El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¡Tengo miedo! ¿Vendrás?: Niñxs, Guerras y la obstinada esperanza

WhatsApp Image 2026 03 22 at 11.36.11
Franz Marc, Zorro, 1911

Por Verónica Aravena Vega

El sábado llovía. De esa lluvia pegajosa que vuelve a la ciudad un animal lento, con las alcantarillas respirando como pulmones sucios. La tarde se había quedado suspendida en ese gris que no invita a nada salvo a quedarse dentro y mirar el mundo a través del vidrio.

Yo estaba en casa con Nico. Habíamos estado hablando de una de esas preguntas que aparecen sin avisar, como una piedra en el zapato de la conversación.

—¿Cómo será saber que te vas a morir? —le pregunté.

No lo dije en tono dramático. Lo dije como quien pregunta qué se siente al saltar desde muy alto o al meterse en agua helada. Una curiosidad humana, supongo. Una mezcla de miedo y filosofía barata de sábado. Nico se rio un poco. Dijo algo sobre que seguramente el cerebro se apaga, que debe haber un mecanismo biológico para no volverse loco en el último minuto.

Yo dije que tal vez no. Que tal vez hay un momento en que el cuerpo lo sabe antes que la cabeza. Que tal vez el miedo es limpio, puro, absoluto. La conversación quedó flotando ahí, entre nosotros, como un humo leve.

Un par de horas después pusimos una película. La voz de Hind Rajab. No sabía muy bien qué iba a ver. Había leído algo por encima: una niña, una llamada telefónica, una historia real ocurrida en Gaza. Pensé que sería dura, claro. Pero hay una diferencia abismal entre saber que algo es duro y atravesarlo.

La película no empieza con bombas. Empieza con una voz. Una voz pequeña. La voz de Hind Rajab, una niña de seis años que quedó atrapada dentro de un coche después de un ataque en Gaza. Una niña rodeada de muertos, hablando por teléfono durante horas con unos operadores de la Palestinian Red Crescent Society, esperando que alguien venga a buscarla.

Esperando. Esperar es una palabra que en la guerra adquiere una densidad obscena. Esperar no es un verbo. Es una condena. La niña dice: “Tengo miedo”.  Dice: “Ven a buscarme”. Dice: “¿Vendrás?”. Y quizá por eso duele más. Porque los adultos somos los que pensamos la muerte. Los niños piensan en rescates.

La película terminó y yo me quedé sentada en el sofá con esa sensación física de haber sido abierta por dentro, como si alguien hubiera pasado una mano por mi caja torácica y hubiese movido las cosas de sitio.

No podía dejar de pensar en ella.

En esa voz.

En esa pregunta repetida como una oración desesperada: ¿Vendrás? 

Desde el sábado llevo varios días con una idea fija en la cabeza. ¿Qué se siente saber que te vas a morir? Pero ahora la pregunta se volvió más cruel. ¿Qué se siente no saberlo del todo? El psicoanálisis tiene una palabra interesante para esto: desmentida.

Freud decía que el ser humano es capaz de sostener dos verdades incompatibles al mismo tiempo. Sabemos algo y, al mismo tiempo, actuamos como si no lo supiéramos.

Es un mecanismo de supervivencia. Los niños lo hacen todo el tiempo. Creen en monstruos y en adultos que pueden salvarlos de los monstruos. Hind estaba sola en un coche lleno de cadáveres. Había disparos alrededor. Había sangre. Pero su mente seguía aferrada a una idea simple: alguien vendrá.

En el psicoanálisis, el trauma aparece cuando la realidad rompe brutalmente esa ficción protectora. Cuando nadie viene. Y ahí está la obscenidad política de esta historia.

Porque esta historia no es solo la tragedia de una niña. Es la radiografía de un mundo.

Un mundo donde los niños esperan ayuda mientras los adultos discuten semántica geopolítica en estudios de televisión.

Genocidio. Guerra. Defensa. Terrorismo. Conflicto.

Palabras limpias para una escena sucia. Un coche con cuerpos. Una niña al teléfono.

Hay algo particularmente aterrador en cómo funcionan nuestras democracias mediáticas frente a estas escenas.

Las imágenes circulan, se consumen, se comentan, se discuten como si fueran trailers de una serie. El horror se vuelve contenido. El dolor se vuelve trending topic. Y después se evapora. Pero algunas cosas no se evaporan. A mí esa voz se me quedó pegada en la cabeza.

Tal vez porque soy humana. Tal vez porque tengo una imaginación demasiado insistente. No dejo de preguntarme qué estaba pasando en la mente de esa niña.

En el psicoanálisis hablan de la angustia de aniquilación. Es una forma de miedo primitivo, anterior incluso al miedo a la muerte. No es exactamente el miedo a morir, sino el miedo a dejar de existir como sujeto en el mundo. Los bebés lo experimentan cuando la madre desaparece de su campo visual. Para un niño pequeño, la ausencia puede sentirse como el fin del universo. Ahora imagina esa sensación amplificada por una guerra.

Imagina la mente infantil tratando de ordenar lo imposible.

¿Dónde están los adultos? ¿Por qué no vienen? ¿Por qué hay sangre? ¿Por qué nadie responde? La película no necesita mostrar mucho. El sonido hace todo el trabajo. La voz. Los silencios. La respiración.

Y de repente entiendes algo que el cine raramente logra: el horror no siempre está en lo que se ve. A veces está en lo que se escucha.

En una voz que espera. En una promesa que no llega.

Hay gente que dice que este tipo de películas son propaganda. Que el dolor se instrumentaliza políticamente. Que el sufrimiento infantil se convierte en arma narrativa.

Puede que tengan razón. Pero también hay algo profundamente hipócrita en esa crítica.

Porque el verdadero escándalo no es que una película nos muestre el horror. El verdadero escándalo es que el horror exista. La historia de Hind no es una excepción. Es una muestra.

En Gaza, en Ucrania, en Sudán, en Siria, en Yemen, en cualquier geografía donde la política decide que ciertas vidas son negociables, los niños siempre están en primera línea.

La infancia es el daño colateral favorito de la historia.

Quizá porque los niños no votan. Quizá porque los niños no escriben editoriales.
Quizá porque los niños no tienen ejército.

Y, sin embargo, son los que pagan el precio más alto. Lo que más me perturba de esta historia no es la muerte. La muerte es terrible, claro.

Pero lo que me obsesiona es la espera. Esa espera que dura horas. Ese teléfono que se convierte en un hilo frágil entre la vida y la nada.

Ese momento en que alguien al otro lado intenta mantener viva una esperanza que probablemente ya sabe que es mentira.

Porque ahí aparece otra dimensión psicológica brutal: la culpa del testigo.

Los operadores de emergencia, los médicos, los rescatistas que escuchan estas voces cargan con algo que el psicoanálisis llama trauma vicario.

No vivieron el ataque. No vieron la sangre. Pero escucharon.

Y escuchar puede ser suficiente para romper algo dentro de una persona. Quizá por eso esta historia incomoda tanto. Porque nos convierte en testigos. Nos obliga a ocupar el lugar incómodo del que escucha y no puede hacer nada. La película termina. La pantalla se apaga. La vida sigue. Pero la pregunta queda flotando. ¿Qué se siente saber que te vas a morir?

El sábado por la tarde yo pensaba en esa pregunta de manera abstracta, casi filosófica.

Ahora la siento de otra manera. Ahora pienso que tal vez la verdadera tragedia no es saber que te vas a morir. La verdadera tragedia es creer que todavía hay tiempo. Creer que alguien vendrá. Creer que el mundo tiene algún tipo de orden moral. Y luego descubrir que no.

Desde el sábado no puedo dejar de pensar en todos los niños que están ahora mismo en algún lugar del planeta esperando que alguien venga a buscarlos.

Niños que llaman. Niños que preguntan. Niños que repiten la misma frase una y otra vez.

¿Vendrás?

Es una pregunta dirigida a un adulto invisible. Pero también podría ser una pregunta dirigida al mundo. Y el mundo, el mundo no es una abstracción. El mundo somos nosotros, con nuestras democracias cómodas, nuestras discusiones de café, nuestras guerras justificadas con vocabulario técnico. 

Tal vez la pregunta no sea si el mundo respondió. Tal vez la pregunta es otra. Qué hacemos nosotros ahora que la escuchamos.

Black White Monochome Minimalist Creative Portfolio Presentation
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x