El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

[VENEZUELA] La época del colapso: la vida sin mapa y la fuga como método

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Por Diego Verdejo Cariaga

No ha habido una invasión militar abierta de Estados Unidos a Venezuela en el sentido clásico. Pero quizá justamente ahí está el punto, lo que llamamos “invasión” ya no necesita uniformes. Puede operar como un ensamblaje, como sanciones que estrangulan flujos, diplomacias que recodifican legitimidades, operaciones de información que vuelven “sentido común” lo que antes era impensable, plataformas que modulan afectos, finanzas que deciden quién respira y quién se asfixia. Una invasión sin mapa, o con demasiados mapas. El territorio no como suelo, sino como circulación.

En ese régimen, el poder no entra sino que se acopla. No avanza como columna; infiltra como norma, como protocolo, como ranking, como relato, como “solución humanitaria” y “transición responsable”. En vez de tomar Caracas, toma los circuitos: la posibilidad de comprar, vender, asegurar, transferir, reparar. No se apodera de la plaza; captura el tiempo y la expectativa. La guerra deviene administración de probabilidades: la inflación como arma gris, el desabastecimiento como pedagogía del miedo, la migración como drenaje de potencia, la sospecha como vacuna contra lo común. Y en ese paisaje, el Estado—cualquier Estado—es empujado a endurecerse, a volverse máquina de control para sobrevivir a una máquina mayor. La soberanía se vuelve una pieza más del tablero, no la mesa.

Siguiendo algunas ideas de Deleuze y Guattari se podría decir: no se trata de un enfrentamiento entre dos sujetos (imperio vs. nación), sino de una colisión entre máquinas. Una máquina de captura que reterritorializa lo vivo en deuda, en obediencia, en identidad, en frontera; y otra máquina—la de la vida cotidiana—que insiste en cocinar, organizarse, curar, inventar, hacer fila, se las arregla, comparte y resiste. En medio, el pueblo no como esencia sino como multiplicidad: barrios, comunas, redes, familias, fugas. Y sin embargo, la captura aprende rápido, volviendo sospechoso todo vínculo, convirtiendo la ayuda en clientela, la esperanza en propaganda, la crítica en traición. La captura no se contenta con mandar: quiere que no haya afuera.

Ahí asoma el filo del Comité Invisible, cuando el poder se vuelve ubicuo, la política ya no puede ser solo demanda al centro. Porque el centro está ocupado —o más bien, el centro es la ocupación. La invasión contemporánea no te derrota con tanques, sino con la imposibilidad de imaginar una vida que no esté mediada por sus dispositivos. Lo que destruye no es solo la economía, sino la confianza. Dicho de otro modo, lo que destruye es esa infraestructura invisible sin la cual ninguna calle, asamblea ni comunidad se sostiene. Y entonces la tragedia se vuelve íntima, la guerra entra a la casa como cansancio, como cinismo, como “sálvese quien pueda”.

Llevo algunos años pensando en una premisa y creo que hoy me genera más sentido que nunca: quizá ya solo queda la fuga. Pero “fuga” no como huida triste ni como éxodo administrado por coyotes y consulados. Fuga como línea de fuga: creación de una salida allí donde el mapa decía “sin salida”. Fuga como gesto que rehúsa ser capturado por el binario “imperio vs. gobierno”, “patria vs. intervención”, “lealtad vs. traición”. Fuga como práctica: recomponer lo común a baja escala, multiplicar refugios, inventar economías de cercanía, defender la vida sin pedir permiso a los que la negocian. Fuga como sabotaje de la resignación. No le ofrecemos el alma a ninguna máquina, ni siquiera a la que dice protegerte.

Porque si la invasión es un ensamblaje de control de flujos, la fuga también lo es. Flujos de cuidado, de información compartida, de cooperación material, de autonomía situada. Y esto es importante tenerlo presente, una fuga no promete victoria, promete continuidad de la potencia. Y quizá eso es lo más subversivo hoy: sostener, en medio del cerco, un modo de existencia que no pueda ser contado como trofeo por ningún bando. No “salvar” a Venezuela como un objeto, sino desencerrar la vida venezolana de las narrativas que la usan. No esperar el gran día, sino abrir mil rendijas.

Queda la fuga, sí. Pero fuga no es desaparecer, es volverse ingobernable para la máquina que pretende administrar hasta la respiración. Es aprender a habitar el intersticio: ni rendición ni sacrificio, sino composición. Si no hay afuera, se lo fabrica. Si el horizonte está ocupado, se lo perfora con la daga del pensamiento y la acción. Y en ese movimiento—mínimo, obstinado—la vida vuelve a ser lo que siempre fue, es decir una conspiración de cuerpos que se encuentran.

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