El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Una casa de adobe en los 90

ChatGPT Image 28 feb 2026 12 26 27 p.m

Por Anemij Napalm

Cuando era niña hacía trampas de barro en el patio de la casa. Picaba la tierra con una cuchara, rellenaba el hoyo con agua y lo disimulaba con hojas de parra a ras del suelo. Teníaa que ser tan grande como para atrapar un bototo, el de mi papá. Con artimañas, lo atraía hasta el lugar, pero antes de que quedara con el zapato embarrado, me daba pena y le avisaba de la broma. Se reía mientras se comía las uvas negras del parrón. Con una mano pellizcaba los racimos, y con la otra me aplastaba los rulitos con cariño.

El sitio era grande, con un almendro gigante en el centro y uno pequeñito más abajo. Todo se regaba con el agua del pozo, el único que quedaba vivo en toda la cuadra. Me contaron que los vecinos se habían coordinado para la masacre. En cada limpieza lanzaban dentro algún cachureo, y en pocos años llenaron los 18 metros de profundidad con malezas, restos de catres y mascotas muertas.

Pero a este lado de la reja el agua resistía. Crecía de todo, aunque la tierra era puro adobe. Mi papá le tenía fobia a los terremotos, y para no arriesgar nuestras existencias, echó abajo la casa que le había vendido Don Molesto, y levantó una de madera. Los bloques de barro y paja terminaron en el patio. Toneladas. Hasta hoy se arrepiente de la maniobra.

Han pasado 25 años de eso. Desde mi auto/destierro me acuerdo de la casa, de las vigas de roble que compró por pocos pesos en las demoliciones de casonas y los desguaces de barcos en Valparaíso. Habitamos la construcción. Si tocaba cambiar la estructura del piso de una pieza, cada uno tenía que trasladar su cama a la habitación del lado. Cada tabla desclavada era sentir olor a tierra mojada. Más de alguna vez encontramos los restos de algún monito de plástico debajo. La mamá nos retaba por meter las manos: ¡Cuidado, que hay alacranes!, gritaba desde el baño mientras metía kilos y kilos de ropa a la centrífuga. No sé ahora, pero en los noventa esos bichos eran el enemigo público. Más que las garrapatas de poroto, o las pulgas que te escalaban las calcetas. Cuando la solución final iba de creolina disuelta en agua.

Desde mi auto/destierro pienso en alimañas, y en los domingos de pelar verduras. Solíamos esquivar con bastante suerte ese tipo de tareas, sobre todo la de desgranar porotos. Pero, lo de los choclos pasteleros tenía su gracia: coleccionar los gusanos que habitaban entre las hojitas. Eran gorditos y de colores, nada que ver con los largos y movedizos del jardín, o con esa babosa gigante que apareció debajo de la piscina de plástico en el verano del 99.

Desde aquí me acuerdo de las trampas con agua y tierra. De meter las manos para sentir la textura suave del barro, como sangre coagulada o cobertura de chocolate blanco. Desde mi auto/destierro todavía voy por ahí con las uñas negras, cargando 25 años de adobe en cada dedo.

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