El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“¿Lo mejor de un hombre? Que sea gay”: la crisis del amor heterosexual

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“Sirenas en el aire”, Lola Álvarez. 1935-36

Por Verónica Aravena Vega, doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona

Rosalía soltó hace poco que lo mejor de un hombre es que sea gay. Se rió el público, se rió ella, se rió medio internet. Yo también me reí. Nos reímos todas. Es una de esas frases que funcionan porque tocan algo verdadero envuelto en broma — lo sueltas en una cena y todas asienten, alguien levanta la copa, alguien dice “amén”. Pero después te quedas pensando y la gracia se desinfla un poco. Porque lo que Rosalía está diciendo, en el fondo, es que un hombre solo resulta disfrutable cuando no te desea. Que el mejor hombre es el que nunca va a querer follarte, ni convivir contigo, ni decepcionarte un martes a las once de la noche. El que te va a escuchar, eso sí. El que va a saber qué ponerse. El que no va a pretender que le organices la vida emocional gratis.

Es gracioso. Y es desolador. Porque si lo mejor que se nos ocurre decir sobre los hombres que nos atraen es que serían estupendos si no fueran heterosexuales, algo se ha roto de una manera que no se arregla con memes.

Lo digo desde dentro, sin distancia académica: estoy un poco harta. Sé que no todos son iguales, sé que generalizar es pereza intelectual, lo sé. Pero llevo años con la sensación de que no queremos lo mismo. De que mientras yo busco a alguien que se quede después de la conversación difícil, lo que me encuentro son hombres que están presentes hasta que la cosa pide algo que no aprendieron a dar. Y no hablo de monstruos. Hablo de chicos que reciclan, que van a terapia, que dicen las palabras correctas. Pero que cuando toca la parte de sentir de verdad — la parte incómoda, la que no tiene filtro ni protocolo — se quedan en blanco. Como si les hubieran arrancado una pieza del motor y nadie se hubiera dado cuenta.

Esa sensación tiene nombre. Se llama heteropesimismo. Lo acuñó Asa Seresin en 2019 para describir la desesperanza irónica con la que cada vez más mujeres heterosexuales miran sus relaciones con hombres. No es odio — el odio tiene dirección, tiene fuerza. Esto se parece más a la fatiga de materiales. A llevar tanto tiempo sosteniendo algo que no se sostiene solo que un día simplemente te sientas y dices: ya.

Voy a escribir en binario — hombres y mujeres — porque los datos que tenemos operan en esas categorías y porque los patrones que quiero señalar se producen ahí. Pero la vida es más porosa y desordenada que cualquier par de opuestos. Esto es un mapa, no el territorio.

Los datos: un metaanálisis en Social Psychological and Personality Science, casi seis mil personas solteras, diez investigaciones. Las mujeres solteras son más felices con su situación que los hombres solteros. Menos ganas de buscar pareja. Más satisfechas sexualmente. Mayor satisfacción vital. Consistentemente más. En todas las preguntas. En España, solo el 27% de los jóvenes entre 25 y 29 está en pareja frente al 42% europeo. Y la socióloga Rebeca Cordero apunta lo que incomoda: a mayor formación en mujeres, mayor probabilidad de permanecer solteras. No porque pidan demasiado — esa explicación que tranquiliza a quien no quiere pensar — sino porque ya no necesitan una relación para sostenerse y no aceptan una que les cueste la paz.

La psicóloga Andrea Rueda va más lejos: las mujeres que llegan a su consulta no vienen por estar solteras sino por el mandato de no estarlo. Ve más mujeres emparejadas y atrapadas por miedo a la soledad que solteras sufriendo por la ausencia de alguien. El problema no es que falten hombres. Es que sobran relaciones donde una carga con todo — lo emocional, lo doméstico, lo que no se ve pero agota — mientras el otro “ayuda”. Ayuda. Como si compartir la vida fuera un favor.

Ahora necesito torcer el volante, porque si solo cuento esta mitad estoy haciendo trampa.

A ellos les pasa algo parecido pero en dirección contraria. Y esto no lo digo para equilibrar la balanza ni para que nadie se ofenda. Lo digo porque los datos algo señalan.

Una encuesta del ICSO-UDP en Chile indica que: el 68% de los hombres siente que es difícil saber cómo comportarse con las mujeres por miedo a ser malinterpretado. Más de la mitad cree que ser hombre hoy es más difícil que antes. El guion que les dieron — sé fuerte, provee, no llores, no preguntes — caducó. Pero nadie les ha escrito otro. Y cuando la confusión no encuentra lenguaje se convierte en rabia, en parálisis, o en esa mezcla de las dos que se manifiesta como poner una serie cuando tu pareja necesita hablar.

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De la fotógrafa mexicana Lola Álvarez Bravo

Pero sería deshonesto reducir el heteropesimismo masculino a la manosfera y los incels. Eso existe, claro — y es peligroso, y hay que nombrarlo. Pero entre el hombre que mira tutoriales de Andrew Tate y el que se declara aliado feminista hay una enorme franja de chicos que están simplemente solos y no saben qué hacer con eso. Hombres que no quieren volver a los cincuenta pero que tampoco saben cómo ser otra cosa. Que intuyen que el modelo viejo no sirve pero no encuentran el nuevo. Que no tienen con quién hablar de lo que sienten porque la amistad masculina, tal como la heredaron, no incluye esa posibilidad. Se juntan para ver el fútbol, para beber, para hablar de trabajo. Pero sentarse con un amigo y decir “estoy perdido, no sé cómo querer bien, me da miedo que nadie me elija” — eso no está en el repertorio. Eso se hace poco. Y entonces la única persona ante la que podrían ser vulnerables es la pareja. Y depositan ahí todo — toda la necesidad afectiva, toda la fragilidad acumulada — y la relación revienta porque ningún vínculo puede ser el único canal de toda una vida emocional reprimida.

Ese hombre — el que no es villano ni héroe, el que está en medio sin saber qué hacer consigo mismo — es el más interesante políticamente. Porque es el que podría cambiar. El que podría aprender el vocabulario que le falta. Pero para eso necesitaría que alguien le hablara con verdad en vez de con desprecio o con condescendencia. Y ahora mismo no le habla casi nadie. La izquierda lo señala, la derecha lo explota, y él se queda a la intemperie, solo con su confusión y un algoritmo que le sugiere videos de machos alfa a las tres de la mañana.

bell hooks lo entendió antes que casi todo el mundo. En Tipos duros escribe que el patriarcado no solo oprime a las mujeres: mutila emocionalmente a los hombres. Los entrena para desconectarse de lo que sienten, para confundir vulnerabilidad con debilidad, para sustituir intimidad por control. Les arranca la capacidad de amar y después les exige que amen bien. El sistema fabrica hombres emocionalmente desabastecidos y luego nos dice a nosotras que elegimos mal. Su heteropesimismo — porque también lo es, aunque no use esa palabra ni se exprese con memes graciosos — es la prueba de que la máquina los dañó. Solo que en vez de llevar ese daño a la reflexión, lo llevan al resentimiento o al silencio. Y ambas cosas son callejones sin salida.

Esa herida no la quiere mirar casi nadie. Ni el machismo, porque implicaría admitir que la dureza no es fortaleza. Ni cierto feminismo apresurado, porque es más cómodo tener un enemigo claro que aceptar que el enemigo fue dañado por la misma máquina -aunque de maneras distintas-. Pero hooks no escribía para la comodidad de nadie. Y la frase de Rosalía, debajo de la risa, dice exactamente esto: el hombre heterosexual resulta insuficiente no porque sea malvado sino porque fue criado en una escasez emocional que después derrama sobre todas sus relaciones.

El demógrafo Albert Esteve clavó el diagnóstico con una frase que debería estar en la pantalla de carga de Tinder: “Los hombres buscan mujeres que ya no existen y las mujeres buscan hombres que aún no existen”. No es un tuit ingenioso. Es la radiografía de un desfase histórico: el sistema cambió las reglas para ellas pero dejó a ellos con el manual viejo.

Y aquí está la asimetría que nadie quiere nombrar. Cuando las mujeres expresan su heteropesimismo — eligiendo la soledad antes que la compañía que desgasta — están pidiendo una transformación. Dicen: esto así no va, quiero otra cosa. Cuando los hombres expresan su frustración — y vaya si la expresan — la dirección suele ser contraria: piden un retorno. Quieren un orden donde las cosas fueran “claras”. La nostalgia de los cincuenta se ha convertido en combustible de la manosfera: coaches de masculinidad alfa, foros de incels, podcasters que te enseñan a “recuperar tu valor” mientras te venden suplementos de testosterona.

Un grito hacia adelante y un ancla hacia atrás. Mientras no nombremos esa diferencia, seguiremos tratando los dos malestares como si fueran simétricos. No lo son.

Hoan y MacDonald, los del metaanálisis, encontraron algo que nadie subraya: los hombres más felices del estudio eran los casados; las personas más felices en general, las mujeres solteras. La institución que más beneficia emocionalmente a los hombres es la misma que más desgasta a las mujeres. Eso no es curiosidad estadística. Es un diagnóstico político.

hooks tenía razón: el patriarcado nos incapacita para amarnos. La salida no es que nosotras bajemos el listón ni que ellos vuelvan a un pasado que solo fue cómodo para unos pocos. La salida es aprender lo que el sistema nunca quiso: sentir sin dominar, necesitar sin poseer, quedarse sin que eso cueste la identidad.

Yo sigo harta. No lo voy a disfrazar. Pero debajo del hartazgo hay algo que se parece menos a la rendición y más a la exigencia. No he dejado de querer. Amo profundamente. Pero he dejado de conformarme. Y la diferencia entre una cosa y otra es todo.

Lo de Rosalía es gracioso. Pero la risa que nos provoca debería inquietarnos más de lo que nos inquieta. Porque cuando la mejor versión de un hombre heterosexual que se nos ocurre es uno que no lo es, ya no estamos haciendo humor. Estamos haciendo un duelo. Y los duelos, si no se miran de frente, se pudren.

Lo que necesitamos es construir vínculos fuera del guión del poder. Querer sin que eso le cueste la libertad a nadie. No parece tanto. Pero en el estado actual de las cosas, es casi una revolución.

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