El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Pide ayuda, pero no a mí”: sobre la salud mental, el “loquero” y la gente tóxica

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460

Todos hemos recibido alguna vez el mensaje de una amiga que la está pasando mal, o de esa amiga “acontecida” que “siempre” tiene problemas. Y hemos reaccionado, aunque dé vergüenza reconocerlo, con un suspiro: qué lata, me va a arruinar el día. Pensamos que tiene demasiados problemas y que lo más sano sería tomar distancia. Dejamos el mensaje en visto para después. Esa misma tarde compartimos en Instagram una publicación sobre salud mental: “Pide ayuda. No estás solo.” Le ponemos corazón.

Nada nos hace pensar que esas dos cosas se peleen entre sí. Ocurren el mismo día, en el mismo teléfono. Tenemos la salud mental partida en dos: la que decimos que hay que cuidar y la persona de la que nos escondemos. Parte de la grieta es del Estado, que debería responder y no lo hace. Otra parte es nuestra: nos creímos ciertos relatos sobre a quién conviene tener cerca y dejamos de preguntarnos a costa de quién.

En Chile, durante años, ir al psicólogo fue una forma de admitir que algo en uno estaba descompuesto. Iba al “loquero” quien estaba roto, o quien tenía plata de sobra para darse el lujo de “mirarse el ombligo”. “Anda al loquero” era una manera elegante de mandar a alguien a la cresta. La salud mental venía con apellido y con vergüenza y lo decente era aguantar callado. Nos dijimos que eso había quedado atrás, que ahora una generación entera nombra su ansiedad sin bajar la voz.

Pero el estigma sigue ahí, con ropa nueva y ahora habla bonito. El de antes decía que estar mal era de débiles. El bienestar de reel, más astuto, habla del otro y nos enseña que acercarnos a alguien que está mal es un riesgo del que tenemos derecho a protegernos. Tomó prestado el vocabulario entero de la terapia (los límites, lo tóxico) y lo puso a trabajar para lo contrario de lo que una terapia busca. Esta es una época que no soporta el dolor, ni el propio ni el ajeno y que lo trata como una suciedad que se puede evitar con los hábitos correctos. Al que sufre se lo mantiene afuera, como cualquier cosa que ensucie la paz, en vez de curarlo o acompañarlo. Hoy a eso se le dice ser tóxico y la palabra tiene la ventaja de dejar la culpa del lado del que se hunde.

La persona en crisis, esa a la que le rogamos que pida ayuda, es palabra por palabra la gente tóxica de la que nos mandan a arrancar. Es la amiga que nos escribió y que, en el idioma del reel: “nos roba la paz”. Le pedimos que levante la mano y a quien la tiene al lado para tomársela le enseñamos a soltarla a tiempo, con una frase linda de respaldo.

Hay vínculos que enferman es verdad: gente que abusa, relaciones de las que irse es sano y a veces urgente. Nadie tiene que prenderse fuego para darle calor a otro. La línea que separa cuidarse de abandonar casi nunca es nítida desde adentro. Yo he dejado mensajes en visto diciéndome que era por mi bien y hasta hoy no sé si me estaba cuidando o lavándome las manos. El bienestar de reel es seductor justo por eso: llega con la duda ya resuelta y nos ahorra la pregunta. Donde había algo que valía la pena sostener sin respuesta, deja una palabra que lo cierra.

Muchas veces uno se aleja porque llega vaciado, sin nada que repartir. Acompañar cuesta tiempo y aguante y vivimos agotados, con el cuidado vuelto un lujo. El bienestar de reel funciona porque nombra algo verdadero: ya no nos queda nada. Y como ese cansancio es real, el discurso puede disfrazar de autocuidado el racionamiento de lo poco que tenemos y ya hay quien hace negocio con ese vacío.

La publicación de Instagram a veces es pura pose. En ella la salud mental es un sustantivo y como sustantivo nos encanta: nos deja del lado correcto y al día. Encarnada en alguien concreto es otra cosa: la amiga insoportable de este mes, el hermano que otra vez no apareció. Cuesta noches y la renuncia a esa paz impecable que nos prometieron si aprendíamos a cerrar la puerta a tiempo. La celebramos mientras no tenga cara ni nombre.

La prevención se achica hasta caber en un imperativo dirigido al que peor está: pide ayuda. Como si el que se está hundiendo tuviera, encima, que juntar la lucidez y las fuerzas para alzar la mano y buscar a alguien. Le pasamos la pega entera al que menos puede con ella. Cuando por fin la pide, del otro lado debería haber algo más que una amiga agotada: un sistema público que responda. Este año, el gobierno de Kast redujo en torno a un 2,5% el presupuesto de salud pública y su Ministerio de Hacienda pidió descontinuar, entre otros, los programas de salud mental y de prevención del suicidio de la atención primaria. El Ministerio de Salud asegura que no hay nada decidido. Le pedimos a la gente que pida ayuda mientras en Hacienda se discute cerrar la ventanilla donde esa ayuda se daba.

Detrás de las cifras que nos espantan una vez al año en los diarios y que nos hacen compartir otra publicación, hay también muchos mensajes que alguien dejó en visto. Queda la amiga que escribió y no recibió respuesta. Hizo exactamente lo que le pedimos: pidió ayuda. Lo único que faltó fue que, de este lado, nadie apartara la vista.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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