El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Amiga, ¿cuándo nos vemos? La crisis silenciosa de la amistad

sub buzz 5806 1495451007 4

Por Verónica Aravena Vega

Recuerdo tardes enteras que parecían no terminar nunca. Con los primeros discos a todo volumen, bajando canciones en Ares, mirando películas que alguien había copiado, caminando por la plaza mientras nos fijábamos en los chicos que nos gustaban. Organizábamos movidas que nuestros padres jamás descubrirían, íbamos a las primeras fiestas con miedo y adrenalina, y nos reíamos como pocas veces lo hago ahora. Nos perdíamos constantemente entre risas y conversaciones interminables, y nadie nos decía “apúrense” porque nadie podía apresurar la manera en que éramos felices.

Cuando pienso en esos momentos, me da nostalgia, un deseo de ese tiempo donde estar juntxs era un acto sin agendas, sin justificativos, solo nosotras, ellos, y el aire lleno de posibilidades. Y pienso que quizá eso era lo más subversivo que hacíamos: existir sin pedir permiso, vivir sin medirnos por resultados, tocar el mundo y dejar que nos tocara. Hoy, en cambio, la vida parece hecha de encuentros calculados, de palabras que informan más que tocan, de ritos de amistad encapsulados en mensajes y agendas. Es como si nos hubieran enseñado a narrar la vida en vez de vivirla, y de repente esos días infinitos me duelen no solo por lo que fueron, sino por lo que hemos perdido: la capacidad de estar presentes, de arriesgarnos, de hacer del tiempo compartido algo irrepetible.

Ya no compartimos experiencias con nuestros amigos/as; solo nos encontramos para contarnos la vida, como si lo importante fuera narrar nuestras existencias y no vivirlas. Esta frase —tan sencilla y tan brutal— condensa una transformación profunda de nuestra vida relacional: nos vemos menos, nos tocamos menos, y cuando lo hacemos, parece más un trámite que una vivencia. No es una impresión aislada ni una queja íntima: los datos muestran que algo está cambiando en cómo, con quién y con qué intensidad nos conectamos con otras personas.

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) indica que, en promedio, el 67% de las personas en países de la OCDE interactuó con amigos o familiares al menos a diario la semana previa a la encuesta, pero solo alrededor del 11% se encontró cara a cara con amigos todos los días en un año típico. En paralelo, el contacto remoto —mensajes, redes, llamadas— se ha triplicado en frecuencia. Esto refleja una tendencia que viene de largo: desde 2006, las interacciones presenciales han caído mientras que las digitales aumentan.

Ocho de cada cien personas en varios países europeos reportan no tener amigos cercanos, y entre el 3% y el 11% de la población en 25 países de la OCDE se sintió sola “la mayor parte del tiempo” en las últimas cuatro semanas. Estas cifras no son anecdóticas: evidencian una transformación estructural que vincula el modo en que vivimos nuestra vida social con cómo organizamos nuestras economías, nuestros trabajos y nuestros sentidos de valor.

Si miramos a Chile, la reflexión se vuelve más dolorosa. En la undécima ronda del Termómetro de Salud Mental, alrededor del 19% de los chilenos dice sentirse aislado o con falta de compañía, cifra que ha aumentado en los últimos años. Las mujeres reportan niveles de soledad más altos (21,4%) que los hombres (14,4%), y los adultos de entre 30 y 39 años son especialmente vulnerables. Estos sentimientos no ocurren en un vacío: vienen acompañados de niveles preocupantes de ansiedad y depresión que afectan a buena parte de la población y parecen asociados a la baja percepción de apoyo social y de confianza interpersonal.

Estas estadísticas no son solo números: son evidencia de una ruptura del tejido social, una desconexión que no puede reducirse a cuestiones individuales. No se trata de “gente que no sabe socializar”, sino de una configuración social donde nuestras economías personales y políticas de vida han subordinado la amistad a la lógica del rendimiento, del uso eficiente del tiempo y de la productividad permanente.

La lógica del capitalismo neoliberal ha arrinconado la amistad en el rincón de lo “no esencial”: compartir un café con un amigo se ha vuelto casi una hazaña que hay que reservar, justificar y poner en el calendario. Planificar encuentros con semanas de anticipación, decir “tenemos que vernos más seguido” sin hacerlo, encapsula una economía del tiempo en la que cada momento que no se justifica por un propósito productivo es marginal. El sociólogo Robert D. Putnam ya advertía sobre esto en Bowling Alone: el declive del “capital social” —esa red de asociaciones y encuentros que cohesionaban a las comunidades— debilita tanto la vida social como la capacidad de acción colectiva. Cuando la conversación diaria sin agenda se desmorona, nos quedamos con relatos fragmentarios de encuentros, no con experiencias compartidas que fortalecen la vida común.

Ese declive del capital social tiene consecuencias más allá de lo íntimo. Vivimos en sociedades donde la política, en su sentido más amplio, se construye en la proximidad entre personas: política es encontrarse con otros como seres que comparten intereses, dolores, esperanzas y problemas. Cuando la amistad se vacía de presencia real, cuando la vida relacional se vuelve un “ponerse al día”, la política también queda en suspenso. Ya no hay comunidades vivas que se reúnan para transformar lo común; hay individuos aislados narrando sus historias sin responder a las historias de otros.

Este aislamiento estructural también repercute en nuestra psique. La conexión humana no es un lujo emocional: es un factor protector para la salud mental. La sensación de pertenencia, poder conversar sin guiones, reconocer al otro como un ser completo —no solo como una pantalla o un contacto remoto— influye directamente en nuestro bienestar. La soledad no deseada está vinculada a mayores tasas de ansiedad, depresión e incluso riesgos físicos en distintos grupos etarios. No se trata solo de sentirse “solo”, sino de que la experiencia de solitud puede afectar la salud y la participación en la vida colectiva.

Y aun así, el neoliberalismo nos persuadió de que la solución está en las habilidades blandas, en esforzarnos individualmente por tener más amigos o en gestionar mejor nuestro tiempo. Pero eso no confronta la causa estructural: la sociedad mercantiliza cada relación, cada espacio de la vida común, y nos deja atomizados, responsabilizándonos como individuos por un problema que es, en gran parte, social. Esto se ve incluso en dispositivos que se venden como soluciones para la soledad: aplicaciones de amigos, chatbots emocionales o plataformas de encuentros aparecen como respuesta al “mercado de la soledad”, una industria que florece porque la sociedad no provee redes de apoyo genuinas y sostenibles.

Esta fractura entre la necesidad humana de conexión y las condiciones estructurales que dificultan sostenerla tiene también un perfil generacional: los jóvenes tienden a reportar peores indicadores de conexión social y mayores tasas de soledad, a pesar de las redes tecnológicas que supuestamente los conectan. El contacto digital no reemplaza la experiencia cara a cara y puede profundizar la sensación de aislamiento cuando se convierte en sustituto y no en complemento de experiencias compartidas.

Pero la amistad sigue siendo una fuerza subversiva —y lo es de maneras muy concretas. Cuando nos encontramos sin agenda, algo pequeño pero real ocurre: dejamos de ser productores de rendimiento para volvernos presencias que se sostienen mutuamente. Cuando reímos con alguien que nos importa sin pensar en la próxima tarea, cuando escuchamos de verdad en vez de preparar nuestra respuesta, cuando compartimos silencio sin incomodidad, estamos practicando una forma de vida que el mercado no puede medir ni vender. Una amistad vivida en presente —que no se mide en eficiencia, que atraviesa diferencias, que sostiene dolor y esperanza— es el embrión de algo más grande: la comunidad, la política en su sentido más hondo, la capacidad de actuar juntos sobre lo que nos daña.

La crisis de la amistad no se resuelve mediante técnicas de productividad ni consejos individuales de autoayuda. Se resuelve cuando las políticas públicas y las estructuras sociales reconocen que la sociabilidad humana es un bien público, no un accesorio. Cuando los espacios de encuentro reales —plazas, centros comunitarios, lugares de reunión— se defienden y sostienen, cuando las economías dejan de devorar cada minuto de nuestra vida para rentabilizarlo, podremos dejar de ser individuos aislados y volver a ser seres con vínculos vivos.

Mientras tanto, cada vez que nos vemos sin justificación, cada vez que el encuentro no sirve para nada más que estar, hacemos algo que el sistema no esperaba de nosotros: le devolvemos a la vida su propio peso. No nos contamos la vida. La vivimos.

Black White Monochome Minimalist Creative Portfolio Presentation
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x