El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

A siete años del estallido: hacerlo gratis, eso que el poder sigue sin comprender

Por: Jimena Améstica

dignidad
Mural de Ecos durante el estallido social de 2019

El Mercurio publicó este domingo que la “Fiscalía indaga si hubo financiamiento a grupos el 18-0”. Semanas atrás, el mismo embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, dijo que su país tenía antecedentes de inteligencia de que las protestas del estallido social de 2019 fueron organizadas por grupos de “ideología de izquierda”. Sin embargo, tras pedirle antecedentes retrocedió: “la Embajada de Estados Unidos no tiene ninguna investigación (o) documento que hable sobre el estallido en 2019”. Años atrás, el mismo expresidente Sebastián Piñera acusó que las protestas, fueron en realidad “un golpe de Estado para debilitar las bases mismas de la democracia y usaron brutalmente la violencia”.

La idea de una organización detrás del estallido ha sido un relato sostenido por la derecha, y los medios de comunicación se han mostrado abiertos a amplificar el discurso. Cada cual desde su posición ha negado los estudios científicos sobre los nuevos movimientos sociales y su principal característica: no estar identificados con partidos políticos específicos. Los mismos políticos de izquierda se resistieron a comprenderlo y no dudaron en subirse al carro al ver el vuelo de cada una de las manifestaciones. Muchos recordarán al entonces diputado Gabriel Boric siendo bañado en cerveza, o al ex alcalde de Recoleta, Daniel Jadue siendo expulsado de una concentración en las inmediaciones de Plaza Baquedano a punta de insultos y objetos voladores no identificados.

Aun así, la idea de un financiamiento se resiste a morir en el pensamiento de ciertas cúpulas. ¿Cuánto me pagaron por salir a marchar? ¿Y a ti, cuánto te pagaron? A mí, nada. Y estoy segura de que a ti tampoco. Sea propaganda para continuar negando el nivel del descontento social, o una versión que de verdad creen y defienden, el poder se resiste a comprender que detrás de ciertos actos humanos no existe una razón espuria. Que no todo es “quieren dinero”, aunque se enoje Jorge González. Aunque sea contradictorio, no todo es plata cuando el centro de la preocupación y la participación es conseguir una base mínima de subsistencia.

¿Cómo le explicamos eso a la derecha, un sector que desde entonces ha insistido en esta premisa, cuando fueron sus propios representantes quienes llevaron a un grupo de mujeres para simular que eran adherentes del presidente Sebastián Piñera durante su cuenta pública del 21 de mayo de 2012? ¿A cambio de qué? “Jugo, unas galletas y un Chocman para todo el día”, dijo una de las afectadas, quien insistió en que les habían prometido un paseo a la playa, no convertirse en material de propaganda política por un día.

Cómo le explicamos al poder que aunque tengamos problemas económicos, de pobreza y endeudamiento, salimos con monedas en los bolsillos y compramos en el metro y en la micro curitas que no necesitamos y dulces que no se nos antojan. Sabemos que el individualismo crece, porque las condiciones de vida y de seguridad son cada vez más complejas, pero todas y todos rompemos a diario, de una forma u otra, ese comportamiento con micro acciones, aunque se reduzcan a nuestros conocidos, aunque solo se queden en nuestras casas.

Rebecca Solnit escribió que “normalmente, las acciones más terribles son las de quienes creen que los demás van a comportarse despiadadamente y que deben protegerse de la barbarie ajena”. La autora estudió el comportamiento de las personas después de ser afectadas por una tragedia, como fue el huracán Katrina en Nueva Orleans durante 2005. A través de una indagatoria histórica, revisión de archivos y crónicas de supervivientes, comprobó que mientras la televisión y el gobierno centraban el foco y sus medidas en prevenir saqueos y pillaje; la realidad mostró que las personas afectadas estaban más preocupadas por el destino de sus vecinos, por intentar levantar sus comunidades en conjunto y cooperación:

“Cuando la normalidad se resquebraja y las rutinas del sistema se hacen añicos, la gente da un paso al frente —no toda, pero sí la gran mayoría— para hacerse guardián de su hermano. Y en esa determinación y en los lazos tendidos hacia los demás surge una forma de alegría, incluso en medio de la muerte, del caos, del miedo, de tanta pérdida. Si fuéramos conscientes de ello, si de verdad lo asumiéramos, nuestra noción sobre lo que es posible en cualquier momento sería distinta”, escribió.

A siete años del estallido social la sensación es de un tedio generalizado. Pocos están dispuestos a volver a poner sus cuerpos en el centro de una capital para esperar ser gaseado por un zorrillo. La sensación de “rabia” y “frustración” fue medida. Según la encuesta Black&White estos dos sentimientos predominan cuando se invita a los entrevistados a pensar en lo que fue ese periodo. Aunque con respecto a la medición del año pasado la “esperanza” aumentó 3,7 puntos en la entrega de esta semana.

Se trata de sentimientos que nacen de haber creído en algo que no llegó a final esperado, de no haber conseguido nada, o incluso, de estar peor que hace siete años. Pero aun así, y lo demuestra la historia comparada, el juego se reseteará y volverá a pasar. Y es que a diferencia de lo que se intenta configurar, la protesta social por derechos no nace por encargo, componente específico incomprensible para ciertas piezas del poder político y económico. Hacer algo por propia voluntad es el fallo en la Matrix.

Mire usted el vecindario de occidente. En las últimas semanas estalló España; en los últimos días lo hicieron Francia, Portugal y Albania. Los levantamientos vuelven, siendo su reconducción y su salida lo que en definitiva termina por definir su futuro: en Chile fue el Acuerdo por la Paz, el posterior fracaso constitucional; y lo que vino ya es historia conocida: decepción. Pero las personas descansamos sobre los días. En algún momento una chispa volverá a encender las calles chilenas como pasó un 18 de octubre de 2019. No será ahora, y seguramente no será de la misma forma, a pesar de los zarpazos del Gobierno de José Antonio Kast a cada derecho dado por consagrado. Seguramente tampoco será en 2030, ni los cuatro años que le sucederán. Pero es el ciclo natural de un país: el malestar social rebalsa como una crisis de ansiedad, sube como la leche hirviendo en el fuego y sorprende a un poder que batalla cada día con esconder los síntomas.

  • Jimena Améstica Zavala

    Periodista de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso y magíster en Comunicación de la Universidad Diego Portales. Fundó El Arrebato y en 2024 se tituló como máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos en la Universidad de Granada, España.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x