Donde bailan las ratas (primera parte)
Por Víctor Virtuoso

Era 1926 cuando se construyó “La Finca del Conde Amadeo”, la más antigua y misteriosa de mi ciudad. Situada al interior de Valencia, estaba destinada en su origen para el cultivo y la producción vinícola, fue durante mucho tiempo el mayor distribuidor de los vinos que llegaban en tren desde Barcelona. Casi cien años después, llevando más de treinta abandonada, se convertiría en mi segunda casa y en la de otros tres amigos.
Majestuosa e imponente. Su mera contemplación atraía de alguna forma magnética a cierto tipo de gente, a ciertas personalidades, como si esta misma estructura hiciera una criba de quien sí y quién no quería que pisará sus viejos adoquines. Desprendía historias, historias que fueron reales, y otras que sólo la imaginación de un niño podía concebir.
Con mis amigos compartíamos la atracción por lo oscuro, ruinoso y antiguo. Era como si encontráramos una simbiosis entre nuestra vida y la estructura de la casa: maloliente y rota, pero resistiendo para no venirse abajo. Y es que, estábamos hastiados de la misma mierda insípida del día a día, fumábamos yerba, tomábamos cerveza y vino, alterando nuestra consciencia para evadir la realidad insoportable.
La casa estaba algo alejada del centro de la ciudad, en la periferia como a unos veinte minutos a pie, rodeada de pinos infectados por gusanos y por un condominio de cuicos que en el futuro serían los responsables del fin de nuestra ocupación. Era gigantesca, con tres plantas además del entretecho y de un color amarillento, mezclado con negro por el deterioro y la suciedad. Las marcas de la lluvia le dibujaban formas fantasmales.

La puerta principal estaba tapiada, igual que las ventanas. Lo mismo con el acceso desde el exterior a la segunda planta a través de una escalera imperial. Supongo que tratando de evitar que indeseables como nosotros se colaran. En el límite de la propiedad había un establo, ahí empezaría nuestra historia: cruzando una puerta sin puerta que estaba a unos cuatro metros de altura. La alcanzamos disponiendo un pila de pallets como escalera y una vez arriba atamos una cuerda a una viga para facilitar la entrada. Esa puerta sería trascendental en el futuro.
Las horas del día que no estábamos allí las dedicábamos a pintar muros, robar priva en los comercios de los moles (malls), y de vez en cuando lidiar con los cerdos de los pacos. Éramos gamberros. Gamberros, inmaduros y soñadores. Escuchábamos Eskorbuto, La Polla, Los Muertos de Cristo, Piperrak y un largo ETC. Hablábamos de escritos, de conflictos armados, de anarquistas, de los Maquis, de tiranos, de Franco, de heridas, del odio hacia la autoridad, de nuestros encontronazos con los nazis del barrio, de nuestros sueños y de un sinfín de memeces absurdas. Nos sentíamos parias, inadaptados y marginados, pero también orgullosos de esa condición.
Nuestro pasatiempo preferido, sin dudarlo, era encapucharnos, cubrirnos el rostro y salir a quebrar los vidrios de los autos más lujosos de la ciudad pegando golpes con un martillo de emergencia recuperado de una micro de la gran ciudad. Muy efectivo.
Destruir algo material de los estómagos mejor alimentados nos reconfortaba. Por buscarle algún sentido, llegamos a la barata excusa de que así, el taller del padre de mi amigo Pedro tendría más trabajo. Su casa tenía una orden de desahucio. La desesperación y la impotencia que lloraba esa casa eran lágrimas de sangre envenenada que de buen gusto habría obligado a beber al juez, al banquero y a los pacos de mierda que amenazaban con dejarlos en la más absoluta miseria. Al final,era un gesto hacia un amigo, una forma decirle : “¡Eyy! Aunque no nos cuentes nada, sabemos lo que pasa y estamos contigo”. Más adelante te hablaré sobre Pedro.
Las noches en la finca las recuerdo con una ternura que jamás creo vuelva a sentir. Por lo menos no de ese tipo. Después de las andadas nos refugiábamos en ella y compartíamos el botín. Entre risas, cervezas y marihuana, comentábamos los imprevistos más divertidos de la noche.
Mi parte favorita de la casa era la bodega. La entrada tenía una reja que simulaba (por lo menos en nuestra imaginación) una oscura y vieja cárcel. Tenía ocho tinajas de dos metros de profundidad, sin duda, un lugar práctico y muy oscuro para encerrar a alguien. En la segunda planta, había un pasillo larguísimo con tres piezas a cada lado y un ventanal enorme al fondo con una vidriera típica de las catedrales góticas.
Las habitaciones estaban en un estado crítico, algunas apuntaladas con piquetes y otra más grande con un boquete en el suelo desde donde se podía ver sin ningún problema el living de la primera planta. Había cachureos y antiguallas por todas partes. De las paredes humedecidas todavía colgaban retratos e ilustraciones religiosas bastante siniestras. Para mí, era pura fantasía perderme solo entre sus muros y revisar con entusiasmo cada reliquia que encontraba.

Veinte años después, y escribiendo estos recuerdos, he de confesaros que hace menos de dos semanas volví. Motivado por la aparición del amor y de compartir historias de nuestra vida con ella, recordé la mansión como ese sucio cajón lleno de polvo al que se vuelve por buenos momentos. Motivado por toda esa efervescencia de enamorado, reboté la vaya evadiendo la mirada de los vecinos. El aterrizaje fue como una estocada en el menisco izquierdo. Atravesé la maleza corriendo, y con el corazón a punto de estallar me lancé al suelo contra la puerta principal buscando un punto ciego. Lo encontré.
Fatigado y excitado a la vez, esperé un par de minutos a que mi pulso volviera a la normalidad. Esa adrenalina fue de lo más auténtico que sentí en muchísimo tiempo. Ahí mismo saqué unos pedazos de pizza recalentada de la mochila, una cerveza, y almorcé entre nuevos recuerdos que me asaltaban de manera caótica y desordenada. Con el ritmo cardíaco estabilizado y saciado mi apetito me dispuse a entrar.
Caminé hacia la famosa “no puerta” de cuatro metros de la parte trasera. Fue decepcionante descubrir que está también había sido tapiada. Desalentado, rodeé todo el terreno buscando alguna manera de entrar. El día estaba horrible, se venía la noche, comenzó a chispear y se levantó un viento de mil demonios. Detesto el viento.
Cuando la euforia del allanamiento abandonaba mi cuerpo, el golpe de un sonido acelerado entre unos arbustos me estrujó los pulmones. Quedé petrificado. No me avergüenza reconocer lo oxidado que estaba. Pero bueno, el paseante no era más que un gato, un gato que probablemente se lanzaría a rebanarle el cuello a alguna de tantas nobles ratas que vivían allí. Seguí los pasos del malnacido durante unos segundos después de mi jamacuco. Y como quien te revela las verdades del universo, ese escuálido y desnutrido felino me mostró cómo entrar en la mansión de un modo casi cinematográfico. Lo seguí hasta detrás de unas ramas enormes donde había una pequeña ventanita, no más grande que un pack de veinticuatro cervezas.
Estaba cubierta por una chapa de acero. Rebusqué a mi alrededor y con un fierro oxidado la doblé lo suficiente para meter los dos hombros; no sin hacerme un pequeño corte en la palma de la mano que sangraba aparatosamente. Con dificultad, arrastré también mi escuálido y largo cuerpo a través del agujero, y como si no hubieran pasado dos décadas, mis pies volvieron a sentir aquel húmedo y polvoriento suelo.