Goblin, el artista que interpela al gobierno desde los muros de Valparaíso: “Ellos odian a la gente como uno”
Por: Redacción El Arrebato
El arte urbano, aseguró a El Arrebato, “también es memoria, es identidad, es protesta, es humor, es poesía. Una ciudad también debe tener distintas voces. No puede ser todo gris, todo controlado, todo de un solo color. Y por mucho que quieran controlarlo todo, nunca podrán con la naturaleza misma del ser humano”.

“Para mí, el arte urbano nace de una necesidad de mirar. No necesariamente de mirar lo bello, sino también aquello que muchas veces preferimos no ver: lo que ocurre en la calle, las contradicciones, la rabia o la disconformidad”. Así reflexionó Mauro Goblin sobre los stencils que ha estampado en distintas calles de Valparaíso, donde en los últimos meses ha cuestionado la llegada del gobierno de ultraderecha de José Antonio Kast a La Moneda, la aplicación de recortes a derechos sociales y su gestión en diferentes materias.
Chile no ha sido su único escenario. Según contó a El Arrebato, desde 2010 ha llevado su trabajo a los muros de Berlín, Nueva York, París, Marsella, Barcelona, España y Londres, entre otras ciudades, donde asegura ha logrado tener “una oportunidad para conocer y aprender, pero también para confrontar mi propia mirada con otras realidades artísticas (…) Desde niño siempre tuve ganas de viajar, conocer otras ciudades, culturas y personas. Y cuando he tenido la posibilidad de viajar, trato de llevar mi arte conmigo”.


Contó que creció en los años 80 en un Chile marcado por la dictadura de Augusto Pinochet. Y aunque era un niño, las pintadas y murales en las calles lo marcaron profundamente. “En mi casa no se hablaba mucho de lo que estaba pasando a nivel político social. En cierta forma me querían ocultar lo que estaba pasando ahí afuera, pero había algo que no me podían ocultar y eso eran las paredes del barrio, las paredes hablaban y yo las escuchaba. Como niño, fui armando mi propio puzzle a través de los rayados, las consignas y las imágenes que veía en la calle. De alguna manera, los muros fueron mi primer periódico, mi primera forma de entender lo que estaba pasando”, aseguró.

Cuando interviene un muro, detalla, “no se trata solamente de pintar; me interesa dejar una idea, una pregunta o una crítica directa a quienes nos gobiernan. Sobre todo, a este gobierno de ultraderecha, ya que representa todo en lo que no estoy de acuerdo. Ellos odian a la gente como uno. Y por eso también me interesa tanto el stencil: porque es una herramienta directa y muy ligada a la calle. Para mí es una forma de decir: ‘esto está pasando, yo lo estoy viendo y no quiero hacer como que no existe’. Porque las paredes hablan, y a veces también nos toca hablar a través de ellas”.

LEGISLAR CONTRA EL ARTE CALLEJERO
Durante su primera Cuenta Pública, el Gobierno anunció un proyecto para crear un Registro de Vándalos e Incivilidades, dejando sin beneficios del Estado a personas que cometan diferentes acciones, entre ellas los rayados en la vía pública. Diversos artistas cuestionaron la medida, apuntando a una eventual criminalización del arte urbano.


Consultado al respecto, Goblin insistió en que “el arte urbano siempre ha estado un poco en esa frontera, ¿no? Como entre lo permitido y lo no permitido. Siempre ha sido bastante criminalizado y, de alguna manera, uno aprende a convivir con ese riesgo”.
En este sentido, planteó que “cuando uno pinta en la calle debe tener un poco ese ‘modo ninja’, de pasar desapercibido, mezclarse con la ciudad, saber dónde estás y cuándo puedes o no intervenir. Eso es parte de la cultura del arte urbano. Creo que, en un gobierno de ultraderecha, a diferencia de otros, existe una clara tendencia a querer ordenar y uniformar el espacio público, y muchas veces el arte urbano aparece como una molestia visual antes que una manifestación cultural. Se olvidan o no les importa que detrás de un muro intervenido hay un artista, una mirada o una vivencia que necesita ser expresada”, replicó.
Para el artista, el arte urbano “también es memoria, es identidad, es protesta, es humor, es poesía. Una ciudad también debe tener distintas voces. No puede ser todo gris, todo controlado, todo de un solo color. Y por mucho que quieran controlarlo todo, nunca podrán con la naturaleza misma del ser humano”, concluyó.

