El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

La lista: Spiniak y Schäfer, abuso sistemático, necropolítica e impunidad

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Por Sofia Varas Rojas

La modernidad tardía no ha sido capaz de eliminar la violencia: la ha sofisticado. Ya no necesita exhibir el castigo en la plaza pública, como en los regímenes fascistas clásicos; le basta con administrar el silencio, la dilación judicial y la saturación informativa. En este régimen que Byung-Chul Han ha descrito como una sociedad del cansancio y de la transparencia administrada la crueldad no desaparece, sino que se vuelve eficiente. 

En Chile, una serie de casos emblemáticos el caso Spiniak, Colonia Dignidad bajo Paul Schäfer, las redes de explotación sexual vinculadas al SENAME/Mejor Niñez y los episodios reiterados en el entorno de Plaza de Armas revelan una constante inquietante: la producción sistemática de impunidad cuando los cuerpos explotados pertenecen a los pobres, a los “nadie”.

Este texto sostiene que tales tramas no constituyen anomalías ni desvíos individuales, sino expresiones coherentes de un orden social que decide qué vidas importan y cuáles pueden ser usadas, degradadas o descartadas. Se trata de una violencia estructural, que no necesita ocultarse completamente, porque ha sido normalizada.

Poder, goce y necropolítica

Achille Mbembe definió la necropolítica como la capacidad soberana de dictar quién puede vivir y quién debe morir, ampliando el análisis foucaultiano del biopoder hacia la gestión diferencial de la muerte. En los contextos neoliberales contemporáneos, esta soberanía no se ejerce únicamente desde el Estado, sino a través de alianzas difusas entre élites económicas, aparatos judiciales, mercados ilegales y una moral social que naturaliza la desigualdad.

Pierre Bourdieu denominó violencia simbólica a ese mecanismo mediante el cual la dominación se vuelve invisible, aceptada y reproducida incluso por quienes la padecen. Byung-Chul Han, por su parte, muestra cómo la violencia actual ya no opera desde la prohibición explícita, sino desde la positividad: eficiencia, rendimiento, transparencia. El resultado es un sujeto agotado, incapaz de sostener la indignación en el tiempo. En ese marco, el abuso sexual sistemático de cuerpos pobres se relativiza, se fragmenta en expedientes, se posterga hasta prescribir. El goce del poder ya no necesita mostrarse; basta con que no sea interrumpido.

Spiniak: la impunidad como pedagogía social

El caso Spiniak estalló a comienzos de los años 2000 como una de las denuncias más graves de explotación sexual infantil en la historia reciente de Chile. Lo que emergió no fue solo la figura de un abusador individual, sino la sospecha fundada de una red que involucraba a empresarios, operadores políticos y sujetos con capital económico, social y simbólico suficiente para garantizar protección.

Claudio Spiniak fue finalmente condenado en 2006 por abuso sexual reiterado contra menores. Sin embargo, los cargos más graves asociación ilícita, red organizada de prostitución infantil, implicación de terceros de alto perfil  se diluyeron en el proceso judicial. De la red, prácticamente nada quedó en pie. La llamada “lista de Spiniak” real o simbólica jamás fue esclarecida ni confrontada públicamente.

Spiniak
Claudio Spianiak

Aquí radica el carácter incendiario del caso: no en lo que se probó, sino en todo aquello que el sistema no estuvo dispuesto a sostener hasta el final. Testimonios de niños y adolescentes pobres fueron desacreditados, patologizados o tratados como material inestable. Las investigaciones se fragmentaron, las pruebas se volvieron insuficientes, los nombres con poder desaparecieron del expediente. El mensaje fue inequívoco: hay verdades que la justicia no puede o no quiere pronunciar cuando amenazan al orden dominante.

Lejos de constituir un fracaso accidental, el caso Spiniak funcionó como una pedagogía social de la impunidad. Enseñó que incluso frente a delitos extremos, la justicia puede operar de manera selectiva; que no todas las denuncias merecen el mismo esfuerzo institucional; que la pobreza vuelve prescindible a la víctima. En términos necropolíticos, ciertas vidas pueden ser dañadas sin que el sistema se vea obligado a responder plenamente.

Colonia Dignidad: el laboratorio del horror

Colonia Dignidad representa una de las expresiones más extremas de necropolítica en Chile. Durante décadas, bajo el liderazgo de Paul Schäfer, se articularon abuso sexual infantil, trabajos forzados, tortura política y colaboración directa con la dictadura militar. Todo ello fue posible gracias a una red de complicidades estatales, judiciales y diplomáticas.

Desde una perspectiva antropológica, Colonia Dignidad funcionó como una pedagogía del horror: normalizó la obediencia absoluta, el castigo permanente y la cosificación del cuerpo infantil. La tardía reacción del Estado chileno y la lentitud de los procesos judiciales revelan una constante histórica: cuando las víctimas son pobres, rurales, extranjeras o socialmente aisladas, el tiempo de la justicia se vuelve interminable. La vida queda suspendida en un limbo jurídico donde el daño no prescribe, pero la reparación nunca llega.

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El dictador chileno Augusto Pinochet visitando Colonia Dignidad, a su derecha Paul Schäfer

SENAME / Mejor Niñez: administrar el abandono

Las investigaciones periodísticas y judiciales sobre el SENAME y su sucesor, Mejor Niñez, han documentado muertes, abusos sexuales, negligencias sistemáticas y redes de explotación que operaron bajo tutela estatal. Aquí la violencia no adopta la forma del exceso visible, sino la del abandono estructural.

Giorgio Agamben conceptualizó esta condición como “vida desnuda”: vidas reducidas a su mera existencia biológica, despojadas de derechos efectivos. En el sistema de protección chileno, niños, niñas y adolescentes pobres se transformaron en expedientes administrativos, gestionados mediante indicadores y protocolos incapaces de interrumpir el daño. La impunidad no es una falla: es un efecto de diseño cuando la pobreza se cruza con la infancia.

Plaza de Armas: ciudad, consumo y sacrificio

Los reiterados episodios de explotación sexual y violencia en el entorno de Plaza de Armas no constituyen una anomalía urbana, sino la expresión regular de una racionalidad que administra la exclusión. Estos espacios funcionan como zonas de sacrificio donde ciertas vidas son admitidas solo en su forma degradada. Migrantes, adolescentes vulnerados y personas en situación de calle habitan una exposición permanente que no genera cuidado ni protección, sino desgaste. La violencia no irrumpe como excepción, porque ha sido previamente normalizada. El sufrimiento, al hacerse cotidiano, pierde su capacidad de interpelar. Así, la ciudad continúa operando sin sobresaltos.

La vigilancia no desaparece en estos territorios, sino que se vuelve selectiva y asimétrica. El poder observa, clasifica y tolera, ejerciendo un control diferenciado que recae sobre los cuerpos empobrecidos mientras resguarda al cliente y a los circuitos de consumo sexual. El cuerpo pobre se vuelve hipervisible como problema y amenaza, pero invisible como víctima. Esta forma de control no necesita violencia explícita: basta con la omisión regulada. El orden urbano se mantiene mediante una economía moral que penaliza la pobreza y absuelve al consumo. La exclusión se gestiona sin escándalo.

En la sociedad de la transparencia, la exposición sustituye al reconocimiento y la visibilidad reemplaza a la justicia. Como advierte Byung-Chul Han, la sobreexposición no produce verdad ni reparación, sino una erotización que borra el sufrimiento (Han, 2014). En estas geografías urbanas, la violencia se ejerce de manera silenciosa y continua. La muerte simbólica la expulsión de la dignidad, del lenguaje y del derecho al duelo precede a la muerte física. Lo que desaparece primero no es el cuerpo, sino su valor como vida digna de ser protegida (Han, 2012).

Relativización del abuso y normalización de la muerte

Un rasgo transversal a estos casos es la sistemática relativización del abuso, que opera mediante la sospecha sobre la credibilidad de las víctimas, la apelación a la complejidad contextual y la patologización del testimonio. Estas operaciones no son neutrales, sino mecanismos de poder que delimitan qué sufrimientos merecen ser reconocidos públicamente. 

Como advierte Judith Butler, el reconocimiento desigual del duelo expone una jerarquía de vidas, en la que solo algunas son consideradas dignas de ser lloradas (Butler, 2004). En el contexto chileno, las vidas pobres continúan ocupando el umbral de lo no llorable, privadas de legitimidad moral y protección simbólica.

La persistencia de la violencia se sostiene en un agotamiento social que la vuelve tolerable y administrable. El escándalo se consume con rapidez, la indignación se diluye y la lentitud de los procesos judiciales transforma la promesa de justicia en una forma de injusticia estructural. 

En esta temporalidad extendida, el poder ya no necesita ejercer violencia directa: se reproduce a través del desgaste, el olvido y la normalización del silencio. De este modo, el dominio se perpetúa no por la fuerza bruta, sino por una gestión eficaz del tiempo y de la memoria colectiva (Han, 2012)

“La lista de Spiniak” nombra algo más que un expediente judicial: designa un régimen de verdad donde el poder decide qué puede ser dicho y qué debe permanecer en la sombra. No es una lista de nombres, sino una estructura de protección para quienes siempre han estado a salvo.

Los casos de Spiniak, Colonia Dignidad, SENAME/Mejor Niñez y Plaza de Armas no son episodios aislados. Son capítulos de una misma historia: la de una democracia que convive con zonas de no-derecho y acepta que ciertas vidas sean sacrificables.

La necropolítica no siempre mata de inmediato. A veces deja vivir en condiciones de daño permanente, sin justicia ni reparación. Produce biografías rotas, duelos no reconocidos y una memoria social fragmentada.

Ser incendiario hoy no es exagerar, sino insistir. Insistir en que la justicia selectiva no es justicia. Insistir en que el cansancio social beneficia siempre a los mismos. Insistir en que nombrar estas tramas no abre heridas: impide que sigan supurando en silencio.

Mientras el poder siga administrando la impunidad, la lista seguirá existiendo no como papel, sino como orden social y la democracia chilena mantendrá un límite claro: el cuerpo de los pobres.

Bibliografía

Agamben, G. (1998). Homo sacer: El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.

Arendt, H. (1963). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Viking Press.

Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Anagrama.

Butler, J. (2009). Marcos de guerra: Las vidas lloradas. Paidós.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Han, B.-C. (2015). La sociedad de la transparencia. Herder.

Mbembe, A. (2003). Necropolitics. Public Culture, 15(1), 11–40.

Pasolini, P. P. (1975). Salò o los 120 días de Sodoma [Película].

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