí estuvo ahí, apostó y vio cómo la cosa se desinflaba. Pero medir aquel estallido por cómo terminó, o al presidente más joven por lo que no cumplió, es la vara equivocada: se les exige un resultado para después pasarles la cuenta. La ganada estaba en salir, en romper la certeza de que nada se podía mover; lo que viniera después era otra historia y de otros. Y aun así, este año, con Kast en La Moneda y la tijera sobre la educación, los que volvieron a llenar las calles fueron otra vez los estudiantes y en octubre encabezaron la mayor movilización contra su gobierno. Nadie se quema así por algo que no le importa.

A esta generación le dijeron que no esperara nada y terminó siendo la única que todavía sale a exigirlo todo. Son los poderosos los que necesitan convencernos de que afuera no pasa nada, de que los cabros “no cachan”, de que da igual lo que uno haga: un país echado en el sillón no le estorba a nadie. Pero este año bastaba con asomarse a la Alameda para verlos, mojados por el guanaco, gritando por la educación pública. “No cachan nada”, dicen y son los únicos que todavía defienden algo.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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