El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Disfruten lo votado?: la política del caos y la dignidad que vuelve a la calle con los estudiantes

Revolucion Pinguina
La “revolución pingüina” de 2006

Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en Salud Mental, Infancias y Derechos Humanos

“La historia de Chile es también la historia de sus movimientos sociales, de sus irrupciones desde abajo, que una y otra vez han buscado hacerse visibles y disputar el orden establecido” (Bengoa, 2000, p. 15).

En este momento,  las decisiones políticas dejaron de ser un debate distante y se volvieron experiencia directa, cotidiana, encarnada en los cuerpos, en los trayectos diarios, en la conversación en la mesa, en la incertidumbre que atraviesa la vida. Chile está atravesando el peor momento histórico desde la vuelta a la democracia. No por un solo hecho aislado, sino por una acumulación de decisiones, discursos y efectos que han configurado una sensación extendida de desesperanza frente al actual gobierno.

En las primeras semanas de gobierno de José Antonio Kast, esta tensión se ha hecho visible en múltiples dimensiones. El aumento del costo de vida, la insistencia en un relato de crisis, la sobrecarga comunicacional y la centralidad del conflicto han generado un clima que no solo se observa, se siente. La política ya no se percibe como algo lejano, se experimenta en lo inmediato y deja huella en la salud mental de los chilenos.

Desde la sociología, la economía política y la filosofía, este tipo de escenarios puede leerse a la luz de la doctrina del shock, propuesta por Naomi Klein. No como un eslogan, sino como una forma de comprender cómo la saturación, el miedo y la incertidumbre pueden afectar la capacidad de las sociedades para organizarse, deliberar y actuar.

Pero este texto no se queda en el diagnóstico, se sitúa en un punto más incómodo y más urgente. En la pregunta por la acción, por la organización y por el rol histórico de quienes, una y otra vez, han encendido la vida política cuando parecía que Chile se apagaba de apoco, los, les y las estudiantes de Chile activaron la accion de la digna juventud!.

Crisis, relato y vida cotidiana

La economía no se aprende primero en los libros, se aprende en la vida cotidiana, en el precio del transporte, en el valor de los alimentos, en la sensación persistente de que el dinero alcanza menos y la deuda crece sin saber que vendrá. Bajo esta lógica, antes de entenderse, se siente.

Karl Polanyi planteaba que la economía está incrustada en la vida social (Polanyi, 2001). Esto implica que no existe una separación real entre las decisiones económicas y sus efectos en la vida de las personas. Cada ajuste, cada alza, cada medida tiene una traducción concreta en la experiencia cotidiana.

En el escenario actual, el encarecimiento de la vida ha comenzado a presionar con fuerza a los hogares, especialmente a los sectores trabajadores. Este fenómeno se ve amplificado por un relato de quiebra y crisis que se instala con insistencia, configurando una percepción de inestabilidad constante.

Cuando los discursos enfatizan la crisis, incluso en contextos donde los datos del Banco Central de Chile, el Instituto Nacional de Estadísticas o el Ministerio de Hacienda de Chile no muestran un colapso estructural inmediato, lo que se produce es un desplazamiento desde el dato hacia la percepción.

Thomas Piketty ha demostrado que las crisis económicas, reales o percibidas, afectan de manera desigual, golpeando con mayor fuerza a quienes tienen menos recursos (Piketty, 2014). En ese sentido, la carga de la incertidumbre recae sobre la clase trabajadora.

Y cuando esa carga se vuelve cotidiana, deja de ser solo económica. Se transforma en malestar social.

Doctrina del shock, desmovilización y la política del cansancio

Para poder analizar tomaremos la doctrina del shock, según Naomi Klein, describe cómo los contextos de crisis pueden ser utilizados para implementar transformaciones profundas en escenarios de desorientación (Klein, 2007). Pero hoy el shock no necesariamente aparece como un evento único, sino como una acumulación constante y dañina para los chilenos.

La saturación informativa, discursos alarmistas, énfasis en la inseguridad, incertidumbre económica. Todo esto configura un entorno donde la reacción colectiva se dificulta.

Michel Foucault planteaba que el poder produce subjetividades (Foucault, 2007). Produce formas de sentir y de actuar. En este caso, produce cansancio, produce temor, produce retraimiento.

Pierre Bourdieu hablaría aquí de violencia simbólica (Bourdieu, 1999), no es necesario prohibir la protesta si las personas sienten que no vale la pena protestar, así se instala la desmovilización. No como una orden explícita, sino como una percepción compartida. No sirve, no cambia nada, es peligroso.

Sin embargo, esa percepción no es natural, es la instalación de un dispositivo que criminaliza la protestas para que no se reflexione sobre el poder ciudadano de las acciones concretas. En este sentido la desmovilización es el resultado de un proceso político.

“Disfruten lo votado”, anticomunismo y ruptura del lazo social

En medio de este escenario, la consigna “disfruten lo votado” se ha instalado como una forma rápida de interpelar la realidad, pero más que abrir una interpretación, la cierra. Reduce procesos sociales complejos a una sentencia moral que, lejos de movilizar, tranquiliza a quien la enuncia. Si bien esta frase suele ser dicha por quienes no  votaron a Kast, y aunque nombra una frustración legítima, muchas veces cae en una cierta superioridad moral que empobrece el debate sin aportar a su resolución, negando el poder del colectivo.

Sin embargo, el problema de fondo no está en la frase, sino en lo que intenta capturar de manera deficiente, porque el escenario actual no puede entenderse sin asumir la responsabilidad política de quienes respaldaron ese proyecto. El voto no es un gesto neutro ni inocuo “es una toma de posición que tiene efectos concretos sobre la vida social”. Cuando ese apoyo se traduce en decisiones de gobierno que profundizan desigualdades, debilitan derechos o precarizan aún más a sectores vulnerables, no basta con desentenderse. La responsabilidad no es castigo moral, pero sí exige una reflexión crítica sobre las consecuencias de aquello que se eligió.

En ese sentido, la interpelación no puede ser unilateral, aunque las decisiones del gobierno de Kast puedan ser cuestionadas por su orientación basada en una mentira como que Chile esta en quiebra además de ser excluyente, por la simplificación de problemas estructurales o por respuestas que priorizan el orden por sobre la justicia social, el resultado político que las hace posibles no es externo a la sociedad: nos involucra a todos. Sin equivalencia de culpas, sino como reconocimiento de que ese escenario emerge de condiciones compartidas, de fracturas sociales no resueltas y de una disputa por el sentido que sigue abierta.

Como advertía Mijaíl Bakunin, “la libertad de todos es condición de la libertad de cada uno”, lo que implica que las decisiones colectivas nunca son individuales en sus efectos. En la misma línea, Axel Honneth ha insistido en que las sociedades se sostienen sobre relaciones de reconocimiento: cuando estas se erosionan, emergen formas de conflicto que no siempre se expresan de manera racional o deliberativa, sino también a través del resentimiento, el miedo o la desafección política.

Desde la ciencia política contemporánea, autores como Cas Mudde han mostrado cómo los proyectos de derecha radical logran articular apoyos precisamente en contextos donde amplios sectores perciben abandono institucional y desconfían de las élites tradicionales. Esto no exime de responsabilidad a sus votantes, pero sí obliga a entender que esas decisiones no surgen en el vacío, sino en un entramado social que las hace posibles y, en cierto modo, previsibles.

Por eso, el problema de la consigna inicial es que simplifica lo que en realidad es una interpelación mucho más profunda. No se trata solo de “quién votó qué”, sino de cómo una sociedad llega a producir ciertos resultados políticos y luego debe hacerse cargo de ellos. Las malas decisiones de un gobierno no son solo errores administrativos: son expresiones de correlaciones de fuerza, de imaginarios sociales y de elecciones colectivas que, de una u otra forma, nos comprometen.

Asumir esto implica salir tanto de la condena moral fácil como de la evasión, supone reconocer la responsabilidad de quienes apoyaron el proyecto de Kast, pero también entender que el escenario actual chileno exige una respuesta colectiva. Porque, más allá de cualquier consigna, lo que está en juego no es solo el juicio sobre el pasado reciente, sino la capacidad de intervenir en el presente para que esas decisiones y sus efectos no se vuelvan inevitables.

Hannah Arendt plantea que la política se funda en la capacidad de comenzar de nuevo (Arendt, 1993). Validar el arrepentimiento no debilita la democracia, la fortalece. El problema del anticomunismo en este contexto es que simplifica el debate. Reduce la complejidad social a una amenaza ideológica, desplazando la discusión desde las condiciones materiales hacia categorías abstractas, muchas veces sin base argumentativa solo por el miedo heredado de la dictadura cívico militar y la campaña de desprestigio de la derecha en el mundo entero. Ernesto Laclau advierte que la política requiere articular demandas diversas (Laclau, 2005). Cuando el debate se reduce, la política se empobrece, superar esta lógica implica reconstruir el vínculo social, abrir espacio a la reflexión y recuperar la política como práctica colectiva.

Estudiantes, memoria viva y la dignidad que vuelve a encender la calle

Si hay un actor que ha marcado la historia política reciente de Chile, son los, les y las estudiantes, no como figura simbólica, sino como fuerza concreta de organización, de interpelación y de acción concreta.

Desde las movilizaciones secundarias de 2006 hasta la actualidad, los estudiantes han sido capaces de poner en el centro del debate público cuestiones que parecían cerradas. Educación, desigualdad, derechos sociales. No lo han hecho desde el poder institucional, sino desde la organización social y comunitaria habitando la calle como espacio de lucha.

Paulo Freire entendía la educación como una práctica política (Freire, 1970). Los espacios educativos no son neutros, son espacios de formación de conciencia. Y cuando esa conciencia se activa, se transforma en acción.

Hoy, las movilizaciones de estudiantes secundarios que comienzan a emerger no pueden ser leídas como un fenómeno aislado. Desde una perspectiva sociológica y de ciencia política, se inscriben en una trama de memoria y continuidad, no irrumpen, sino que reactivan ciclos de politización previos, rearticulando repertorios de acción colectiva que han sido históricamente constitutivos del campo social chileno.

En este sentido, los estudiantes de chile no son sujetos pasivos ni meras promesas de futuro, son actores políticos en el presente, dotados de capacidad interpretativa, organizativa y estratégica. 

Vemos como su acción no es espontaneidad pura, sino práctica situada: leen el contexto, identifican antagonismos y despliegan formas de organización que proyectan efectos más allá de la coyuntura inmediata. Como sugiere la propia cultura política que los atraviesa “somos los hijos de los días que vendrán” en Joven Combatiente de Subverso, no se trata de una espera pasiva del porvenir, sino de una producción activa del mismo.

Desde esta perspectiva, resulta pertinente recuperar la noción de lo comunitario como forma de resistencia. Si bien Silvia Federici ha trabajado esta idea, también puede dialogar con la tradición anarquista de Piotr Kropotkin, quien entendía la cooperación y el apoyo mutuo como principios organizadores de la vida social frente a la competencia impuesta. En las prácticas estudiantiles actuales se observa precisamente esa dimensión: espacios donde se organiza la deliberación, se construyen decisiones colectivas y se disputa el sentido de lo político desde abajo.

Pero estas acciones no ocurren en el vacío, se insertan en una red densa de relaciones sociales: colegios, liceos, barrios, universidades, espacios laborales, organizaciones territoriales. Es en esa articulación donde la política adquiere espesor, como ha señalado Tomás Moulian, la sociedad chilena ha estado marcada por procesos de despolitización y fragmentación que debilitan la acción colectiva; sin embargo, momentos como el actual reabren fisuras donde esa fragmentación puede ser disputada y parcialmente revertida.

Por eso, lo ocurrido con la movilización estudiantil este jueves 26 de marzo, no puede reducirse a la categoría de “protesta”, se enmarca dentro de un momento de reactivación política que interpela no solo al sistema institucional, sino también a la sociedad en su conjunto, es un recordatorio de que existe una generación que no está dispuesta a ocupar un lugar marginal, pero también un llamado de atencion: sin articulación más amplia, esa energía corre el riesgo de disiparse.

Así, este momento para Chile no es solo descriptivo, es performativo: constituye un llamado y también una incomodidad para el resto de la ciudadanía. No basta con observar, la cuestión es cómo esos impulsos logran traducirse en formas sostenidas de organización, en diálogos efectivos entre distintos sectores sociales y en prácticas de compañerismo que excedan la coyuntura. En otras palabras, debemos entender de cómo la acción deja de ser episódica y se convierte en estructura.

Chile, bajo el gobierno de Kast atraviesa el peor momento histórico desde la vuelta a la democracia generando tensión, donde la saturación, la incertidumbre y el miedo conviven con señales de quiebre y crisis del país. La doctrina del shock permite comprender este escenario político y social. Bajo esta situación de coyuntura política lo que sí aparece con claridad es la necesidad de salir de la desmovilización, es urgente.

La historia reciente muestra que cuando la sociedad se organiza, la política se transforma y en esa historia, los estudiantes han ocupado un lugar central.

Ayer, los estudiantes de Chile volvieron a movilizarse, no solo están reaccionando, nos están interpelando, nos están recordando el poder del colectivo organizado. Recordando que la política no se reduce a las instituciones, que el espacio público se construye, que la acción colectiva es posible y tremendamente necesario para el Chile que queremos construir.

Bajo este panorama actual resulta importante preguntarse  ¿qué hacemos frente a lo que esta pasando? ¿Cómo nos organizamos? ¿cómo nos vinculamos? ¿cómo recuperamos los derechos arrebatados por un mal gobierno?

Porque la organización política, incluso en sus momentos más difíciles, sigue siendo el espacio que se construye entre personas y cuando ese espacio se activa, la historia de un pueblo también. 

Referencias

Arendt, H. (1993). La condición humana. Paidós.

Bengoa, J. (2000). Historia del pueblo mapuche: Siglos XIX y XX. Santiago: LOM Ediciones.

Bourdieu, P. (1999). La miseria del mundo. Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2007). Seguridad, territorio, población. Fondo de Cultura Económica.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Federici, S. (2012). Revolución en punto cero. Traficantes de Sueños.

Klein, N. (2007). La doctrina del shock. Paidós.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.

Polanyi, K. (2001). La gran transformación. Fondo de Cultura Económica.

Piketty, T. (2014). El capital en el siglo XXI. Fondo de Cultura Económica.

Kropotkin, P. (1902). Mutual Aid: A Factor of Evolution. London: McClure, Phillips & Co.

Moulian, T. (1997). Chile actual: anatomía de un mito. Santiago: LOM Ediciones.

Subverso. (2013). Joven combatiente [Canción]. En El octavo mandamiento.

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