Eso del “trastorno evitativo” y el “apego ansioso”: las redes sociales y el negocio perfecto de autodiagnosticarse

Por Patricia Estébanez, Trabajadora Social de la Universidad de Valladolid, España
Últimamente, navegar por redes sociales es como caminar por un pabellón psiquiátrico digital. Mi feed está inundado de manuales rápidos para lidiar con el “trastorno evitativo”, el “apego ansioso” y otros cientos de etiquetas clínicas lanzadas al aire.
Resulta inquietante la ligereza con la que se monetiza la salud mental, pero es aún más perverso el fenómeno que subyace: la democratización del diagnóstico amateur. Y es que estamos otorgando a la población general —que poco o nada comprende los abismos de la psique humana— el poder de etiquetarlo todo. Peor aún, les damos permiso para autodiagnosticarse o, en un ejercicio de soberbia diagnóstica, para ponerle nombre a las carencias del vecino.
Lo más alarmante es que este arsenal psicologizante se aplica casi exclusivamente al ámbito de las relaciones de pareja. ¿De verdad tenemos que validar o incluso romantizar que alguien sea incapaz de ser emocionalmente responsable bajo el paraguas de un “apego evitativo”? ¿Debemos justificar que alguien exija disponibilidad absoluta las 24 horas apelando a su “ansiedad”?
En medio de este ruido, me asaltan vídeos con el eterno victimismo: “Si quiero hacer planes, me llaman intenso”; “si contesto rápido, soy intenso”. Me pregunto entonces: ¿qué demonios es la “intensidad” y bajo qué escala se mide? Así, comienzo a sospechar que mantenernos ocupados en este glosario de términos pseudoclínicos no es más que una estrategia para profundizar la individualización y normalizar los vínculos tóxicos.
Monetizar la idea de que no sabemos relacionarnos es el negocio perfecto. Se crea un nicho de mercado, se vende la herida y luego se subasta la supuesta cura. Al final, quizá el problema no es que estemos todos “rotos”, sino que nos urge ponerle nombres complejos a dinámicas muy simples: detrás de tanto tecnicismo de TikTok, lo que realmente hay son roles de género tradicionales y un modelo de consumo afectivo perfectamente funcional al sistema capitalista y patriarcal.
Por eso, necesitamos abogar por menos etiquetas y más responsabilidad; por menos diagnóstico de red social y más honestidad humana.


