Estados Unidos: libertad con olor a pólvora

Por Silvina Ojeda
La libertad que promete Donald Trump tiene olor a pólvora y sonido de sirenas. No es una metáfora: Renee Nicole Good, una mujer muerta por la policía en Minnesota, bombardeos presentados como actos de justicia, aplausos digitales que confunden fuerza con razón. La palabra libertad, otra vez, usada para tapar cuerpos, justificar balas y convertir el miedo en doctrina.
No se trata de episodios aislados ni de excesos puntuales. Se trata de una forma de gobernar y, más aún, de una forma de enseñar. Porque el trumpismo no solo administra poder: produce sentido. Educa. Baja línea. Construye una pedagogía donde la violencia deja de ser un problema y pasa a ser una herramienta legítima. Donde la muerte ya no escandaliza si ocurre del lado correcto del relato.
Cuando el Estado mata, no se habla de crimen: se habla de procedimiento. Cuando reprime, se habla de orden. Cuando bombardea, se habla de libertad. Y cuando alguien cuestiona esa lógica, se lo acusa de ingenuo, de débil, de no entender “cómo funciona el mundo”. La libertad, en ese marco, deja de ser un derecho colectivo y se convierte en un permiso selectivo: algunos pueden ejercerla; otros solo padecer sus consecuencias.
Hay algo profundamente inquietante en la facilidad con la que este discurso se vuelve aceptable. En cómo se naturaliza la idea de que la fuerza extrema es necesaria. En cómo se celebra la humillación del otro como si fuera justicia. En cómo se confunde seguridad con control, y control con libertad.
Trump no inventó esta lógica, pero la volvió obscenamente explícita. Dijo en voz alta lo que durante años se administró con eufemismos diplomáticos: que hay vidas que valen menos, que el enemigo no merece derechos, que la violencia estatal no solo es inevitable sino deseable. Y lo hizo con una eficacia comunicacional brutal, transformando el autoritarismo en espectáculo y la crueldad en consigna.
La escena se repite: una muerte, una operación militar, una redada. Luego, el relato. Siempre el relato. La víctima convertida en amenaza. El agresor en defensor. El Estado en héroe. Y una parte de la sociedad aplaudiendo, aliviada de no estar del lado del cuerpo caído.
La libertad que se propone en este esquema es una libertad armada. Una libertad que necesita enemigos constantes para justificarse. Una libertad que solo existe en oposición a otro al que hay que disciplinar, expulsar o eliminar. ¿Qué clase de libertad requiere de tanto despliegue de violencia para sostenerse? ¿Qué clase de democracia necesita balas para reafirmarse?
Lo más grave no es solo lo que ocurre dentro de Estados Unidos. Lo más grave es cómo ese modelo se exporta. Porque Trump no gobierna únicamente con decretos o decisiones militares: gobierna con sentido común. Con frases simples, con gestos brutales, con una lógica binaria que divide el mundo entre ganadores y descartables. Y esa lógica viaja rápido.
Hoy Trump es, en algún punto, presidente en todo el mundo. No por votos, sino por influencia. Porque su idea de libertad se filtra en discursos políticos, en debates mediáticos, en conversaciones cotidianas. Porque su forma de nombrar la violencia legitima a otros a hacer lo mismo. Porque su pedagogía coloniza imaginarios.
En América Latina, territorio históricamente atravesado por intervenciones, tutelajes y saqueos, esta narrativa encuentra terreno fértil. La promesa de orden frente al caos. La fantasía de seguridad inmediata. El deseo de un poder fuerte que “ponga las cosas en su lugar”. No hace falta que haya tropas para que haya colonización: alcanza con que el lenguaje se imponga.
La libertad que se vende no es la libertad de los pueblos, sino la libertad de los mercados. La libertad de intervenir, de extraer, de decidir sobre otros territorios en nombre de una moral superior. Colonizar hoy no siempre implica ocupar físicamente: implica adoctrinar, convencer, naturalizar que no hay alternativas.
Por eso la celebración de la violencia ajena resulta tan funcional. Mirar una bomba caer lejos y decir “por fin”. Aplaudir una muerte porque ocurrió del lado correcto del mapa. Creer que la humillación del otro es una forma de justicia. Esa distancia emocional es parte del dispositivo.
La pedagogía de Trump enseña que la empatía es un obstáculo. Que la duda es debilidad. Que cuestionar el poder es traición. Enseña que la libertad no se discute: se impone. Y que quien no la acepta, merece el castigo.
El problema no es solo Trump como figura. El problema es lo que habilita. Lo que deja dicho. Lo que legitima. Porque cuando la violencia se convierte en valor, cuando la brutalidad se vuelve sinónimo de carácter, cuando la muerte deja de incomodar, el terreno queda listo para que esa lógica se replique una y otra vez.
La pregunta final no es hasta dónde puede llegar este modelo, sino cuánto estamos dispuestos a aceptar antes de nombrarlo por lo que es. Porque cuando la libertad necesita balas, bombas y miedo para sostenerse, ya no es libertad. Es dominación. Y la dominación, cuando se disfraza de derecho, suele ser la forma más eficaz de colonizar el mundo.

