¿De dónde nace la violencia en niños y jóvenes a cargo del Estado?

Por Cristian Alejandro Acosta Quintas
Cada cierto tiempo aparece una noticia que sacude al país, titulares en televisión, videos que se viralizan en redes sociales, paneles de opinión llenos de expertos hablando de “menores violentos”, de “jóvenes fuera de control”.
Hace poco Chile vio otra de esas escenas. En Arica, seis jóvenes atacaron brutalmente a la directora de una residencia de protección. La noticia recorrió el país completo: indignación, miedo, rabia. Todo eso es comprensible, pero después de la noticia viene el juicio rápido. Dicen que “son delincuentes”, “cabros perdidos” o “un peligro para la sociedad”.
Pero casi nadie se detiene para hacerse la pregunta más incómoda de todas: ¿de dónde nace la violencia? Porque los niños no nacen violentos; la violencia se aprende.
La mayoría de los niños y jóvenes que hoy viven en residencias del Estado no llegaron ahí porque sí. Llegaron después de vivir abandono, hambre, negligencia, violencia intrafamiliar, abuso sexual, alcoholismo, droga en sus casas, o simplemente porque el mundo adulto que debía protegerlos colapsó. Son niños que crecieron viendo golpes antes que abrazos, que aprendieron demasiado temprano que el mundo puede ser un lugar hostil.
La primera red de protección de un niño es la familia, pero en muchos casos esa red ya estaba quebrada por la pobreza, por la exclusión o por la ausencia total de apoyo del propio Estado. Y entonces ocurre algo que en Chile ha pasado por décadas: en lugar de fortalecer a esas familias para que puedan cuidar a sus hijos, muchas veces el sistema termina separándolos.
Son niños que son sacados de sus casas no siempre porque sus padres no los amen, sino porque viven en condiciones de pobreza que el propio Estado nunca ayudó a resolver. Es una verdad incómoda, pero real: muchas veces se castiga la pobreza separando a los niños de su familia.
Y después viene el sistema de protección, con residencias donde los cuidadores cambian todo el tiempo, cumpliendo turnos de ocho horas. Son adultos que entran y salen de sus vidas sin quedarse lo suficiente como para construir un vínculo real. Para un niño eso significa algo brutalmente simple: nadie se queda; y entonces aparece la rabia.
Porque un niño que fue abandonado demasiadas veces deja de confiar, un niño que fue golpeado aprende que la violencia es un idioma, un niño que fue abusado aprende que el poder se impone sobre el más débil. La violencia no nace en la calle, la violencia se cultiva en las heridas.
Por eso cuando vemos bandas de portonazos compuestas por menores de edad, adolescentes participando en asaltos o jóvenes explotando dentro de residencias, lo que estamos viendo no es sólo delincuencia juvenil, estamos viendo el resultado de infancias quebradas. Y cuando un niño crece así, la violencia muchas veces se vuelve su única herramienta para sobrevivir. No es bonito decirlo, pero es la verdad.
Si Chile quiere realmente enfrentar la violencia juvenil, tiene que mirar el origen. Por ello, no basta con castigar el resultado, porque ningún niño nace violento, la violencia casi siempre es el último grito de una infancia que fue ignorada.
Llegué a los tres años a SENAME y lo único que conocí fue violencia. Fui abusado a los cinco, estaba siempre alerta, siempre a la defensiva. Pasaba castigado por pelearme con todos, hasta que me arranqué a los trece años y empecé a vivir en la calle. La violencia fue mi compañera, fue lo único que me enseñaron. Y también fue lo que, muchas veces, me salvó la vida cuando no había nada más para mí.
