Parejas sustitutas en Israel: la jerarquía del dolor

Por Verónica Aravena Vega
Hay violencias que no terminan cuando cesa el ruido. Se quedan adheridas al cuerpo como un eco persistente, una vibración que altera el sueño, la forma de tocar, la manera de habitar la propia piel. En Israel, tras el genocidio perpetuado sobre Gaza, el país se ha narrado a sí mismo como una sociedad traumatizada. Soldados, reservistas, familias enteras atravesadas por el miedo, la pérdida, la incertidumbre. El trauma se volvió palabra central, casi una identidad compartida. No solo como diagnóstico médico, sino como narrativa de la nación: el dolor colectivo se convierte en argumento, en explicación de la violencia y en justificación de políticas.
Ese trauma no se dejó en el terreno de lo abstracto. Se tradujo en programas, terapias, protocolos, tecnologías. Se convirtió en una prioridad nacional, en un problema a gestionar, en algo que debía ser tratado con urgencia y sofisticación. Y en medio de ese despliegue apareció una práctica que incomoda por su cercanía, por su carga simbólica y por lo que revela: las parejas sustitutas. Personas contratadas para acompañar sexual y emocionalmente a soldados heridos. Para enseñarles a volver a tocar, a confiar, a sentir placer. Para reconstruir una intimidad fracturada por la participación directa en la violencia. No se trata de prostitución, dicen quienes la defienden, sino de terapia. Un método clínico, regulado, orientado a devolverle al cuerpo su funcionalidad afectiva. Un cuidado extremo, casi quirúrgico, aplicado a la zona más vulnerable del ser humano.
La escena es difícil de procesar sin detenerse. Un soldado que regresa de la ocupación, con el cuerpo mutilado o la mente fragmentada, aprende de nuevo a habitar su deseo. A ser tocado sin sobresaltarse. A reconocerse digno de intimidad. En ese espacio cerrado, controlado, la destrucción parece lejana. Allí no hay escombros ni sirenas, solo cuerpos que intentan recomponerse. Cada gesto, cada roce, es una reconstrucción de la confianza básica que la guerra había destruido. Cada sesión se convierte en un acto de memoria corporal, un intento de reescribir lo que la violencia borró.
Pero toda escena íntima es también política, incluso cuando pretende no serlo. La expansión de estas terapias no ocurre en el vacío. Forma parte de una lógica más amplia: la construcción de un trauma nacional tratado como un problema técnico, individual, clínico. El sufrimiento se localiza en el cuerpo del soldado, en su sistema nervioso, en su memoria, en su sexualidad. Se lo separa cuidadosamente del contexto que lo produjo. La violencia estructural queda afuera, como un ruido de fondo. El daño se medicaliza, se convierte en síntoma personal, no en consecuencia de un sistema o una política de ocupación.
En ese marco, las parejas sustitutas funcionan como el punto más visible —y más perturbador— de una atención selectiva del dolor. Porque mientras algunos cuerpos reciben cuidados minuciosos, otros quedan fuera de cualquier posibilidad de reparación. Mientras se invierten recursos, tiempo y sensibilidad en restaurar la intimidad de quienes participaron en la maquinaria de destrucción, hay poblaciones enteras cuya experiencia de trauma no entra en ningún programa. Ni siquiera existe un lenguaje que nombre su dolor como digno de tratamiento; se vuelve invisible o estadística.
El trauma, así, se jerarquiza. No se trata de negar el sufrimiento de los soldados. Nadie atraviesa la violencia sin quedar marcado. Pero la pregunta que se impone es otra: ¿qué significa curar sin mirar lo que se ha causado? ¿Qué tipo de sanación es posible cuando el origen del daño permanece intacto, cuando la violencia continúa, cuando no hay un “después” para quienes la padecen del otro lado? Curar aquí equivale a restaurar cuerpos seleccionados mientras se perpetúa un ecosistema de daño para otros.
La narrativa del trauma nacional permite hablar de dolor sin hablar de responsabilidad. Permite mostrar vulnerabilidad sin cuestionar la estructura que la produce. El lenguaje terapéutico suaviza la destrucción, la vuelve una experiencia emocional antes que un hecho político. En ese proceso, la atención se concentra en los propios, y el sufrimiento ajeno se diluye, se abstrae, se vuelve paisaje, como si existieran fronteras invisibles entre quienes merecen cuidado y quienes deben soportar el peso de la violencia.
Las parejas sustitutas condensan esa lógica con una crudeza difícil de ignorar. Porque ahí donde el Estado no llega con justicia ni con reparación colectiva, sí llega con cuerpos disponibles para restaurar el deseo. La intimidad se convierte en un servicio, en una herramienta de reintegración, en un lujo terapéutico. Un privilegio reservado a quienes importan dentro del relato nacional. Y esto plantea un dilema ético que va más allá de la psicología o la sexualidad: ¿qué valor tiene la reparación individual si no viene acompañada de un reconocimiento del daño infligido a otros?
Mientras tanto, hay territorios donde la idea misma de “postrauma” resulta casi obscena. Donde la violencia no es un recuerdo, sino una condición permanente. Donde no hay tiempo para procesar, porque el daño no ha terminado. Allí, la salud mental no es una industria ni una prioridad; es una urgencia imposible de atender. No existen protocolos, clínicas especializadas, ni parejas sustitutas. Existe solo el desgaste continuo del miedo, la pérdida y la desesperanza.
La diferencia no es solo de recursos. Es de mirada. De quién es considerado sujeto de cuidado y quién queda reducido a cifra, a daño colateral, a silencio. Esa jerarquía del dolor define qué historias de sufrimiento se narran y cuáles se esconden, qué cuerpos se reconstruyen y cuáles se abandonan.
En Israel, el trauma se ha convertido también en un campo de innovación. Se exportan métodos, se desarrollan tecnologías, se perfeccionan técnicas. El país se presenta como un laboratorio de la salud mental contemporánea, capaz de ofrecer soluciones avanzadas a los efectos de la violencia prolongada. En ese escaparate, las parejas sustitutas ocupan un lugar ambiguo: son al mismo tiempo prueba de sensibilidad y síntoma de desconexión.
Porque hay algo profundamente moderno —y profundamente inquietante— en la idea de que la intimidad pueda ser programada, gestionada, financiada. Que el contacto humano se convierta en un protocolo. Que el deseo sea tratado como una función que puede repararse sin interrogar el contexto que lo destruyó. La sofisticación clínica oculta la crudeza política: se atiende el síntoma sin tocar la causa.
El soldado sale de la clínica con un cuerpo más habitable. Con menos miedo al contacto. Con una sensación de normalidad recuperada. Pero afuera, la violencia continúa. Y quienes no tienen acceso a esa normalidad siguen viviendo en cuerpos atravesados por el terror, sin sustitutas, sin terapia, sin descanso. La paradoja es que el cuidado extremo de unos contrasta con la indiferencia absoluta hacia otros.
La pregunta no es si estas prácticas ayudan a quienes las reciben. Seguramente lo hacen. La pregunta es qué revelan sobre la forma en que una sociedad decide a quién cuidar. Qué dice de un país que invierte en restaurar la sexualidad de sus soldados mientras millones de personas viven bajo condiciones que hacen imposible cualquier forma de reparación.
El trauma, cuando se gestiona de esta manera, deja de ser solo una herida y se convierte en un dispositivo narrativo. Sirve para explicar el presente, para justificar políticas, para generar empatía internacional. Pero también sirve para desplazar el foco. Para hablar de sufrimiento sin hablar de poder. De cuidado sin hablar de justicia.
Las parejas sustitutas no son una anécdota ni una excentricidad. Son un síntoma. Muestran hasta qué punto la atención puede ser exquisita para algunos e inexistente para otros. Hasta qué punto el cuerpo del soldado merece ser reconstruido mientras otros cuerpos siguen siendo territorio de aniquilación.
En el fondo, la cuestión no es sexual ni terapéutica. Es ética. Es política. Es profundamente humana. ¿Qué significa sanar cuando la violencia estructural no ha terminado? ¿Qué valor tiene la intimidad recuperada si se sostiene sobre la negación del dolor ajeno?
Quizás el problema no sea que existan estas terapias, sino el mundo que las hace posibles solo para unos. Un mundo donde el trauma se reconoce cuando conviene, donde el cuidado se distribuye según pertenencia, donde la destrucción sistemática puede ser tratada como una experiencia individual y no como una responsabilidad colectiva.
Las parejas sustitutas ofrecen contacto, calor, reparación. Pero también exponen una verdad incómoda: que hay cuerpos destinados a ser cuidados y otros destinados a ser dañados. Que la sanación, cuando se separa de la justicia, corre el riesgo de convertirse en una forma más de silencio.
Y ese silencio, por más terapéutico que se vista, no cura. Solo posterga la herida. Mientras tanto, la violencia que no se nombra sigue extendiéndose, invisible pero presente, y la jerarquía del dolor define qué cuerpos tienen derecho a recuperarse y cuáles quedan atrapados en la memoria del horror, sin salvación posible.

