Diez años sin Lissette Villa: la niña que el Estado de Chile no supo proteger

Por Cristian Acosta, activista y sobrevivente del Sename
Han pasado diez años desde la muerte de Lissette Villa, la niña de once años que falleció el 11 de abril de 2016 en el CREAD Galvarino de Santiago, bajo la custodia del Estado de Chile dentro del sistema del Servicio Nacional de Menores. Han sido diez años desde que su nombre estremeció al país y obligó a mirar una verdad incómoda: que el sistema que debía proteger a los niños también podía fallarles gravemente.
Pero para mí, Lissette nunca fue solo un caso ni una noticia. Para mí fue y seguirá siendo mi hermanita pequeña. Quienes crecimos dentro de ese sistema sabemos que su historia no apareció de la nada. Durante décadas miles de niños pasaron por hogares y residencias cargando abandono, soledad y, muchas veces, violencia. Muchos sobrevivimos. Otros no tuvieron esa oportunidad.
La muerte de Lissette fue un golpe que Chile no pudo seguir ignorando. Su historia expuso con crudeza las falencias del sistema de protección y obligó al país a preguntarse cómo era posible que una niña muriera mientras estaba bajo el cuidado del propio Estado. No fue solo una tragedia individual: fue el reflejo de una deuda histórica con la infancia más vulnerable.
Así, Lissette se convirtió en símbolo, en símbolo de los niños que no fueron escuchados, de los que crecieron invisibles, de los que el sistema debía proteger, pero no siempre protegió.
Como sobreviviente del sistema, cada vez que pienso en ella no pienso en informes ni estadísticas. Pienso en una niña que debía estar jugando, soñando con su futuro, viviendo su infancia con dignidad. Una niña que merecía amor, cuidado y oportunidades.
Y es que la responsabilidad del Estado es enorme. Cuando un niño está bajo su custodia, ese niño pasa a ser responsabilidad de todos. Y cuando esa protección falla, no se trata solo de un error administrativo: es una herida profunda en la conciencia de un país.
Sin embargo, la historia de Lissette no termina en la tragedia. También despertó conciencia, abrió debates, impulsó cambios y motivó a muchos sobrevivientes a levantar la voz. Nos recordó que el silencio nunca puede volver a ser la respuesta cuando se trata de la vida de un niño.
Desde la Fundación Somos Hermanos levantamos hoy esa bandera. Nuestra fundación nace desde la experiencia de quienes crecimos dentro del sistema y decidimos transformar el dolor en compromiso. Luchamos por Lissette, por los niños que hoy viven en residencias y por aquellos que egresan al cumplir la mayoría de edad enfrentando el mundo prácticamente solos. Hoy la recordamos con respeto, con memoria y también con esperanza.
Lissette no es solo una víctima, es una conciencia que sigue despertando a Chile. Y mientras exista alguien que diga su nombre con amor y con verdad, mi hermanita pequeña seguirá viva en la lucha por la dignidad y la protección real de todos los niños de nuestro país.


